Opinion · Entre leones

Todos eran buenos

Nunca olvidaré las palabras que pronunció Santiago Bastos Noreña en el almuerzo de principios de noviembre de 1982 en el piso familiar de la calle María de Guzmán, cerca de Cuatro Caminos: “Ruiz-Mateos ha enviado una carta a sus trabajadores que es tranquilizadora: le da visos de normalidad a la llegada de los socialistas al poder”.

Aquella mesa, presidida siempre por una ensalada enorme y un plato de buena cuchara, la montaban entre todos en un acto mecánico de felicidad: plato a plato, cuchara a cuchara, sonrisa a sonrisa.

Para mi, un joven estudiante de provincias, de clase más baja que media y de familia de izquierdas, algo deprimido por la inmensidad de Madrid, aquella casa y aquella familia (el propio Santiago, su mujer Lourdes Amigo, la abuela Rosario de la Quintana, madre de Lourdes, y los cinco hijos, José Antonio, Santiago, Joaquín, María y Eduardo) representaron la gasolina vital justa para superar un ochomil de morriña.

Bastos Noreña era coronel y demócrata, y estaba al frente del departamento de involución del Cesid. Era, por tanto, uno de los militares más odiados por los golpistas y estaba amenazado por tierra, mar y aire.

Por cierto, una vez le pregunté a Joaquín cómo era posible que, estando su padre tan amenazado, los ventanales del piso militar de María de Guzmán (una primera planta) estuvieran siempre abiertos de par en par y que la única garantía de resistencia en caso de ataque que yo veía era un labrador retriever negro con vocación de expreso de medianoche y un toque de cabra loca.

Mi amigo, para mi tranquilidad, me dijo con esa formidable capacidad de convicción que siempre le ha acompañado: “No te preocupes, mi padre los despistas yendo en bús a la oficina”.

Ni que decir tiene que Bastos Noreña hizo un servicio gigantesco a la España democrática desmantelando más de una trama golpista.

A principios de los noventa, el Gobierno de Felipe González lo ascendió a general entre algunas protestas de los tarados aficionados a las asonadas.

En Diario de Cádiz escribí un artículo donde me cuadré y lo saludé militarmente en nombre de la España democrática.

Al otro lado de la mesa de María de Guzmán estaban Lourdes Amigo, profesora cum laude del colegio Rosales e hija del catedrático de Literatura asesinado en Ronda (lo despeñaron por el Tajo por ser católico) en los primeros días de la guerra, y Rosario de la Quintana, su madre y viuda del profesor.

Era otra historia, pero tan importante o más que la que acompañó a Santiago Bastos.

En unos Cursos de Verano de San Roque, Luis Rosales me relató de cabo a rabo y entre lágrimas la trágica historia de Joaquín Amigo, y me recitó unos versos de su poema Ronda por un Amigo.

Rosales, aun lloroso, me susurró: “La Guerra, la maldita Guerra, se llevó a dos de mis mejores amigos”. Su otro amigo era Federico García Lorca. Los tres granadinos eran de hecho amigos.

Ni que decir tiene que nunca vi en Lourdes ni en su madre una sombra de odio. Ni en Santiago, que también perdió a su padre en los primeros días de la Guerra a manos republicanas. Nunca.

Eran personas buenas, todos eran buenos en aquella casa llena de música y alegría.

A mediados de julio, Santiago Bastos y Lourdes Amigo, superados de largo los ochenta, regresaban a Madrid en coche desde Cabo de Palos (Murcia), y un vehículo los alcanzó por detrás. Lourdes murió en el acto y Santiago resistió varios días.

En la misa funeral, celebrada en una iglesia de la Avenida de los Toreros, nos cubrió una sombra rica, muy rica de paz que debieron contratar directamente Santiago y Lourdes en la última curva de sus vidas.