Entre leones

Vox y el mismo montón de mierda

Entiendo que al líder del ERC en el Congreso de los Diputados, Gabriel Rufián, no le haya hecho ni chispa de gracia ver a Iglesias echar unas risas con Iván Espinosa de los Monteros, de Vox, y con Inés Arrimadas, de Ciudadanos, que también estaba en tan distendida conversación en los actos del Día de la Constitución.

El partido que representa Espinosa de los Monteros ha sido acusación popular en el juicio del procés y sus abogados, con el madelman Javier Ortega Smith a la cabeza, han destilado más odio que argumentos contra los procesados.

Pero también es verdad que en el Congreso de los Diputados un debate áspero en el hemiciclo puede acabar con una charla amistosa entre los contendientes en el patio, en la calle Floridablanca, o con una caña y unas croquetas en Casa Manolo, en la calle Jovellanos.

Las diferencias políticas e ideológicas no fueron óbice para que la socialista catalana Maritxell Batet y el popular cántabro José María Lasalle se enamoraran y se casaran. Y tuvieran dos preciosas mellizas fruto de "besos, ternura, que derroche de amor, cuánta locura".

En la Cámara baja fluyen los sentimientos y las relaciones al margen de la disciplina de partido, incluidos de forma clandestina, escondidos en casapuertas.

Como debe ser, a ratos se hace el amor y no la guerra. Y supongo que el 69 no será solo el número de una enmienda a los Presupuestos Generales del Estado, ¿no?

Aunque el gachó tiene fama de seductor, Albert Rivera era de los que llevaban su militancia antinacionalista al terreno personal, y a veces ni siquiera saludaba a los independentistas catalanes: se limitaba a lanzarles una mirada de odio, asco o indiferencia. Según soplara el viento.

Su condición de exlíder puede que tenga mucho ver con esa incapacidad manifiesta para diferenciar las churras de las merinas, y el batacazo de Ciudadanos quizás se deba a un empacho de arrogancia.

Dicho esto, claro que hay que combatir a Vox públicamente. En el debate a cuatro, Abascal debió ya salir con más de un puyazo. Tan sólo le dio y más bien poquito Casado.

El único que puso en su sitio a estos chicos tan majos fue Aitor Esteban, del PNV,  que, en el debate de los portavoces parlamentarios, los tachó de lo que son: unos auténticos fascistas tras una risas de Espinosas de los Monteros a propósito de los republicanos desaparecidos en la Guerra Civil.

El resultado electoral que cosechó Vox se debió en parte al voto-bronca del personal y en parte a la escasa resistencia a sus burradas en do mayor.

El rechazo de las políticas contra la violencia de género, la negación del cambio climático y la incitación al odio, por ejemplo, ya merecen por sí solas una respuesta más contundente de los partidos democráticos.

No se les puede dejar pasar ni una en el debate público, porque los chicos de Abascal defienden ni más ni menos que las mujeres estén más desprotegidas ante la pandemia asesina que sufren, que la Tierra se haga más irrespirable a ver si se mueren todos los rojos y todos los nacionalistas, y que los inmigrantes sean declarados constitucionalmente seres humanos de segunda categoría por no ser españoles con el mismo Rh que el caballo del Cid Campeador, de nombre Babieca.

Que escuchen a las mujeres chilenas e indias gritar ¡el violador eres tú!, que sientan el miedo de los menores inmigrantes amenazados por el odio en forma de granada, que se intoxiquen con el retorno de los humos a Madrid central solo ellos y sus castas…

Quienes están detrás de tanto odio, tanto racismo, tanta xenofobia, tanta homofobia, tanto negacionismo –y también los aprendices de brujo como Cayetana Álvarez de Toledo, que está a un cuarto de hora de estos titiriteros, y Almeida, que no es estúpido sino carajote: Bardem no iba tan desencaminado- no se les puede dejar ni un metro, porque buscan convencernos de que, en el fondo, todos formamos parte del mismo montón de mierda.