Opinion · Entre leones

Salvador y los otros

Cuando Susana Díaz convocó elecciones, todo Cristo entendió que si ella era la que se la jugaba, tenía todo el derecho del mundo a elegir a sus equipos; es decir, podía y debía seleccionar personalmente a todos los que le iban a acompañar en las listas electorales en las ocho provincias andaluzas.

Así lo hizo, sin perdón: dejando fuera a todos los seguidores de Pedro Sánchez, que, en las primarias, habían perdido por 31 puntos de diferencia pero que habían logrado un 31% de los votos, once por encina del 20% que cualquier minoría tiene que acreditar para lograr una representación. La Ejecutiva Federal se bebió el cáliz de las candidaturas susanistas hasta las heces.

Los resultados de unas candidaturas elaboradas de espaldas a los ciudadanos, mirando el ombligo de los suyos, están ahí: el PSOE perdió el poder en Andalucía tras casi 40 años de ordeno y mando.

Ahora, ante unas elecciones generales donde se las juega Pedro Sánchez y toda la izquierda española, el líder del PSOE debería hacer lo mismo: elegir milimétricamente a sus candidatos. No puede ni debe permitir que en la bancada socialista en el Congreso y el Senado se sienten caballos de Troya, diputados dispuestos al ruido y a la traición.

Y tiene que renunciar al ensimismamiento y buscar seducir a los ciudadanos de centro-izquierda, que, mayoritariamente, están satisfechos con los ocho meses de su Gobierno, y olvidarse de las exigencias partidistas y sectarias que el susanismo y el pedrismo más oscuro están planteando.

En las propuestas de Sevilla, donde han excluido tanto los susanistas como los pedristas de Dos Hermanas a la ministra María Jesús Montero y han maltratado a Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, Pedro Sánchez tiene un botón de muestra de lo que no puede ni debe permitir. ¡Ni uno!

En la provincia de Cádiz, donde el susanismo y el pedrismo más oscuro han coincidido en designar como cabeceras de lista para el Congreso y para el Senado a dos susanistas radicales, Juan Carlos Ruiz Boix y Francisco González Cabaña –sus escritos y comentarios contra Pedro Sánchez son antológicos-, el líder socialista ha reaccionado con un cunero de categoría, con un candidato para los ciudadanos: el juez Fernando Grande-Marlaska. Mil veces mejor que Alfredo Pérez Rubalcaba, que, como es sabido, nunca fue impuesto; el impuesto es el actual ministro del Interior. ¡Se creerán que engañan a alguien!

No era para menos ante la coincidencia contranatura entre una Ejecutiva Provincial de 9 de la mañana a dos de la tarde, incompetente a fuer de clientelar y desleal, y un pedrismo representado por Fran González, un pedrista del último segundo del último minuto –y tras consultar in extremis con su amigo Antonio Hernando, un célebre de las novelas políticas de la puñalada trapera- y Javier Pizarro, un pedrista asustadizo –recibió a Pedro Sánchez en Alcalá de los Gazules en plenas primarias de perfil y muerto de miedo tras pedirle el susanismo que no le diera bola-.

Unos y otros han echado de las listas a Salvador de la Encina, uno de los mejores diputados gaditanos de la historia.

No sé si lo han botado por trabajador. No sé si lo han enterrado vivo por las envidias que suscitaba entre sus correligionarios. No sé si lo han podido arrojar a la calle porque no era un susanista puro ni un pedrista oscuro. No sé si lo han lanzado al redondo de la calle porque en los Presupuestos fallidos la comarca del Campo de Gibraltar, la suya, había salido por una vez más beneficiada que el resto de la provincia. No sé si lo han mandado por tabaco porque era demasiado honrado. Quizás haya sido por todo eso, o simplemente, porque era una buena persona.

Pero Encina no se ha dejado que lo echen, se ha borrado de unas asambleas vergonzosas –convocadas para que los militantes no fueran y para que los pocos que fueran votaran las listas de los aparatos- en un discurso memorable ante la Ejecutiva Local de Algeciras, donde les habló de trabajo, respeto, dignidad y compromiso.

Sin que ni siquiera le llamara la secretaria general del PSOE gaditano, se marchó como un caballero, con la cabeza alta y la mirada puesta en su familia y el futuro.

Atrás deja a un PSOE de Algeciras, cuya presidencia ostenta, con un secretario general y candidato a la alcaldía moribundo políticamente –se plegó a votar la lista del aparato-, a un PSOE de San Roque a punto de un repique de una crisis tras la espantada de su candidato, a un PSOE comarcal y provincial con escasas posibilidades de recuperar la Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar y con muchas dificultades para mantener la Diputación de Cádiz.

¡Y detrás de todo esto están los bomberos, reconvertidos en pirómanos!

Y lo que es peor, Salvador deja huérfano a miles de campogibraltareños y gaditanos que estaban dispuestos a depositar de nuevo su confianza en él el próximo 28 de abril.

En su nombre y parafraseando a José Antonio Labordeta y el buen parlamentarismo: “Iros a la mierda”.