Opinion · Postdatas

Gracias, Marc

En los últimos días andaba yo un tanto pesimista con el hombre en general después de ver cómo se desenvuelven Trump y Putin, dos teóricos enemigos que se llevan la mar de bien tras haber pasteleado en la intimidad todo lo que han querido y más; incluido las últimas elecciones USA, claro. 

Que estos dos elementos tengan en sus manos bombas nucleares para destruir la Tierra unas cuantas veces, es para echarse a temblar. 

Sería para estar preocupados si presidieran una diminuta comunidad de vecinos, pero presidiendo como presiden dos de las comunidades de vecinos más importantes del mundo, mundial, EEUU y Rusia, es para salir corriendo camino de Marte si el transporte público acompañara.

En España, con la monarquía hecha unos zorros por las cuentas en paraísos fiscales de Juan Carlos I, es para darse de baja como español; incluso como catalán o vasco, que serían las dos alternativas más a mano en patriotismo y patrioterismo. 

Pero cuando estaba al borde de un tranxilium, a punto de bajarme de la Tierra y de España en marcha, pues me veo al jugador de la NBA Marc Gasol participando en un rescate de migrantes en pleno Mediterráneo a bordo de una lancha de la ONG Open Arms.

Acostumbrado a ver a los deportistas en lo suyo, metiendo goles, canastas o la bolita en el agujero y diciendo obviedades y gilipolleces –bueno a veces hacen de embajadores de UNICEF, que no está mal-, me subió la adrenalina súbitamente al contemplar tamaño gesto de solidaridad con los más caninos de la Tierra, los migrantes.

El pequeño de los Gasol, en una entrevista enEl País, explica su acción de riesgo ante la necesidad de “dar ejemplo” y califica de acto criminal no rescatar a estos seres humanos. 

Perfecto. Gracias Gasol por tu gesto, por tus palabras. A partir de ahora, tus mates, tus triples, tus tapones… los veré con otros ojos.

Está claro: no hay que ser un santo para situarse al lado de los migrantes, basta con ser una buena persona a media jornada, sin muchos alardes.

Frente a ellos están los bichos como el ministro italiano Salvini, que niegan el pan y la sal a los migrantes y lo hacen con saña –“verán en postal los puertos italianos”, dice el cerdo-.  

A veces me gustaría que existiera el Infierno de verdad para que los Salvini se achicharraran durante toda una eternidad: vuelta y vuelta y  Sísifo al canto.