Opinion · Entre leones

Un cocinero de Nobel

Reconozco públicamente que tengo una especial aversión a los programas de cocina-espectáculo, del tipo Masterchef, en sus distintas variedades. No he visto nunca ni un minuto de ninguno de ellos.

Y que conste que me encanta cocinar, sobre todo cuando entre el plato y la boca solo media la cuchara.

Y por supuesto me gustan los cocineros: suelen ser gente simpática y muy lista. Manejan un arte milenario de olores y sabores digno de paleontólogos y antropólogos. En la comida está el ADN de los seres humanos, pasito a pasito.

Yo me di cuenta del recorrido mítico de la cocina con apenas 16 años, hace unos 40, cuando trabajaba de facturista en el Tenis Hotel –hoy NH Sotogrande-. Sin saber muy bien de qué se trataba, engullí un gazpacho en un vaso de tubo que enterró para siempre el gazpacho majado en lebrillo de mi madre.

Fue un salto de varios siglos, del mortero a la turmis, del dale-que-te-pego al brazo de Dios.

Después saboreé el inconmensurable consomé de buey de Vaca –así se llamaba aquel gran chef de sonrisa nerviosa y pelo castaño con una veta blanca-.

Ni que decir tiene que los programas de cocina de autor sí me gustan.

Hace más de diez años, cuando Arguiñano había roto la pana en una cadena privada, irrumpió en TVE José Andrés, un cocinero asturiano que trabajó con los hermanos Adrià en El Bulli y que ahora triunfaba en EEUU, donde tenía un buen número de restaurantes y era un tipo reconocido.

Dio la casualidad que en esa etapa tuve la oportunidad de conocerlo fugazmente, ya que en verano se venía con su familia –su mujer y sus tres hijas- a casa de la madre su mujer, en Algeciras, en los pisos del Cristina, donde yo vivía con mi familia.

Mis hijos Juanjo y Pablo solían jugar con sus dos hijas pequeñas en el aquel jardín descuidado coronado por un gran quejigo o quizás fuera un castaño americano.

Mi hijo Juanjo, que de chico apuntaba ya maneras, le llegó a preguntar a porta gayola a José Andrés si en la tele cocinaba de verdad o era de mentirijilla.

El chef asturiano, un tipo más listo que el hambre –no podía ser de otra forma-, le correspondió comentando la preguntita en uno de sus programas y mencionando a Juanjo y Pablo, «los amiguitos de mis hijas».

Mi mujer coincidió por los niños con frecuencia con la mujer de José Andrés, una chica extraordinaria por lo normal y lo afable que era.

Todos eran encantadores, pero la madre de ella era una mujer muy especial.

En fin, con el paso inexorable de los años, José Andrés ha ido creciendo a lo largo y a lo ancho. Ya he superado la treintena de restaurantes españoles en EEUU y no para de recibir reconocimientos; ahora incluso lo han propuesto para la Princesa de Asturias y el Nobel de la Paz.

Pero, sobre todo, ha puesto en marcha la ONG World Central Kitchen, una organización humanitaria que funciona como un reloj y que ha acudido antes que nadie a dar de comer al hambriento y de beber al sediento allá donde la Tierra, a través del cambio climático, ha arremetido contra el hombre: Bahamas, Mozambique, Indonesia, Puerto Rico, Venezuela, Colombia, California…

Hace poco en la Cumbre de Acción Climática de la ONU ofreció una charla, donde defendió la necesidad de que las ONG humanitarias sean más pequeñas y funcionen como empresas privadas.

A su juicio, “las ONG de gran tamaño son muy lentas y no tienen manera de medir si las inversiones que hacen obtienen el retorno adecuado; en el sector privado esto no ocurre”.

Se ha enfrentado a Trump con un par de pelotas tras comprobar que el nuevo presidente de EEUU es un auténtico descerebrado, un xenófobo aficionado a la albañilería a lo bestia.

En su particular guerra dialéctica con esta arma de destrucción masiva hecha hombre, José Andrés le ha recomendado lo siguiente: “La mejor inversión que puede hacer Estados Unidos en seguridad nacional no es un muro, sino colegios. Si das a la gente educación y por tanto seguridad financiera en sus hogares, no tendrán necesidad de emigrar a ninguna parte”. ¡Chapó! Serviría incluso para la propia UE si quisiera parar la migración subsahariana.

Nada más que por esta lección de sentido común merecería la Princesa de Asturias. Si le añades una paella para un millón o dos millones de hambrientos en una cocina devastada por el último huracán, no me cabe ninguna duda de que no hay mejor candidato para el próximo Nobel de la Paz.

Yo le cantaría hasta una saeta.