Opinion · Postdatas

Frente al clientelismo, principios y respeto, picha

Siempre he defendido a Pedro Sánchez, incluso cuando era un gran desconocido. Desde que escribí en Público ¿quién teme a Pedro Sánchez? en la campaña de las pasadas elecciones europeas, en 2014, tras el puteo de Elena Valenciano, he rubricado cientos de artículos defendiéndolo incluso cuando parecía caballo perdedor, incluso cuando en el taxi del pedrismo sobraban plazas.

Es una afición que tengo desde chiquitito: siempre me gustó la heroica de la derrota de los indios frente a la abusona caballería yanqui.

Y mi apoyo siempre ha estado sustentado en la firme convicción de que Pedro Sánchez, con una maduración adecuada, podía ser el líder de izquierdas que necesitaba España para sacarnos del callejón sin salida en el que la derecha nos lleva metiendo desde que empezó a jugar electoralmente con una bomba de relojería llamada Cataluña, desde que convirtió la crisis en una oportunidad para machacar a los más caninos.

Y no me equivoqué: Pedro Sánchez está dando la talla con apenas 84 diputados. En este medio año escaso en Moncloa le ha quitado la caspa a un país necesitado de algo más que chapa y pintura, y ha tomado medidas -¡viva el decreto-ley!- para mejorar la situación de las clases medias y trabajadoras que sufrieron más que nadie en la crisis económica.

España es más decente, y los bancos, dueños y señores de nuestros destinos, mandan menos y pagan más.

En una de sus últimas medidas, Pedro Sánchez ha cumplido con el Campo de Gibraltar, mi tierra, al aprobar el Consejo de Ministros un plan estratégico para esta comarca gaditana, dejada de la mano de Dios desde hace una eternidad o quizás dos.

Espero que el buen trabajo de la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, y la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, en la elaboración de este plan, de paso a una entrega de los tratos de matar al actual vicepresidente de la Junta de Andalucía, Manuel Jiménez Barrios, que es la persona que, en el caso de que el PSOE vuelva a gobernar en Andalucía –todas las encuestas apuntan en esa dirección-, debe ponerlo en marcha y gestionarlo.

En definitiva, por todo ello, pese al ruido mediático creado por las derechas –Joaquín Estefanía lo comparaba con los que sufrieron Felipe González y Zapatero en sus últimas legislaturas-, Pedro Sánchez ganará holgadamente las próximas elecciones generales.

Dicho esto, y gracias a que estoy alejado de los centros de decisión y tengo como única clientela a mi mujer y a mis tres hijos –y a dos perros-, me puedo permitir el lujo de criticar lo que no me gusta, lo que me de la gana.

De entrada, cada día que pasa tengo menos apego al llamado pedrismo. Creo que, una vez que le ganó por paliza las primarias a Susana Díaz, Pedro Sánchez debió de liquidarlo y enterrarlo.

El pedrismo sólo ha repetido comportamientos clientelares que eran más propios del susanismo y sus barones. Los otros, desgraciadamente, hemos acabado siendo nosotros.

Estoy especialmente enfadado con los núcleos de poder del pedrismo en Andalucía, donde el alcalde de Dos Hermanas, Kiko Toscano, y su cuadrilla sevillana actúan como los dueños y señores de la parte del pastel del Gobierno de España en esos territorios. Y el resto, a tragar.

Tanto es así que tiene uno la sensación de que Cádiz es, en realidad, una pedanía de Sevilla. Debe ser una epidemia, porque el susanismo también ha metido en la lista de los socialistas gaditanos a Miguel Ángel Vázquez, quien, como es sabido, es un vecino de toda la vida de la Estación de San Roque, a dos pasos de Triana.

Ahora, para abundar en esta idea, en la finca La Almoraima (Castellar de la Frontera), donde Isabel Ugalde, gerente por obra y gracia de Miguel Arias Cañete, lleva seis meses de más luciéndose un día sí y otro también gracias a la connivencia o negligencia de los ministros de Agricultura y Pesca y la ministra de Transición Ecológica, el sustituto o sustituta vendrá del meollito sevillano. ¡Arte y poca vergüenza a partes iguales!

Pero como uno es un resistente por encima de todas las cosas, no solo no me callo sino que, además, propongo alternativas gaditanas y campogibraltareñas desde el conocimiento del paño –con todo respeto, mucho más que Alfonso Gómez de Celis, delegado del Gobierno en Andalucía; de aquí a Lima-. Ahí van: Juan Ignacio Montoya, ingeniero de Montes y funcionario de Parques Nacionales; Rafael Sánchez Vela, ingeniero de Montes y laboral fijo del Parque Natural Los Alcornocales, y Luis Luque, ingeniero de Montes y empresario de Jimena. Si no te gustan tengo más, ¿eh?

Tienen un problema en común –para mí es una gran ventaja-, no son militantes del PSOE. Pero tienen muchas virtudes: son honrados, conocen la finca, creen en los espacios públicos protegidos –Isabel Ugalde se ha jactado de que no creía en ellos mientras cobraba su sueldo de La Almoraima puntualmente, y el ecologista Juan Clavero se lo reprochó una vez muy certeramente- y están muy cualificados.

Cualquiera de ellos puede hacer muy bien su trabajo. Yo, mi hijo, mi primo, mi amigo, mi suegra, mi asistenta, mi querida prima de Canadá… no podemos hacerlo igual porque no estamos cualificados.

En fin, lo dicho: toca demostrar que los otros no somos nosotros.  Es muy simple, frente al clientelismo, principios y respeto, picha.