Opinion · Entre leones

La Feria de mi Patria

La Feria de mi infancia y la de todos los de mi generación estaba en el Paseo, con la caseta municipal recostada en la casa de Eusebio Tineo y Paca Bueno y el resto del ferial adentrándose camino del campo de fútbol, hasta donde dieran cacharros, puestos de turrón, tómbolas y tirapichones.

Era la Feria de Guadiaro, un pueblo pequeño de esa España repleta de españolitos de Machado y Serrat, de esa Andalucía de pajaritos y tigres de bengala enjaulados en una canción de Carlos Cano.

Esa Feria a veces pasaba la trasera de la casa de mi tío Francisco Bermúdez, sin llegar nunca a la casa de los Rondón (¡cómo brincaba Antoñillo en el churro, media manga y manga entera!)

Olía a polvo y grava mezclados con algodón con caramelo, y con el Levante llegaban también los efluvios de la vaqueriza de Miguel y Loli, esos mismos que formaban parte de la banda olfativa de todas las magníficas películas del Oeste que vimos o soñamos ver en el cine de verano de Manolo Telesforo.

Nunca he disfrutado tanto Centauros en el desiertocomo en aquel cine de Pepsicola y pipas saladas y dulces amores de infancia.

Recuerdo que esas ferias de Guadiaro arrancaban con la Diana Floreada, un dulce despertar con marchas suaves de trompetas, saxos, flautas y tambores, y terminaban con unos fuegos artificiales que cubrían Guadiaro con un manto de luciérnagas durante la medianoche del domingo.

Entre medias, tres o cuatro días de concursos basados en juegos populares o de mesa -carrera de sacos, campeonatos de dominó, cogida de cintas con bicicleta o a caballo, etc.-, bailes amenizados por los Capri (con Castillo a la batería… en los descansos), campeonatos deportivos de todos los pelajes, incluido el de billar, con Chano y El Maestrojugando la partida del siglo.

Pero, sin duda, el trofeo de fútbol, casi siempre contra el Tesorillo como feroz contrincante, era el más prestigioso de todos.

A 40 grados a la sombra cuando apretaba el Poniente, los goles estaban salpicados sudor, réflex y JB.

“Entre flores, fandanguillos y alegrías, nació Guadiaro…”, cantaba la Peña La Pataletade Juan El Cojo, Manolo El Murcianoy los otros emigrantes que volvieron de Suiza atendiendo a la reclamación de Carlos Cano en La murga de los currelantes.

Mi hermano Juan, Miguel Llave, Pepito Baldón, Gasparín, Paquito Vázquez, Salvador y Antoñito Godino o El Palometa goleaban por lo civil o por lo criminal, por la escuadra o a rastrera y llorando.

Rexach, Pedrito, Berenguer, Pepito López, Antoñín, los hermanos Roca, Gamito, Carlos Espinosa o Juanito Godino templaban y medían al milímetro cada pase: pura orfebrería y empuje.

Mi hermano Pepe, Luis de Alonso, Pepe el Tela, PacoChiría, Jesulito Romero El Nati, Espinosa, Reina, Diego Marín, Aurelio, Nejero, Jorge o El Birigolpeaban al contrario y a la pelota indistintamente: era un no pasarán continuo por encima de otras consideraciones.

Y de guardametas, para pararlo todo, Rosales, Pepín, El Gallo, Montes, Alarcón, mi primo Paco Bermúdez o Andrés Cervera.

Fueron tantos que ni en una enciclopedia cabrían todos y cada uno de los peloteros que se rompieron en ese hoyo mítico sobre el que se levantó, a golpe de riñón de un pueblo, el campo de La Unión.

Esas ferias de mi infancia, donde los coches de choque eran la principal atracción, son ya pura melancolía. Deben ser los años y las ausencias.

Sin embargo, cuando llegan las calores, siempre tengo un deseo irrefrenable de coger carretera y manta, de emigrar como una avefría pero en verano y de pasear por el ferial con los ojos de aquel niño que fui.

Quizás pueda disfrutar de mis queridos fantasmas. Quizás puede abrazar a Cirito, a Domingo y a Juan Francisco. O quizás medie entre El Cachivanoy Miguel Pecino. O quizás escuche canturrear a José El de Venancio. O quizás disfrute de la categoría humana de Andrés Chimenea y de Gregorio Amado.

O quizás, solo quizás, mis padres nos monten de la mano a mi hermano Carlos y a mí en el último viaje del tren de los escobazos en mi única Patria, la que conforman las cuatro esquinas donde me meaba cuando era chico.

 

PD: Por cierto, a los amantes de los caracoles y las cabrillas en Madrid, especialmente a quienes proceden de la comunidad andaluza, les informo sin trincar que en el mercado de Vallehermoso hay un puesto en la parte baja que los borda. Están los caracoles a la andaluza, pero las cabrillas con una salsa africana están también de lujo. Y por puesto las cabrillas a la madrileña. Son de Cadalso de los Vidrios, de Madrid, pero parecen de Medina Sidonia, aunque el dependiente, un fenómeno, es africano de pura cepa.