Opinion · Postdatas

Un callejón sin salida que desemboca en la cárcel

Un mes antes de que el PP ganara las elecciones legislativas de 2011 por mayoría absoluta, ETA anunció “el cese definitivo de la actividad armada”.

Era el principio de fin de una banda terrorista con 40 años de activismo y 829 víctimas a sus espaldas.

La sociedad española, con la vasca muy a la cabeza, celebró el punto y final de unas las peores lacras de la democracia española.

El fin de ETA, un libro y documental elaborados por los periodistas Luis Aizpeolea y José María Izquierdo, recoge la posición a contramano que mantuvo el PP durante el proceso de negociación que impulsó el presidente José Luis Rodríguez Zapatero tras la victoria electoral socialista de 2004.

En la presentación del libro, otro maestro del periodismo, Iñaki Gabilondo, que actuó como conductor del acto, resultó muy categórico cuando aseguró que “el PP ha vivido por su cuenta esta batalla, como un solista”. Y añadió: “Resulta canalla que el PP niegue la negociación (que encabezó el PSOE de Zapatero) y que dijeran que España se había vendido a ETA”.

Los datos del libro –concluyó el donostiarra- demuestran que el argumento de los populares “es un insulto a la inteligencia”.

Pese a que el 3 de mayo de 2018 ETA anunció “la disolución definitiva” –sólo resta bajar la persiana y colocar el ‘se vende’-, el Gobierno de Rajoy no ha sabido o no ha querido entender que ese punto y final había que gestionarlo y que para ello debía aparcar definitivamente la utilización electoral del problema vasco.

Ahora, en esta nueva etapa, el Gobierno de Pedro Sánchez está haciendo el trabajo que en su momento debió hacer el Ejecutivo  pepero, que no es otro que acercar presos a las cárceles vascas sin traicionar la memoria de las víctimas. Es posible.

Como ocurrió con ETA está pasando con Cataluña. Las derechas, PP, Ciudadanos y Vox, están empeñadas en mantener una confrontación por tierra, mar y aire por lo réditos electorales que conlleva, mientras que las izquierdas, con el Gobierno socialista a la cabeza, está haciendo lo posible por rebajar el suflé de una de las crisis territoriales más graves que ha sufrido España, y preservar incluso esa unidad de destino en lo universal metida en manteca.

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, que lleva unos días de turné mediática, es quien más leña está echando al fuego secesionista. Tras lo de Alsasua, que supuso un acto de patriotismo chusco para intentar ganarse un puñado de votos –menos banderazos y mejores salarios para los picoletos, picha-, Rivera, Riverita arremete contra Pedro Sánchez, a quien culpa de haber quemado todos los puentes con su formación, y repite como un mantra que el 155 es lo único que necesita Cataluña; bueno, el 155, y dos huevos duros o tres; ¡qué cojones, será por huevos duros!

Frente a este ‘vámonos que nos vamos’ de Ciudadanos, PP y Vox, que están deseando ver por la Diagonal a la cabra de la Legión como parte de un plan de gran calado político, y los indepen, que están en un callejón sin salida que desemboca en la cárcel, pues cabe una tercera vía, que tiene por objetivo desmontar sin prisa pero sin pausa, con moderación, sin levantar la voz, la república de chichinabo que se ha agenciado la mitad de la sociedad catalana tras un atracón de bananos y tripis de sus dirigentes.

(Visto lo visto, la causa va por buen camino. Quizás por esos las derechas están de los nervios, por eso de nuevo se han tirado al monte).

Esta tercera vía busca la reconciliación, que es la única salida posible para que Cataluña recupere la senda del sentido común, la normalidad y la prosperidad, y para que España se libere de la cruz de estar todo el santo día hablando del problema catalán como si fuera el único problema de la humanidad.

Sin ir muy lejos, la subida de las pensiones y el salario mínimo son, golpe a golpe, verso a verso, céntimo a céntimo, mucho más importantes que la senyera en todo lo alto de la Ínsula de Barataria o que un pincho de butifarra.