Opinion · Postdatas

Con el papa Francisco

 

No soy creyente, pero creo en el papa Francisco.  De entrada, su llegada a Roma supuso una inyección de aire fresco a toda presión en la cara de una Iglesia putrefacta y condenada por miles y miles de casos de pedofilia.

Desde que llegó al puesto de San Pedro, Francisco condenó por activa y por pasiva los numerosísimos casos de pederastia que han afectado a eclesiásticos y a algunos altos jerarcas de la Iglesia. Para muchos cristianos protagonizó desde el principio una auténtica cruzada contra la inmundicia que corroía los cimientos de su cofradía.

Sin embargo, ahora le acusan de haber ocultado durante demasiados años esas violaciones sistemáticas. La jerarquía más conservadora, que ha sido la que más ha tapado y participado en esos casos de máxima degradación humana, ha pedido de inmediato su dimisión.

La acusación partió del arzobispo Carlo Maria Vigano, exembajador del Vaticano en Estados Unidos, que imputó el sábado 25 de agosto del 2018 en una carta dirigida directamente al Papa de haber anulado las sanciones contra el cardenal estadounidense Theodore McCarrick, pese a las acusaciones de “comportamiento gravemente inmoral” contra él.

Curiosamente, la misiva, de 11 páginas, fue expuesta de manera simultánea el sábado en varias publicaciones católicas estadounidenses de tendencia tradicionalista o ultraconservadora, así como por un diario italiano de derecha recalcitrante.

Juan Arias, veterano periodista experto en asuntos del Vaticano, recordaba hace unos días en un artículo en El País que los cardenales de la curia sólo habían pedido antes la dimisión de Juan XXIII, a quien tacharon de loco cuando anunció el Concilio Vaticano II.

¿Qué tenían en común Roncalli y Bergoglio?

Pues que eran más sacerdotes que Papas. El italiano no se cansó de reivindicarse como cura de pueblo, y el argentino, en un gesto que le honra, renunció al lujoso Apartamento Pontificio y se hospedó en el hotel Domus de Santa Marta, un guiño a la Iglesia de los pobres y a las bases eclesiásticas.

Pero sobre todo eran reformistas. Juan XXIII impulsó Vaticano II, -completado por Pablo VI-, una auténtica revolución de una Iglesia anclada en Trento, y Francisco I, fiel seguidor de aquellas reformas de Rocalli y Montini, tiene ahora la responsabilidad histórica de acometer una especie de Vaticano III, que, tal como dice Arias, remueva los cimientos de la Iglesia y quiebre las piernas de la curia más conservadora.

Para ello, propone un ambicioso menú reformista: “la abolición del celibato obligatorio, la apertura de la mujer al poder de la Iglesia, así como a los laicos”. Y todo lo que sirva para deshacerse y romper el esquema rancio de la curia, que añora a un Papa purpurado y bajo palio.

Yo me conformaría con algo más sencillo y simple, con una medida higiénica de salud pública, que el Papa recomendara (incluso que impusiera como un nuevo mandamiento) el uso de los preservativos y que el Vaticano los regalara a millones por los países más pobres.

Nada más que con eso la Iglesia conseguiría el perdón divino después de tantos y tantos pecados y dejaría de parecerse al Infierno en la Tierra que los pedófilos con alzacuellos crearon para vergüenza de los descendientes de Adán y Eva.