Opinion · Entre leones

Iceta: cuanto peor, mejor

Miquel Iceta es probablemente el político catalán que más y mejor ha trabajado por el diálogo y la convivencia en Cataluña. Era la última línea de defensa constitucionalista contra la aplicación del artículo 155, que las derechas defienden como única solución a un problema político con muchas patas y cabezas.

Por eso, precisamente por eso, el soberanismo vetó en el Parlament la elección de Iceta como senador autonómico, paso previo para que pudiera convertirse en presidente del Senado, cámara territorial que pudiera formar parte de la compleja solución que necesita el problema catalán.

De esta forma, ERC y Junts per Catalunya se tiran al monte y eligen a las claras la vía del conflicto en una legislatura que debería servir para sacar a Cataluña del callejón sin salida donde la metieron ellos, al abonarse a una tocata y fuga ilegal, inconstitucional y peligrosa.

Es una reacción torpe y visceral al juicio del procés, que está aún en fase testifical. Es como si quisieran hacer pagar a Iceta lo que ellos consideran un episodio continuado de “represión” del Estado español sobre la Cataluña independentista.

En definitiva, más victimismo y un triunfo total de las tesis de la CUP, que siempre defendió que cuanto peor, mejor.

El pragmatismo de ERC ha durado nada y menos. Cuando parecía que había puesto pie en pared contra el Estado catalán instalado en 13, Rue del Percebe, va y se apunta a la guerra de nuevo con Puigdemont, Torra, Mortadelo y Filemón. Y lo hace pisoteando el derecho que tiene el PSC de nombrar a Iceta senador autonómico. Espero y deseo que el Tribunal Constitucional tumbe este acto de fullería parlamentaria.

No es la primera vez que los radicales en España sacrifican a los políticos que defienden el diálogo para embarrar el terreno de juego.

En la España que se mudaba de siglo, ETA asesinó al ex ministro socialista Ernest Lluch porque defendía el diálogo, porque creía en el diálogo directo entre terroristas y Gobierno como vía principal para de acabar con un conflicto que estaba desangrando a las sociedades vasca y española por los cuatro costados.

Los que lo veían como un peligro, los que defendían el cuanto peor, mejor, lo silenciaron.

Una década después, con Rodríguez Zapatero en la presidencia del Gobierno, el diálogo sirvió para que ETA bajara las persianas.

Está claro que el revolcón parlamentario a Iceta no es lo mismo que el cruel asesinato de Lluch. Pero ambos dos conjugaban el verbo dialogar con una convicción de gigantes que hacía temblar a los trileros.

En fin, ¿está la sociedad catalana dispuesta a aceptar sin más el sacrificio estúpido de un hombre de diálogo como Iceta en aras de un procés a ninguna parte?