Opinion · Postdatas

Soraya

Conocí a Soraya Sáenz de Santamaría cuando era secretaria nacional de Política Autonómica y Local del PP. Desde el minuto uno me gustó: era inteligentísima, rápida y muy cercana.

Pero sobre todo no tenía esa última capa de gomina y el tic de mea pilas que hasta hace bien poco ha acompañado a muchos cargos y diputados del PP.

En aquellos momentos se podía leer en la línea de su mano, en los gestos de su cara, en el poso de su café, que Soraya Sáenz de Santamaría haría una buena carrera política.

Tenía la sólida formación de toda una abogada del Estado y el encanto de la normalidad y la modernidad en un ambiente vintage. Un bingo seguro.

Cuando Mariano Rajoy la nombró portavoz del Grupo Popular, aguantó las insidias de un antecesor, el Negro Zaplana, y sus mariachis, que la golpearon una y otra vez sobre su presunta inexperiencia en los medios de más extrema derecha. Y alguno le atizó por haber prometido en vez de haber jurado sus cargos.

De todo salió airosa, y dejó entrever de camino un costado de acero de Sagunto y unos colmillos más que respetables de jabalí de Los Alcornocales.

El deterioro del PSOE de ZP y la crisis económica dieron a Rajoy la mayoría absoluta en las elecciones legislativas de 2011. Apenas siete días antes, Soraya, casada ya con un abogado del Estado, fue madre de un niño. Ni que decir tiene que el retoño será economista o no.

Como vicepresidenta de casi todo desde el principio, la vallisoletana ha sido la encargada de mover la maquinara del Estado cuando su jefe sesteaba y cuando no, cuando se fumaba un cohíba o no, cuando leía Marcao no, cuando se daba esos paseos de mentira o no. Una trabajadora incansable y muy competente, de guardia las 24 horas.

El nivel de exigencia que impuso a los demás le hizo ganarse importantes enemigos –María Dolores de Cospedal, José Manuel García-Margallo, etc.-, que, a la postre, en las primarias del PP, se unieron contra ella para aupar a Pablo Casado a la presidencia de los populares.

En los últimos años, tras distanciarse casi totalmente de los medios y periodistas no afines, se quedó casi en terreno de nadie, y se magnificaron sus dotes de conspiradora nata, a propósito del manejo de CNI. Un perfil nada beneficioso.

En el relato de la derecha pura y dura era ya la mala de la película, y la militancia más extrema del PP la empezó a culpar del fiasco catalán y le reprochó su posición política ante el matrimonio homosexual, el aborto y esos asuntos que tanto gustan al personal facha. En fin, el terreno preparado para una derrota no anunciada.

Tengo que reconocer que los últimos años de vicefueron un fastidio. Sin embargo, como parlamentaria, acabó sus días en plena forma. Sus respuestas ya no solo eran un acto de memorización; tenía cintura y capacidad de improvisación.

Su marcha es una grave pérdida para la política española; no me cabe duda de que hubiera sido una magnífica presidenta del Gobierno. Contra ella, hubiéramos vivido mejor.

Pero me alegro por Soraya: podrá disfrutar el resto de sus días más intensamente de su familia y de sus amigos. Y podrá ver paisajes más allá del móvil, gozar sin límites y sin interrupciones, poner fin a esas pesadillas con García-Margallo al lado…

Y me alegro por mí, porque Soraya hubiera sido la única política de derechas que me hubiera llevado a cometer el gravísimo error de votar al PP.

Que te vaya bonito, corazón.