Opinión · Entre leones

Susana y la estrategia de lo justito

El pasado sábado, Susana Díaz volvió a pisar la bodega Real Tesoro de Jerez para participar en un acto político del PSOE.

En mayo de 2017, hace ahora casi dos años, la otrora lideresa de todas las Andalucías pisó este mismo escenario en la presentación de su candidatura en las primarias a secretaria general del PSOE.

Le arropó entonces la alcaldesa de Jerez, Mamen Sánchez, que exhibió entusiasmo, sonrisa y unos cartelones a vista de pájaro que rezaban: “Jerez con Susana”.

Y también estuvo todo el susanismo gaditano, que fletó autobuses a diestro y siniestro para llenar varias veces el aforo de 800 almas que caben en dicha bodega gaditana

El otro día, Mamen Sánchez no faltó de nuevo a la cita con Susana Díaz. Pero, tate, el artista principal no era la lideresa, era Pedro Sánchez, secretario general del PSOE y presidente del Gobierno. Sí, el mismo que le ganó las primarias a la sevillana.

En estos casi dos años, la alcaldesa de Jerez se ha hecho pedrista, chunga, un tanto farisaica, pero sanchista a fin de cuentas. Tanto ha sudado la nueva chaqueta que hasta ha colocado a una conmilitona como número dos en la lista del Congreso.

Y por supuesto ha quemado los carteles de Susana para no dejar rastros y más pronto que tarde editará otros bajo el inequívoco lema de “Jerez con Pedro Sánchez, Marlaska, Ábalos, Lastra y los perritos tobilleros”. Una habilidad suprema para manejarse con los dos pies, aunque uno mire para Vélez-Málaga y otro para Almonte. ¡Arte puro de quien sabe estar en misa y repicando!

Susana Díaz, sin embargo, sigue siendo susanista pura y dura; bueno, ya es más bien turrón blando. Pero ella y tres más mantienen, achicando agua de todo el Atlántico con las manos, el barco que desde aquellos idus de mayo no para de hundirse.

O quizás la nave del socialismo andaluz empezó a irse a pique mucho antes, cuando se sentó a comer con los cuatro carajotes del Ibex-35 y le hicieron creer que ella era la reencarnación de Margaret Thatcher, con un toque de Golda Meir, una pizca de Angela Merkel y un chorreón de agua bendita de la Esperanza de Triana. Sí, puede que fuera en esos días en que la presidencia de la Junta estaba en un vagón del AVE Sevilla-Madrid cuando se metió en el lío del Montepío.

Pero hay que reconocerle a Susana, como ya escribí en un artículo reciente, que se está portando; sin querer, pero se está portando: en la precampaña, por ejemplo, ha trasladado a los suyos el entusiasmo justo para que no parezca que están ante una huelga de brazos caídos en toda regla. En el mitin de Jerez –y también en el de Sevilla el mismo día- las ausencias resultaron clamorosas y la movilización cortita, muy cortita. Es la estrategia de lo justito.

Pero, lo dicho, cuanto más intenta fastidiarle para que no saque en Andalucía más votos que ella, más crece y crece la ola que mantendrá al madrileño en el palacio de La Moncloa.

Entre Susana Díaz y Alfonso Guerra, pareja de hecho en filias y fobias, pueden darle al PSOE un resultado espectacular si enjaretan una nueva andanada de deslealtades contra Pedro Sánchez.

De hecho, yo, si formara parte del equipo de campaña del PSOE, los metía en el baúl de la Piqué y los mandaba de turné, con sesiones de mañana, tarde y noche, hasta el 28 de abril.