Opinion · Entre leones

No, gwana

El otro día tuve un incidente con una señora mayor en la cola del súper. Fue casi sin querer.

Cuando estaba a punto de pagar, la susodicha, cargada de joyas y de mala leche, le soltó una regañina cruel e injusta a la cajera, una chica joven y menuda. Todo porque tenía mucha prisa y exigía saltarse la cola.

Posiblemente, ese día la chica del servicio estaba libre y la señora vomitó su mala uva sobre la chiquilla del súper, que no le dijo casi ni pío pero se le escaparon unas lágrimas de impotencia y rabia.

Al verla se me partió el corazón, y me lancé: “Oiga, señora, usted no puede tratar así a esta chiquilla”.

La vieja me escrutó y me respondió. “¿A usted quién le ha dado vela en este entierro?  A lo suyo, caballero”

Entonces vio que en mi compra había un paquete de cacahuetes y me dijo con una maldad infinita: “No me extraña que le gusten los cacahuetes”-.

Dentro de mí estalló un volcán, pero cuando me disponía a comérmela por los pies, otra señora mayor, con un acento andaluz –creo que era cordobesa- suavizado por muchos años en Madrid, le dijo sin levantar la voz, casi como un susurro: “Señora, mona usted, mono su marido, monos sus hijos. ¿Cómo va por la vida avasallando a la gente así? Por si no lo sabe, Franco está muerto y enterrado; bueno, ahora lo vamos a sacar hasta del Valle de los Caídos, señora, que es usted una señora bruja”.

La susodicha nos lanzó una mirada de desprecio y se marchó a la caja más lejana lanzando rayos, culebras y centellas y jurando en arameo.

La cajera se secó las lágrimas y nos dio las gracias con una sonrisa enorme. Yo se las di a la señora, a la que no era una bruja.

A la gachí cavernaria le deseé una confesión larga y tortuosa con su párroco, y que el perdón de sus pecados le costara no menos 500.000 padrenuestros y 800.000 avemarías. O más.

Cuento esta historia porque está a la orden del día el insulto permanente y gratuito a los andaluces por el mero hecho de hablar español con acento andaluz.

Y no hablo de victimismo recurrente.

En el PP, en las derechas en general, le tocas las palmas a un propio y te sale, como Ana Mato o Tejerina, rajando de los niños andaluces, el PER, la incultura y la siesta, o haciendo burla del acento andaluz.

Esta incultura política está en el ADN de una España excluyente que te invita a no hablar como hablan los tuyos para poder triunfar, para ser uno más de ellos en los medios de comunicación, los espectáculos, la política, los negocios, etc. Hasta casi para echar un polvo.

Se mofan de los andaluces con una mano y con la otra se rasgan las vestiduras por la unidad de España.

¿Español de estos españoles? No, gwana. Antes, filipino, que tiene su puntito y todo, ¿no?

Pero este desprecio, camuflado a veces en formato broma –una broma de mal gusto, por supuesto-, no es solo propio de las derechas, que no saben ni sabrán nunca quién era Lázaro Carreter.

Que el futuro del español está en Andalucía, Canarias y América Latina… Anda ya. Paparruchas.

En las filas del PSOE de Pedro Sánchez también hay más de un gracioso que se dedica a vacilarle a la gente con el acento. Ya se sabe, a un tonto le das un cargo y se cree ministro del Aire. Y últimamente, hay demasiados conatos de ministro, sobre todo de Justicia.

Más adelante daré pelos y señales de un carajote máximum que habita los montes andaluces y que es aficionado al vacile antropológico.

Mientras tanto, teniendo en cuenta que pisa territorio comanche, aspiro a que más pronto que tarde un indígina lo mande allende de Despeñaperros con la siguiente posdata clavada en el culo: “Mono tú y monos todos los de tu casta, mamón”.