Opinion · Entre leones

Frontera comanche

¿Se imaginan a Angela Merkel elogiando en la Alemania actual a Ribbentrop por su decisiva participación en la crisis de los Sudetes? No, sería inimaginable. Pues aquí en España nuestro actual ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, José Manuel García-Margallo, no pierde oportunidad para ensalzar la figura de Fernando María de Castiella -ministro franquista condecorado con la Cruz de Hierro nazi de segunda clase por su participación en la División Azul-, por haber sido el más excelso ministro de Asuntos Exteriores español en el contencioso de Gibraltar.

Durante su mandato en Santa Cruz, que se prolongó durante once largos años (1957-1969), este combativo falangista cerró a cal y canto la frontera entre La Línea y Gibraltar en 1969, que no se reabriría ya totalmente hasta 1985, con Felipe González en Moncloa.
Aquel intento de asfixiar la economía gibraltareña, de convertir a Gibraltar en un problema para el Reino Unido, no sirvió para que el Peñón cayera como fruta madura. A la postre, se convirtió en una de las peores decisiones estratégicas tomadas por un Gobierno español desde que Gibraltar pasara a manos británicas a principios del siglo XVIII. Consiguió el efecto contrario: los gibraltareños, que no estaban precisamente entusiasmados con los ingleses tras el trato que recibieron durante la II Guerra Mundial, se hicieron más británicos y se ganaron durante su largo cautiverio el derecho a esgrimir el derecho de autodeterminación frente a la integridad territorial que perseguía España.

El cerrojazo de Castiella también afectó brutalmente a La Línea, población que se vio obligada a una emigración masiva. Se calcula que 30.000 linenses tuvieron que buscarse la vida, de un día para otro, en otras partes de España y de Europa. Hasta Australia llegaron algunos en aquel terrible éxodo.

Hoy, 45 años después, con la excusa del contrabando de tabaco, la pesca, la fiscalidad, el ‘bunkering’ y los rellenos, la sombra de Castiella se cierne de nuevo sobre la frontera entre La Línea y Gibraltar. Desde casi antes de que García-Margallo tomara posesión de su cargo, los 30.000 gibraltareños y los más de 7.000 trabajadores españoles empezaron a sufrir unas colas que contienen la misma mala baba que el cierre de la Verja de 1969. Nada nuevo. En Gibraltar, la roca en el zapato de España, del maestro Manuel Leguineche, se puede leer cómo el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Abel Matutes, tenía ya en 1999 el mismo catálogo de reproches contra los gibraltareños. Se podría decir que está en el ADN de nuestra derecha.

Ya van dos largos años de colas. Es verdad que las endurecieron en julio del año pasado a raíz de que Gibraltar construyera un arrecife artificial en lo que considera sus aguas, y que el Gobierno español supo venderlo como una agresión en toda regla a la soberanía nacional en forma de bloques con pinchos de hierro. Pero nadie se percató entonces –ni falta que hacía- de que la zona del arrecife gibraltareño no era ni tan siquiera zona de producción marisquera según la legislación española (de la Junta de Andalucía).

Nadie insistió entonces –ni falta que hacía- en que los científicos y los ecologistas respaldaban la actuación medioambiental sin fisuras. Nadie se percató entonces –ni falta que hacía- en que en la costa española existen 130 arrecifes similares en los que, como no puede ser de otra forma, se dispara siempre la biodiversidad exponencialmente desde el minuto uno.

En definitiva, sobre un montón de mentiras, medias verdades, lugares comunes y prejuicios, se cocinó mediáticamente un plato veraniego sumamente exquisito para que los españoles no nos decantáramos por la cocina nacional, tan indigesta en esos días con tanto Bárcenas, tanto Urdangarín, tanto ERE en el menú. En fin, una bazofia infame.

Pero pasado el bochorno veraniego, aquella decisión de Estado, que compró incluso la Junta de Andalucía de José Antonio Griñán y Susana Díaz, ha continuado hasta convertirse en sadismo de Estado en estos días que corren. La virulencia de las colas va ‘in crescendo’ porque dependen de la úlcera de duodeno, la sexualidad segura del sábado, sabadete o el estado de ánimo de los artistas que mueven los hilos de este atropello contra los derechos humanos más elementales. Algo aleatorio para mayor gloria de las tabaqueras, que han inundado la comarca de carteles publicitarios que condenan el consumo de tabaco de contrabando, mientras siguen vendiéndole tabaco a las empresas gibraltareñas. Business is business!

Es verdad que la estrategia del Gobierno español está dañando puntualmente a la economía gibraltareña, pero sobre todo a la linense, que no está para tirar cohetes: más de 11.000 parados en una población de unos 60.000 habitantes. Se está empezando a jugar peligrosamente con las cosas del comer en el peor momento posible, y se está agotando la paciencia de una gente pacífica que se busca la vida como bien puede. Economía de subsistencia lo llama el máximo responsable del Gobierno en la provincia de Cádiz, que está convencido de que todos los funcionarios linenses han formado parte de las hordas del contrabando por los impagos municipales. Más o menos como se buscan la vida los expresidentes del Gobierno, pobres míos, que lo mismo están en Endesa que en Gas Natural o en el Instituto Elcano, perdiendo incluso dinero.

Y para colmo, coincidiendo con las declaraciones de su conmilitón, el alcalde algecireño y vicepresidente de la Comisión de Exteriores del Congreso hermana a hurtadilla a Algeciras con Río Grande, ciudad argentina que sirvió de base para la invasión de las islas Malvinas en tiempos de aquella dictadura militar de asesinos, torturadores y ladrones. Más gasolina al fuego, a ver si convertimos la frontera en una frontera comanche, en un gran polvorín y se nos muere de un cañonazo algún descendiente de José Caldalso.

En fin, con todo lo que se quiera, esta nueva reedición de las políticas de Castiella volverá a convertirse en otro fiasco patriotero, en otro puyazo contra los derechos históricos que aún pueda tener España sobre Gibraltar. Servirá, si acaso, para que alguno de los actores destacados sea premiado con un marquesado, pero retrocederemos hasta aquellos años en los que las familias se hablaban a voces a través de la Verja y se informaban y se amaban pese a todo, en conversaciones de sillitas de plástico que tanto impactaron a Almudena Grandes.

-María, que mi Juani ha tenido un niño, informó una gibraltareña de La Línea a su amiga de toda la vida.
-¿Cómo le vais a poner?, respondió una linense de Gibraltar a su amiga de toda la vida.
-Andrew, respondió la otra.
-No, dile que le ponga Paco, por tu padre, mujer, que se acaba de morir hace un ratillo. Que me alegro, pero que a la vez lo siento mucho, hija mía, informó con felicitación y pésame incluidos.

Como tantas veces se pregunta mi admirado Juan José Téllez, ¿cuándo nos daremos cuenta de que para que los gibraltareños sean españoles algún remoto día hay que empezar por regalarles flores en vez de tirarles macetas?