Opinión · Entre leones

Susana y los mismos

Desde que se enfundara el traje a medida que fueron las primarias en el PSOE andaluz, Susana Díaz ha irrumpido en la política nacional como un tiro. En pocos meses, ha pasado de ser la bruja Maruja del socialismo andaluz a ser la reencarnación de Felipe González en sus años mozos (el de ahora es para que se vaya a la República Dominicana o a Gas Natural sin pasaje de vuelta).

Los mismos que la tachaban de analfabeta funcional en los años de maledicencias que sufrió como segunda de Griñán, ahora la consideran como la única política capaz de cuadrar el círculo del socialismo español, como la poseedora de la clave de bóveda que pondrá fin a la tocata y fuga de varios millones de votantes socialistas.

El mérito de este tránsito de catequista de Triana con unas grandes dotes conspiratorias a mujer de Estado con una visión federal de España ha sido sólo de ella, que ha sabido resistir en el sentido metafísico que Cela le daba a la resistencia política en nuestro país. Bueno, la verdad es que su llegada a San Telmo le ha debido ayudar algo. Con el presupuesto andaluz en bandolera -por muy cortita que esté de la de Ubrique-, no debe resultar muy difícil convencer a los mismos que decir Diego donde dije digo es de sabios y no de trileros.

El caso es que Susana, asesorada por los mismos, reconvertidos muchos de ellos en consejeros áulicos y susanísimos, ha logrado cosechar en los últimos meses más elogios que críticas. Hasta la prensa de derechas, tan alérgica al PSOE por tierra, mar y aire, la ha elevado a los altares patrios por esa defensa federal de España que ha hecho con un toque de una, grande y libre en lo que respecta a  los movimientos secesionistas catalanes. Otra asunto es que electoralmente esté distanciando al PP lo que debiera, o que el desmarque de Griñán, tan impostado a veces, tan desleal otras, le esté sirviendo para superar a su antiguo jefe de filas, refugiado ahora en el Senado.

Quizás este desajuste entre las alabanzas y el turrón electoral tenga mucho que ver con el cortoplacismo que los mismos le están imponiendo a la presidenta de la Junta, que antes de empatar o ganar en tierras andaluzas –Moreno Bonilla no es ninguna perita en dulce- la quieren entronizar como la number one de Ferraz. Que si candidata favorita en un congreso extraordinario si a Rubalcaba le salen mal las europeas, que si  futura lideresa del PSOE tras pactar con Rubalcaba algún perdedor de libro. Muchos cuentos de la lechera metidos en la misma frágil vasija de mala leche.

Quizás tampoco sea tan acertada esa sobreactuación suya como defensora de la unidad de España. Está bien que posicione nítidamente a Andalucía y a su partido ante la deriva rupturista de España. Pero tampoco es el terreno de juego que le toca a ella por muy huérfano de liderazgo que crea que está el PSOE. A lo mejor, los andaluces quieren escucharle propuestas sobre el paro, que en Andalucía ha dejado de ser inaceptable para pasar directamente a ser una tragedia cotidiana. A lo mejor, los andaluces prefieren que les hable de ellos en vez de los otros. En fin, que todas sus energías sean para lo que de verdad le incumbe y no para torear en una plaza que aún no es la suya.

Quizás debería también centrarse en cambiar en profundidad un PSOE-A que está cada vez más desconectado de la realidad andaluza, impermeable a los nuevos tiempos e incapaz de ilusionar a nuevos cuadros de la izquierda más formados que buscan cambiar este mundo y no un puesto de trabajo.

Tal como  dijo la propia presidenta el Día de Andalucía en el Maestranza, en el discurso está la clave. Pero en  el suyo, más allá de esta aseveración, no encontré nada nuevo. La misma retórica pseudoreformista del pasado ante una sociedad harta de palabras hueras y paños calientes, harta de poner la sangre, el sudor, las lágrimas y dos huevos duros.