Entre leones

Un partido a contramano

Todavía me cuesta digerir los 140.000 millones que recibirá España dentro del plan de reconstrucción europea. Si leías a la mayoría de la prensa patria, Pedro Sánchez estaba abocado al fracaso más estrepitoso. Las derechas se preparaban para crucificarlo por el fiasco en los cuatro rincones rojigualdas de pulseras y mascarillas.

Pero no: el presidente del Gobierno se trajo bajo el brazo una alforja de millones para intentar recomponer todo lo que el bicho ha devorado y devorará en la primera y la segunda oleada, que, por desgracia, recibiremos con la gripe y los catarros estacionales cuando las primeras hojas cubran los sueños de verano.

Que Pedro Sánchez lo lograra no me ha extrañado –siempre he defendido y defenderé la competencia y la capacidad que le visten y calzan-, pero estoy absolutamente sorprendido –y de ahí mi indigestión- de que Pablo Casado haya sido capaz de atribuirle más mérito al Partido Popular Europeo que al propio presidente de Gobierno de su país.

Y no pongo en duda el papel del Partido Popular Europeo, que ha tenido que convencer al Partido Popular Español de que España merecía esa lluvia de millones, de que los españoles merecíamos fondos para reconstruirnos. No es una tarea fácil. Pero sí pongo en cuestión la autoridad del líder conservador para sacar un poquito de pecho en un asunto donde ha querido meter palos en la rueda para estropear las expectativas españolas en esta cumbre tan importante para el devenir de la UE y de la propia España.

A la derecha –dicho con toda la mala baba que me queda- le hubiera gustado recuperar el discurso del español pedigüeño de Felipe González, que se arrastraba por Europa reclamando más guita para que España saliera del gran bache del franquismo. ¡Quién te ha visto y quién te ve, Felipe de mi corazón! Pero a sus portavoces les da igual: aunque sus verdades sean puras mentiras, saben que sus medios patrióticos seguirán dando leña al mono del Gobierno, con especial predilección por El Coleta, que, entre rojo, bolivariano y comunista, parece un vicepresidente omnipresente, cuasi divino.

En fin, con el éxito europeo en lo más alto, con solo los populares dando cornadas de manso a diestro y siniestro, este verano extraño, de distanciamientos responsables –menos para los jóvenes que se juegan la vida de ellos y la nuestra por un beso o una caricia- y partes de guerra de rebrotes, va cubriendo fechas y calores.

En mi tierra, el Sur del Sur, donde las fronteras suman tres y los narcos nos roban a nuestros jóvenes a puñaítos como carne de alijos, una racha de viento de Levante eterno peina las cañas y huele a esperanza y a ilusión por todos lados.

Desde hace meses, Grande-Marlaska, un ministro que se ha hecho de EusCádiz –siguiendo los pasos de nuestro llorado José María Calleja- viene poniendo en jaque a los narcotraficantes, que, gracias a una intervención policial que lleva en su haber miles de detenidos, están literalmente acojonados. Nunca –y sé bien lo que digo- ha habido una actuación político-policial-judicial tan decidida para arrinconar a las mafias de la droga en el Campo de Gibraltar. Queda mucho por hacer, pero jamás se había llegado tan lejos. No queda ni un fardo de impunidad.

Esta semana, otro miembro del Gobierno de Pedro Sánchez, Arancha González Laya, ministra de Asuntos Exteriores a la sazón, ha visitado el Campo de Gibraltar para poner encima de la mesa una "zona económica especial" entre Gibraltar y los ocho municipios del Campo de Gibraltar.

Se reunió con los alcaldes campogibraltareños y con el ministro principal de Gibraltar, Fabian Picardo –un encuentro sin ningún género de dudas histórico-, en un ambiente muy constructivo y alentador. Pues de nuevo, el PP, con Casado a la cabeza, ha puesto el grito en el cielo con el tradicional y veraniego "Gibraltar español", esa serpiente estival que habita en el zoo de la calle Génova rodeada de otras criaturitas de Dios.

Ante una zona de prosperidad que beneficiaría a campogibratareños y gibraltareños –el alcalde de La Línea, el independiente Juan Franco, ha acertado al destacar que los ciudadanos están en el centro de la discusión por primera vez, y el de San Roque, el socialista Juan Carlos Ruiz Boix, le ha dado empaque a la representación- el PP se pone en manos del ex ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo –admirador del también canciller filonazi y franquista Fernando María de Castiella-, que, entre desbarres de pavo real, se rasga las vestiduras del siglo XVIII y lamenta que González Laya haya dado categoría de ministro a Fabian Picardo, un simple alcalde de  pueblo para este bocazas de la diplomacia cañí. Un político capaz de decretar un salario de 1.300 euros mensuales para trabajadores españoles durante el confinamiento merece ser lo que quiera, ¿no? Por cierto, ¿le conocen a Margallo un gesto de generosidad que no sea para su engorde?

El alcalde de Algeciras, el popular José Ignacio Landaluce, se ha sumado a este aquelarre de tierra quemada y chamusquina, en un acto que consiste básicamente en tirar piedras contra su propio tejado. Espero que lo suyo sea una enajenación pasajera, o un trágala de partido de esos de obligado cumplimiento, porque tanta hipocresía no se sostiene mucho tiempo en pie en una zona tan aguerrida.

En definitiva, con esta deriva miope y más pronto que tarde, el PP acabará montando una campaña de desprestigio también contra Grande-Marlaska por meter en el talego a esos respetados señores de la droga que tanto han hecho por la singular economía comarcal y por la imagen del Campo de Gibraltar en los telediarios y en otras horas de máxima audiencia. Un partido a contramano de los ciudadanos acaba siempre en el fango de la historia.