Opinion · Postdatas

Borrell y Gibraltar

 

Siempre he sentido una profunda admiración por Josep Borrell desde que ganó aquellas primarias en el PSOE contra todo pronóstico, contra los dueños y señores del socialismo democrático español.

El apoyo que brindó a Pedro Sánchez antes, durante y después lo sacó del ostracismo y le permitió pasear esa lucidez demoledora que siempre le acompaña.

Sus discursos públicos contra el secesionismo catalán son las intervenciones más importantes y certeras que cualquier político ha generado durante estos años de desvarío permanente, con el referéndum del 1-O en el epicentro del disparate.

Yo, al menos yo, he querido siempre ver que, entre Arrimadas y Puigdemont, dos extremos que se retroalimentan, estaba Borrell, un candidato formidable para sacar a Cataluña de un callejón sin salida, de un día de la marmota insufrible, del escenario de una tragedia que está por llegar.

Sin embargo, ese mismo Borrell me está defraudando profundamente en la gestión del Brexit y Gibraltar. Sus intervenciones públicas son la mayoría de las veces muy desafortunadas.

En su bautismo de fuego, en una entrevista en El País, casi sin venir a cuento, con calzador, acusó a Gibraltar de una actitud parasitaria, cuando el Peñón aporta el 25% del PIB del Campo de Gibraltar y es la principal ‘fábrica’ de la comarca.

Poco después, en esta misma línea, dijo que, frente a una de las rentas más altas del mundo (Gibraltar), se encontraba “una planicie de subdesarrollo” (Campo de Gibraltar) y que eso no podía ser.

¿Cómo puede calificarse planicie de subdesarrollo a una zona que cuenta con tres marcas turísticas internacionales (Gibraltar, Sotogrande y Tarifa), el primer puerto de España y el primer polígono industrial de Andalucía?

Los principales problemas que sufre esta comarca gaditana con corazón de provincia tienen relación con su condición de frontera –narcotráfico, inmigración clandestina, economía sumergida- y, sobre todo, con el abandono legendario que sufre por parte de unos políticos que se turnan en defraudarla.

El plan integral para el Campo de Gibraltar anunciado por Pedro Sánchez puede ser el enésimo timo de la estampita. Espero y deseo que no. Confío especialmente en el secretario de Estado de Política Territorial, Ignacio Sánchez Amor, y el diputado Salvador de la Encina, gente seria.

Por otro lado, sin llegar al insulto de García Margallo, que se paseaba por los platós de televisión llamándolos monos, Borrell no ha estado nada empático con los gibraltareños.

Su antecesor del PP, Alfonso Dastis, que inició las conversaciones sobre el Brexit con el Reino Unido, fue mucho más pragmático y sincero. Por ejemplo, reconoció públicamente, en una conferencia del Club Siglo XXI, que entendía que no quisieran ser españoles viendo cómo estaba La Línea.

Por último, en una entrevista con Angels Barceló el pasado 4 de octubre, donde mi admirado Javier Aroca le preguntó muy certeramente, Borrell se desmarcó de los acuerdos de Córdoba, firmados por el ministro socialista Miguel Ángel Moratinos, y apostó por una bilateralidad que ni Dastis ha practicado.

Sí, en la anterior etapa, la delegación española negoció directamente con la gibraltareña; incluso el ministro principal de Gibraltar, Fabian Picardo, acompañado por una nutrida representación de funcionarios gibraltareños, entró por la puerta grande del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Renunciar a Córdoba es renunciar de entrada al proceso más fructífero que se ha dado en el llamado contencioso de Gibraltar. Desde Utrecht España nunca ha estado tan cerca de comprender a los gibraltareños para poder convencerlos de caminar juntos hacia un futuro en común.

Y allí, en este acuerdo de 2006, el uso conjunto del aeropuerto, algo que interesa y mucho al Campo de Gibraltar, estaba resulto con una solución similar a la de Ginebra, con dos terminales. La gibraltareña lleva años levantada, la española se paralizó y solo queda un erial, un erial más de incumplimientos con una comarca a la que, a día de hoy, se llega en un tren de diésel, casi a pedales.

Además de generar un profundo descontento a ambos lados de frontera, con especial incidencia sobre los propios socialistas, Borrell está dejando en muy mal lugar al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que, pocos meses antes de pasearse por la fuente de Guiomar y Antonio Machado, dijo en La Línea que cuando llegara a Moncloa devolvería las negociaciones al proceso de Córdoba y recuperaría las negociaciones a tres bandas.

Yo sigo creyendo en la palabra dada por Pedro Sánchez, y espero que se imponga a este viaje a ninguna parte de Borrell que marcan unos diplomáticos que llevan siglos fracasando, chocando contra la misma Roca, llevados por el estúpido afán de lograr un marquesado español inexistente.