Opinión · Entre leones

Un club llamado Esperanza

Mi admirado Carlos Castilla del Pino, un sabio renacentista en el sentido más amplio de la palabra, me conmovió cuando reconoció en sus memorias –Pretérito imperfecto y Casa del olivo, dos obras maestras- su “incompetencia en el rol de padre”. Su caso es extremo, porque enterró a cinco de sus hijos y a una nieta. Pocos en su situación hubiéramos tenido la fortaleza física y mental para seguir adelante con un proyecto de vida tras sufrir una tragedia de esa magnitud. Él lo logró a duras penas y lo explicó: “Todas las muertes de mis hijos me causaron un gran pesar, pero no impidieron mi proyecto de vida… ¡Sólo habría faltado añadir eso al drama! Lo que impidió realmente mi proyecto de vida fue no lograr la cátedra”.

En cualquier caso, hasta en condiciones normales, el oficio de padre o madre es ya per se un oficio sumamente jodido. Se hace especialmente delicado cuando los críos llegan a la adolescencia, una especie de divina enfermedad que todos pasamos pero que tenemos olvidada cuando nos toca enfrentarnos de nuevo a ella con nuestra progenie como actores principales. Es entonces cuando incluso nos arrepentimos de no habernos comido en su momento a aquel bebé tan rico, tan bueno y tan risueño, convertido ahora en un adolescente egoísta, vago, desobediente y arisco. No lo hacemos porque, de vez en cuando, una sonrisa que busca algo, un golpe que esconde una caricia, un beso fugaz lo convierte de nuevo en nuestro niño. Así, con esas armas tan infalibles, nos derrotan una y otra vez  y nos llevan a malcriarlos y a maleducarlos, que es lo que suele pasar cuando uno se rinde con facilidad a sus encantos. Los padres que evitan este bucle serán seguramente mejores educadores, pero se pierden por el camino el roce que hace el cariño.

Pero si jodido es el oficio de padre o madre sin más aliño, la especialidad de padre o madre de deportista adolescente es mil veces peor. A los quehaceres propios de la paternidad normal, hay que añadir el de transportista, masajista, dietista, psicólogo deportivo, analista de resultados, profesor particular en horas intempestivas, esperador y sufridor y lo que se tercie. Para colmo, los padres se dejan por el camino puentes y fines de semana por mor del apretado calendario deportivo de las criaturitas.

Muchos llegan a ser lo peor: forofos de sus hijos. O incluso lo peor de lo peor: entrenadores en la sombra de sus chavales. En estos casos, por lo general, los críos acaban siendo víctimas propiciatorias de las altas expectativas de sus padres, y acaban aborreciendo el deporte que practican.

En mi caso, con dos futbolistas adolescentes federados en plantel, hago todo lo posible para no caer ni en lo peor ni en lo peor de lo peor. Pero no siempre lo logro, y muchas veces me planteo, cuando me adentro sin querer en ese territorio peligroso, si no sería mejor dejar de asistir a los partidos de mis hijos para que pudieran disfrutar más del juego, sin la presión que supone la atenta mirada de su padre, sin los gritos de exigencia y de ánimo de su padre.

Hasta ahora, no lo he conseguido, porque el fútbol me puede, porque me puede la vida social del club del extrarradio de Madrid en el que juegan, el CD Esperanza, porque no puedo prescindir de los amigos cultivados a la sombra de los niños y de los ratitos de esparcimiento.

Pero, gracias a mi incapacidad para ser un padre mejor, esta temporada he disfrutado como un cosaco, sobre todo con el pequeño, Pablo –Juanjo está en el dique seco pero su equipo el Cadete A va camino de ascender-, y sus amigos –Adri, Alcántara, Alcudia, Ángel, Campi, Carlos, Edu, Ezquerro, Goni, Gonzalo, Iván, Izan, Jorge, Lucas, Monte, Morante, Nacho, Palomo, Rodrigo y Sergio-, que juegan en el infantil A.  Practicando un fútbol  de toque desde el minuto uno por obra y gracia del entrenador, Felipe Morante, y sus asistentes, Saviola y Emilio, pese a las lesiones y a las bajas, su equipo ha logrado el ascenso a la categoría autonómica en la Comunidad de Madrid cuatro jornadas antes de terminar la liga.

Es la mejor clasificación de la historia del Esperanza, un club humilde y de barrio, construido a la sombra de una barriada obrera a finales de los años setenta, integrado por gente sencilla que se merece más que nadie una alegría en estos días en los que las crisis se ceba más con la periferia que con el centro de las ciudades. Además, para orgullo de todos, uno de los chavales, Edu Viaña, ha sido fichado por el Atlético de Madrid tras completar una primera vuelta con casi 50 goles.

No sé si ganarán la liga, pero ya se han ganado nuestros corazones. De hecho, han ganado ya la liga de la ilusión por los equipos de barrio de su grupo –el Villarrosa, el Oña, el Santa Ana, el Zona Norte, etc.-, de todos los equipos de barrio de España, que subsisten a duras pena, que nunca son noticia a no ser que medie una desgracia y que nos ayudan a socializar a nuestros hijos y a alejarlos de los peligros de la mala calle. Por todo ello, me comprometo la temporada que viene a intentar ser un padre mejor.

Esta historia puede resultar irrelevante para muchos al no relatar nada sobre la actualidad de grandes clubes como el Real Madrid, el Barça, el Sevilla, el Betis o el Atlético. Es sobre un pequeño club, un club llamado Esperanza.