Opinión · Entre leones

Camino de perdición

Entre 1998 y 2005, siendo director de Europa Sur, viví desde primera línea de playa la inmigración clandestina como una estocada personal: nunca hubiera imaginado que la vida podía valer tan poco, por no decir nada. Aún hoy, de vez en cuando, algunos de aquellos rostros acuosos protagonizan mis peores pesadillas.

En cualquier caso, la avalancha migratoria de aquellos días dio para todo: dos fotógrafos del periódico, José Luis Roca y Andrés Carrasco, ganaron el Ortega y Gasset retratando la tragedia.

Pero llegó un momento en que aquella desdicha continuada dejó de tener interés y, salvo un repunte en el número de víctimas o una nueva perspectiva de la penalidad, no aparecía en la portada.

Después de lanzar pantanos de lágrimas, jurar en arameo, maldecir a los dioses que no daban la cara, relatar la cruda realidad con pelos y señales y editorializar a voces en pleno desierto, nos convertimos en aquellos turistas que Javier Bauluz fotografió  bajo una sombrilla y con una nevera portátil a escasos metros del cuerpo sin vida de un inmigrante. Nos transformamos en felices domingueros dispuestos a bañarnos con absoluta normalidad en un mar de muertos.

Pero, entre tanta indolencia, quedaron en pie hasta el final un puñado de hombres buenos, que salvaron vidas, dieron de comer al hambriento y de beber al sediento y ofrecieron cobijo a los ‘sin techo’. Y, sobre todo, nunca dispararon pelotas de goma ni lanzaron botes de humo contra los inmigrantes que nadaban exhaustos hacia la libertad. Había miembros de la Cruz Roja, números de la Guardia Civil, agentes de la Policía Local, curas, monjas, enfermeros, médicos, vecinos… Eran gente buena de verdad.

Aquellos inmigrantes navegaban entre dos mares en pateras de maderas innobles, barcas de goma, patinetes, motos acuáticas, barquitos de vela; en los bajos de coches y camiones; escondidos en atracciones de feria o enterrados bajo un cargamento de verduras frescas. Huían de las guerras, las hambrunas, la intolerancia, la incultura y las enfermedades; perseguían un futuro mejor para ellos y los suyos, y se jugaban la vida a una carta con tahúres que gobernaban las corrientes más turbias del Estrecho.

Ahora, la presión migratoria está en las fronteras con Ceuta y Melilla. La muerte de 15 inmigrantes ahogados en aguas del puesto ceutí del Tarajal ha colocado de nuevo de triste actualidad este fenómeno en nuestra España pepera. Como era de esperar, la negligente actuación de los agentes fronterizos españoles, que en vez socorrerlos les lanzaron pelotas de goma y botes de humo, no merece ni una investigación parlamentaria ni una dimisión. Debe ser que 15 negritos son pocos negritos. Quizás si hubieran sido 30 negritos a lo mejor cae algún cabo primero o un subsecretario.

Por obediencia debida o algo menos fino de reproducir, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, se ha dejado ver por la zona de negro integral, como de luto.  Ha hecho unas fotos turísticas de las vallas como si fueran pruebas de cargo y se ha envuelto en la bandera española y en la de la Guardia Civil.

Con esa doble capa de patriotismo y como si la cosa no fuera con él, el jefe de los ‘picoletos’ ha llegado a decirnos que es “absolutamente inmoral” criticar a quienes mandaron disparar balas de goma y lanzar botes de humo. Tiene un morro que se lo pisa: otra vez refugiándose en la Guardia Civil como si la Benemérita fuera el Séptimo de Caballería y los ciudadanos una pandilla de indios.

Este ministro y el director general de la Benemérita son auténticos especialistas en intentar tapar sus cagadas políticas a base de tricornios. Ya me gustaría que hablaran más de los guardias civiles, de los números con minúscula, que cobran sueldos de miseria, que echan más horas que el palo de la bandera y que sufren en sus carnes un régimen cuartelero impropio de los tiempos que corren, y menos de la Guardia Civil con mayúscula, que en una de estas se atragantan.

Por cierto, ¿qué tipo de código ético usa Fernández Díaz para llamar inmoral a los críticos con una actuación que la misma Defensora del Pueblo calificó de “imprudente”? Si es el de su cofradía, ahora que la gobierna un jesuita, yo diría que disparar pelotas de goma y tirar botes de humo a los negritos es un camino de perdición, que desemboca, en el mejor de los casos, en el purgatorio. Por la vía Opus Dei, chungo, muy chungo.

Ahora, si las reglas morales imperantes son las de su partido político, pues está claro que tiene garantizado dos años más en el Gobierno. Como premios a tanta competencia hecha ministro, disfrutará de un fin de semana en la Escuela de Guardias y Suboficiales de Baeza para que pueda aprender que ‘Todo por la Patria’ significa algo así como ‘Ancha es Castilla’. E incluso podrá ofrendar cada 6 de febrero una pelota de goma y un bote de humo a cualquier Virgen de saldo para conmemorar aquella heroica gesta en la que un grupo de hombres valientes impidió que una quincena de negros subversivos, desarrapados, desheredados, descamisados y pobres corrompieran con su huella la españolísima arena del sitio del Tarajal.