Opinion · Entre leones

Peligra el consenso nacional sobre el puchero

No he sido nunca nacionalista, pero jamás he descalificado a quienes lo son. Nunca he sido independentistas, pero siempre los he respetado.

Dentro de la Constitución cabemos todos, y si no cabemos, cambiémosla, ¿no?

El único lujo identitario-territoral me lo he permitido con mi pueblo, Guadiaro. Allí me coloco mi boína y me convierto en un ciudadano abertzale en defensa de las cuatro esquinas donde me meaba cuando era chico. El callejón de mi casa, la casa de Lola, la trasera de casa Enriquito y la esquina de la Iglesia, con perdón; eran, en definitiva, micciones inocentes, que olían a colonia Nenuco y a Casera de limón.

Por cierto, magnífica definición del maestro Vázquez Montalbán sobre la única Patria verdadera. ¡Cuánto te echamos de menos, camarada! Y mucho más ahora que las izquierdas se han propuesto irse al carajo sin nuestro permiso.

¿Qué les diría el escritor barcelonés a Pedro y a Pablo en estas horas tan críticas? No les regalaría nada bonito, ni una metáfora ni una evocación de los mares del Sur. Quizás les mandaría a Carvalho a cantarles las cuarenta acompañadas con un bacalao con verduras o con quizás unas espardenyes con arroz para convencerlos de que estén a la altura de sus votantes.

Pero a lo que iba, ni nacionalista ni independentista.

Más allá de Punta Chullera y Guadalquitón, existe un mundo inabarcable que se llama Cádiz, Andalucía, España, Europa y la Tierra. Con tantos millones de personas por conocer y tantos millones de territorios por explorar, abrazar estas posiciones de paso corto y mirada miope es para quedarse a vivir en Amanece que no es poco.

Pero últimamente estoy flaqueando, sobre todo desde que Albert Ribera se ha convertido en una especie de Locomotoro del 155. ¡Qué pechá de gachó! Todo el santo día dale que te pego con mandarle la Legión a los independentistas catalanes y las siete plagas rojigualdas, y echando bilis contra los nacionalistas a todas horas que ni la niña de El Exorcista.

Cada vez que habla, me da la sensación de que Cataluña está más cerca de la independencia -aparte de llevarse por delante una pajera de picoletos- y España más lejos de Cataluña.

Ahora, para reforzar este frente del nacionalismo español, ha aterrizado en primera línea de la política Cayetana Álvarez de Toledo, en casa Gaviota. Es algo así como Espinosa de los Monteros pero con un toque de Marine Le Pen; incluido el ‘plis’ de rubia nacional.

La portavoz de Casado y del nuevo PP ha cortado dos orejas y rabo en la Convención de los populares del País Vasco. Cuello de Cisne con lengua de serpiente, según su nombre sioux, les ha dicho a los compañeros que han sido muy tibios con los nacionalistas.

Ni que decir tiene que los aludidos le han dado en toda la boca: “Mientras algunas caminaban sobre mullidas moquetas, otros nos jugábamos la vida defendiendo la Constitución”, le han dicho con más razón que un santo.

Los despropósitos continuados de Rivera y de Álvarez de Toledo contrastan con Gabriel Rufián, líder parlamentario de ERC, que dio toda una lección de sensatez en la última sesión de investidura. El “España no me roba, a mí me roban Rato, Bárcenas y Pujol” es de lo más redondo que se ha dicho en el parlamentarismo español en los últimos años.

En fin, con estos defensores de la Constitución, la unidad de la Patria y las esencias de la copla, vamos a la ruina, a una gota fría hasta en el desierto de Almería y los Monegros.

Se van a cargar hasta el gran consenso nacional sobre los ingredientes eternos del puchero y el cocido. Una tragedia.