Entre leones

Los miserables

La mayoría de los españoles está viviendo la pandemia como una tragedia. Normal, tantos muertos, sobre todo los abuelos, no es para echar unas risas sino para llorar a lágrima viva.

Y más con el desastre económico que dejará el coronavirus, que, como siempre, se cebará también con los más pobres por los siglos de los siglos.

Sin embargo, hay una minoría que vive esta tragedia como una oportunidad. Sí, como un pretexto para difundir bulos, mentiras y críticas exacerbadas, y para expandir el odio como la Covid-19. Escondidos tras una mata en las redes sociales, nos vomitan encima a todas horas.

Me refiero a los dirigentes del PP y VOX –parece que Ciudadanos ha recogido velas-, y a muchos de sus seguidores, que no están embarcados en una guerra sin cuartel contra el coronavirus sino en una guerra de infundios y mala fe contra Pedro Sánchez y su Gobierno.

Una bajada de la cifra diaria de muertos o una desescalada de contagios son malas noticias para estos miserables, que encima nos quieren hacer creer que ellos y solo ellos son los patriotas, los garantes de la unidad de España, los auténticos españoles, por colgar en sus balcones una bandera.

La inmensa mayoría de los medios de comunicación, desde los informativos a los programas magacines del tipo Ana Rosa –vaya tela marinera: mejor estaría en Sotogrande con la desbandada clandestina de madrileños-, está haciendo seguidismo de esta mala baba humana y política a golpe de especulaciones y medias verdades. ¿Información? La justa para vestir el muñeco de unos medios supuestamente serios y objetivos.

Ni El País, sacrosanto periódico de centro-izquierda, está a la altura. Leer el artículo de la segunda página de opinión en Casa Cebrián es encontrarte con que, por ejemplo, consultar a los expertos puede llegar a ser "obsceno" o que la rueda de prensa de Pedro Sánchez "difícilmente es concebible en cualquier país democrático". Esta última parrafada es de Manuel Aragón, padre del pifostio catalán: fue el miembro del Tribunal Constitucional que rompió la mayoría progresista y de aquellos barros, estos lodos. Ahora, por lo visto, quiere darle al Gobierno la mortal con el estado de alarma y la Constitución. Y no es que le pudiera faltar razón en algo, pero sí autoridad, sobre todo cuando pretende sentar cátedra sobre el tiempo de duración de una intervención presidencial.

Una pena que personas teóricamente progresistas no estén dando la talla en unos momentos donde había que darla por castigo.  Y darla solo es mostrar un mínimo de lealtad en una situación de catástrofe sin verdades absolutas, sin manual para controlarla y atajarla, con más especulación que información fidedigna. Por supuesto que cabe ser críticos –yo estoy en contra de la actuación del ministro de Cultura-, pero sin practicar el tremendismo ni el quintacolumnismo que algunos atesoran en sus sesudos análisis de sus santos culos.

Y no me refiero solo a Felipe González, que es un caso perdido no ahora que le gusta hasta el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida –desinfecta las calles, picha-, sino desde que le pasaron el bronceador por el yate y se cruzó al lado oscuro de la fuerza con armas, bagajes y puros.

Demasiados compañeros tirados al dólar, demasiados atrapados en las redes capitalinas de asesorías, regalías, paseíllos por tupidas alfombras y mangancias varias.

Y ahí manda, claro, la patronal, que se ha tirado al monte y ya se opone incluso al ingreso mínimo vital que pagaría el Estado. Hay que ser miserables –tanto o más que los otros miserables- para oponerse a que todo ser humano tenga derecho a un mínimo de dignidad. ¿Para cuándo una remesa de artículos contra la dignidad desde este progresismo afín a las derechas? ¿O quizás ante toca una andanada contra el supuesto cambio de régimen que pretende el Gobierno?

El Rey, que es claro beneficiario de este Gobierno y del propio Pedro Sánchez –el trágala con la última de su padre con el ‘corinavirus’ es de todo menos de cambio de régimen-, ya podría sudar la camiseta real un poquito y llamar al orden a los más notables miserables, súbditos confesos suyos para más inri, para así defender de forma efectiva una unidad de España que solo ellos, todos ellos, están poniendo en peligro en estos días de cocodrilos diminutos y grandes sinvergüenzas.