Opinion · Entre leones

La señora de los golpes

Basta verla manejarse de derecha a izquierda con los hierros en el selecto campo de golf de Valderrama, en Sotogrande, para saber que Esperanza Aguirre es una mujer de buenos golpes. En su hándicap, de un dígito, se esconde una profesional que nunca fue por mor de su amor a España, que la llevó a dedicarse en cuerpo y alma al servicio público con afán de dejarlo en los huesos.

Pero a lo que iba, su destreza también en el manejo de driver y del putter, palos fundamentales para ganarle a cualquier campo –y más al de Valderrama-, los incorporó, con un verbo chulapón, a su repertorio político desde que se apuntó mocita al Club Liberal de Pedro Schwartz.

Tras pasar por el Ministerio de Cultura y por la presidencia del Senado en la etapa de Aznar, dejando una profunda huella por su vasta cultura –lo de Sara Mago fue de Nobel- y demostrando que cualquiera puede ser padre, madre o primo segundo de la Patria, Espe dio su primer gran golpe en el último hoyo de la Comunidad de Madrid.

Cuando el socialista Rafael Simancas iba a convertirse en 2003 en el nuevo presidente madrileño con el apoyo de Izquierda Unida (IU), Tamayo y Sáenz, dos conmilitones del presidenciable, se quitaron de en medio. Un ladrillazo en toda regla a la democracia, un escándalo mayúsculo que aprovechó nuestra heroína para meterse por la gatera en la Comunidad al ganar las reelecciones con la gorra.

Golfísticamente, es como si en un par cuatro largo, larguísimo, embocara la bola de un solo golpe. Ella lo consiguió. Un golpe imposible y un hoyo en uno con un wedge, algo  topado, claro. Un albatros que sólo vieron Tamayo y Sanz, compañeros de partida. Nada que ver con las legendarias partidas de maquis y bandoleros, gente honrada a fin de cuentas.

Durante nueve largos años (2003-2012), con el liberalismo por bandera, ejecutó ‘el abc del buen neocon’ cual dama de hierro a la española hasta dejar para el arrastre una sanidad y una educación públicas que, antes de que pusiera sus posaderas en la Puerta del Sol, eran modélicas. El resto de su gestión, aplaudido largamente por sus palmeros mediáticos, fue un gran monumento de ladrillos, una burbuja inmobiliaria mastodóntica a golpe de billetitos de cajero de Caja Madrid.

En esta etapa de lideresa, le crecieron por el camino como champiñones los imputados en el caso Gürtel: un consejero, dos alcaldes, un ex alcalde, tres diputados autonómicos… Un ramillete de mangantes vitaminados que puso de patitas en la calle como si no los conociera. A mí que me registren, dijo ufana.

Este nuevo golpe, un golpe de cinismo, le sirvió para salvarse por los pelos, pero la dejó muy tocada. Ya no era tan lideresa.

Por una enfermedad puso pie en Polvorosa y le dejó el chiringuito madrileño a Ignacio González, otro artista del arte del birlibirloque. Tras un breve paso por un Ministerio, donde gozaba de una excedencia desde los tiempos de Cánovas y Sagasta, fichó como una gran estrella política por una empresa de cazatalentos. Eso sí, conservó la presidencia del PP de Madrid y se postuló como alternativa a Ana Botella para la alcaldía de Madrid en los mentideros conservadores de la Villa y Corte.

Cuando parecía tener la candidatura al alcance de la mano por la ruinosa gestión de su contrincante, llegó su último gran golpe. Se lo dio a una moto de la Policía de Movilidad de Madrid. Multada en plena Gran Vía por aparcar su vehículo en el carril bus, Espe se dio a la fuga con los policías locales pisándole los talones hasta su casa. En teoría, el incidente debería costarle el resto de su carrera política. En un país democrático como Dios manda, estaría haciendo ya las maletas rumbo a Valderrama. Desde luego, para un ciudadano moliente y corriente, la cosa hubiera sido de Mossos d’ Esquadra y de una noche en el calabozo.

Pero teniendo en cuenta que se trata de Esperanza Aguirre, el golpe se lo pueden llevar los propios policías, que cometieron abuso de autoridad (¿kaleborroka uniformada?) por multarla a ralentí para favorecer un espectáculo en plena vía pública y por colocarle una moto delante para que no pudiera darse a la fuga como la marquesa consorte de Bornos y gran caradura de España que es.