Entre leones

Chivite y la buena educación

El pasado martes estuve en la intervención de la presidenta de Navarra, María Chivite, en el foro de Europa Press en el hotel Villamagna de la capital de España.

Le preparó el terreno Santos Cerdán, secretario de Organización de facto de la Ejecutiva Federal del PSOE, con maestría y con los elogios justos. Pedro Sánchez tiene pocos a su alrededor como este navarrico la mar de tranquilo, la mar de sensato: oro molido en esta política de mucho ruido y pocas nueces, de cuarto y mitad.

Chivite estuvo fluida y convincente, incluso cuando no pudo precisar porque los datos no los tenía a mano. Y demostró que detrás de su proyecto hay ideas y el hierro necesario para que fragüen, que Navarra es una comunidad digna de confianza.

Pero más allá de una comunidad que crece por encima de España y que tiene un paro residual, dos asuntos que debieron consumir más tiempo por su relevancia, el foro recurrió a las alianzas de los socialistas navarros con EH Bildu y a las víctimas del terrorismo, un asunto que, con el debate tergiversado del euskera excluyente en Navarra, obsesionan a las derechas españolas, que aún no han sido capaces de digerir que los demócratas derrotamos a ETA.

Sobre los acuerdos con EH Bildu, Chivite habló sin sentimiento de culpa, sacando el compromiso de los socialistas con el diálogo y los acuerdos y destacando la falta de propuestas de Navarra Suma. Y en cuanto a las víctimas, se atragantó con un hilito de emoción recordando algún que otro mal rato que las víctimas más cercanas a las derechas le han hecho pasar, "cuando los socialistas también fuimos víctimas", recordó.

Tengo que reconocer que esta demonización de EH Bildu me enerva ahora. Es verdad que cuando ETA mataba, el brazo político de la banda terrorista me sacaba de mis casillas.  Me jodía especialmente el asesinato de guardias civiles y policías –la mayoría andaluces-, trabajadores que no tenían más remedio que subir al País Vasco a ganarse la vida. He tenido y tengo buenos amigos en la Benemérita que se jugaron el pellejo por salarios de miseria y he sentido verdadera angustia por ellos.

Pese a todo, en aquellos debates de rabia en los años del plomo, siempre llegábamos a la misma conclusión: si dejaran de matar, podrían incluso participar en las instituciones, podríamos hablar con ellos.

Afortunadamente, ETA paró de matar, y la inmensa mayoría de los españoles y vascos lo celebramos.

Sin embargo, las derechas, con el PP a la cabeza, mucho menos. Ya se portaron de forma miserable con Rodríguez Zapatero, que no sólo nunca tuvo las manos manchadas de sangre sino que evitó que otros se las mancharan de nuevo.

¿Y la jugada del 11-M de culpar a ETA cuando hasta el más tonto sabía que habían sido los yihadistas?

Ha sido como si el PP necesitara para ganar elecciones que la banda terrorista siguiera activa y así articular un discurso político antinacionalista pero desde el nacionalismo español más rancio.

Y por eso, aunque EH Bildu ha dado pasos hacia la reconciliación y ha reconocido errores –todavía le queda mucho por recorrer-, las derechas españolas nunca les perdonarán en el nombre de las víctimas.

Todo lo que contrario de lo que dicen sobre las víctimas del franquismo, que yacen en cunetas y fosas comunes sin reparación ni justicia. Y sobre las que quieren tender un manto de olvido. Ahí es donde PP, Ciudadanos y Vox encuentran su denominador común, el doble rasero, la doble moral.

Pactando con EH Bildu, el PSN y Chivite avanzaron por la senda de la normalidad democrática, que es el mejor camino para vivir en paz y enterrar el hacha de guerra que ha sacudido a españoles, vascos y navarros como si fuera una plaga bíblica.

Por cierto, muy elegante Chivite contestando a la presidenta de la Comunidad de Madrid, que tachó a los navarros de paletos. Pero no estoy seguro de que Díaz Ayuso haya sido capaz de entender intelectualmente el mensaje de educación y respeto que le trasladó la presidenta de Navarra con las palabras justas, apenas mecidas por el viento.

Algo parecido les pasa con Oriol Junqueras, que ha salido de la cárcel para dar clases y otro escándalo. Las derechas están que se suben por las paredes, emborronando el panorama político armados con brochas gordas, sin una pincelada fina. Traidores, vendepatrias, renegados, ingratos, insidiosos, impíos, intrigantes, alevosos, viles, villanos, desertores, apóstatas, hipócritas, conspiradores, Judas, coronavirus…

Están tan ciego que son incapaces de valorar en su justa medida la elección de cardenal y arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, presidente de los obispos españoles, de la Confederación Episcopal Española. Un catalán –aunque sea de Teruel: para que luego digan que no existe- presidiendo algo en España de los españoles. Desde Pablo Porta no había ocurrido un hito igual.

Pero están cabreados porque es partidario del Papa Francisco y ha vencido a los seguidores de Rouco Varela, baluarte de ¡Santiago y cierra, España! Y gran aficionado, para más inri, a los pellizcos de monja y a la pringá del cocido, con la morcilla y todo, por supuesto.