Opinion · Principio de incertidumbre

¿Y qué tal una huelga?

barrenderoEstá Madrid que si se cae tu madre al suelo, es mejor dejarla ahí. La gente camina medio aturdida por la ciudad con cara de emoticono al borde de la náusea. Resbalando todos con latas de cerveza y montones de masas pringosas, que lo mismo pueden ser restos de cartones que bolsas destripadas o el vómito de una hamburguesa mal digerida. Es difícil distinguir una paloma despachurrada de una baldosa, tapizadas todas de una superficie blanda y viscosa en estos días de huelga de los trabajadores de la limpieza.

Pareciese como si los hilillos de chapapote con los que Rajoy dignificara la profesión de ministro, hubieran ahora alicatado las calles en su presidencia. Como si la negrura pestilente y depresiva que crece dentro de un país desilusionado chorrease desbordada por los adoquines de la capital, delatando el falso atrezo de limpieza y bienestar que quiere aparentar el Gobierno y el Ayuntamiento botellino. Lo están descubriendo los turistas extranjeros, que por fin sortean –aunque sea en sus vacaciones- la misma porquería que nosotros. Bienvenidos al relaxing de la arcada y la mala leche, friends comunitarios. A este otro lado de la Europa de dos velocidades.

Y sin embargo esa basura esparcida no es motivo de vergüenza. Una vez fracasada la organización de los Juegos, es el único proyecto común que compartimos los madrileños, que, como capitalinos, somos más España que nadie. Y en estos días de suciedad, más España que nunca.

Ha surgido al fin un espacio de colaboración entre la ciudadanía; unos arrojan su mierda, otros se niegan a barrerla. Y es que estos trabajadores, primero privatizados y luego amenazados con más de 1.100 despidos, han descubierto que son imprescindibles. Que si un día no se levantan de la cama la Familia Real, Botín o el empresario de turno (o se levantan tarde, como de costumbre), nadie notará la diferencia; pero que un día sin barrenderos es tener una rata alada en cada esquina, expandiendo la náusea de Sartre por la ciudad y, quién sabe, si propagando la primera epidemia zombi de la historia.

La moraleja es que los barrenderos han decidido que se acabaron las tonterías. Que se terminaron los eslóganes de escaso valor poético y la estética perrofláutica. Nos están mostrando que si nos decidiéramos por las huelgas de toda la vida, puede que no nos pasara como a los trabajadores de Canal Nou, que han vivido con la indignidad a cuestas durante años para al final verse igualmente en la calle.

La basura es dignidad. No lo olviden. Aprendamos de los barrenderos y dejemos las ciberprotestas, los grupitos de camiseta y las creatividades de clase obrera postmoderna. Huelga, amigos. Tocarle el bolsillo a la casta privilegiada. H-u-e-l-g-a. Si está todo inventado…

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