Opinion · Entre leones

Madrid y la alegría

El día después de las elecciones autonómicas, municipales y europeas reconocí estar abiertamente jodido por unos resultados electorales que daban la mayoría a las derechas en la Comunidad de Madrid y en el Ayuntamiento de la capital.

Manuela Carmena y Ángel Gabilondo, los dos candidatos de las izquierdas con más posibilidades, se quedaron en la orilla de un vuelco histórico.

Por el contrario, Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida, ambos dos del PP, gobernarán casi sin querer ni esperarlo en estas dos plazas pese a ser segundos, a bastante distancia de Gabilondo y Carmena.

¿Se acuerdan cuando el PP se desgañitaba pidiendo que el candidato más votado fuera siempre el alcalde o el presidente? Pues nada, ahora defiende los mismos pactos y alianzas que hace pocos años adulteraban la democracia y la voluntad popular.

¿Y Ciudadanos? Nada, cartón del dos.

En fin, como decía, especialmente doloroso me resultó el triunfo de las derechas en el Ayuntamiento, donde Manuela Carmena ha gobernado los cuatro años con espíritu transformador, pero con mucho sentido común.

Cuando ha tenido que rechazar decisiones chirriantes de los suyos, lo ha hecho sin importarle mucho las consecuencias. La última vez fue prácticamente en plena campaña, cuando se desmarcó de una andanada de Unidas Podemos contra el PP en la Plaza Mayor. Así hay muchas.

Como paseante incansable de Madrid, sobre todo por el centro, no sólo destacaría actuaciones como la almendra central, la reforma en marcha de la Plaza de España, la reestructuración de la Gran Vía y una peatonalización creciente por doquier, sino también resaltaría la alegría que ha recorrido las calles y los parques de la capital de España durante estos cuatro años.

La alegría estaba en las políticas medioambientales y culturales, en el empeño por sacar coches de la ciudad, en la apuesta por poner Madrid a los pies de los gatos, pero sobre todo estaba en la cara de la gente.

Recuerdo que, en la época de Ana Botella, en el templo de Debod, en cuyo circuito de 700 metros he debido de hacer miles y miles de kilómetros en esa lucha sin cuartel contra la diabetes, la Policía Local echaba sin contemplaciones a los ciudadanos que celebraban en sus jardines los ‘cumples’ de los nanos con picnics, o a los numerosos titiriteros, frikis y artistas del alambre que se daban cita allí.

Había entonces una consigna policial: acabar con el dulce olor a ‘maría’ cacheando, identificando, multando y espantando a la muchachada que se citaba en el césped esperando pasar el bendito sarampión de la adolescencia y la juventud.

Poner orden olfativo en el templo de Debod era como intentar ponerle puertas al campo.

Ni que decir tiene que durante el mandato de Carmena, el templo de Debod ha sido territorio reconquistado, donde la policía se ha encargado de sus quehaceres normales y no de guardajardines y tocapelotas de vendedores y músicos ambulantes.

Si acaso persigue a una banda de rumanas que, a propósito de una recogida de firmas, roba, roba y vuelve a robar a los turistas con la mayor impunidad.

Los ‘debodtos’ y visitantes disfrutan hasta del cedro libanés que sigue y sigue creciendo hasta hacer suyo algún día el dicho de Madrid al cielo.

Esa alegría que ha despedido Madrid por los cuatro costados con Carmena me recuerda muy mucho a la que se inauguró en los años ochenta con Enrique Tierno Galván en la alcaldía de Madrid.

De golpe, en esos años de movidas, libertad, alegría y excesos, se recuperó en la ciudad del ‘No pasarán’ el tiempo perdido de aquellos años tristes de postguerra eterna, estraperlo, caspa y represión.

Como un último suspiro premonitorio de ese Madrid que se nos va de nuevo, escuché el lindo pregón que dio Elvira Lindo por San Isidro desde balcón de la plaza de la Villa. Me emocioné cuando aseguró que ella había nacido en Cádiz y por eso era de Madrid.

¡Qué rica es tu sombra, Elvira!

Quizás sea la alegría, que va de Cádiz a Madrid, como los buenos cantes de ida y vuelta.

PD: El periodista Alfredo Relaño deja hoy la dirección de AS. Mi admiración y respeto por un compañero que le dio a este oficio con las dos piernas. Triunfó en el mundo del deporte con una pluma ‘todocampista’, cargada de finura, seriedad y conocimientos, pero también lo hizo en el periodismo político –lo recuerdo en la delegación de Sevilla de El País– como un diez puro. ¡A disfrutar del derecho a la pereza (Paul Lafargue, Londres 1880)!