Entre leones

Trump y la peste

Decía Albert Camus que "toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura el fascismo".

Ese temor prendió entre los demócratas del planeta Tierra en 2016 cuando Donald Trump ganó por sorpresa las elecciones presidenciales a Hilary Clinton. Durante cuatro años, el 45º presidente de EEUU ha seguido la estela que temíamos muchos, y el fascismo que lo inspiraba lo ha aliñado con muestras continuas de racismo, xenofobia, homofobia, machismo, negacionismo climático y todos los istmos con mala baba que visten y calzan a los de su casta. Desprecio, en definitiva, a quien no sentía, pensaba o vivía como él, una especie de reducto del homo neanderthalensis en pleno siglo XXI, con una pelambrera rubia blanquecina impostada que ni en El pueblo de los malditos.

El mundo, con este mamarracho como comandante en jefe, ha sido más feo, más oscuro, como una peli mala en sesión continua… Era como si, con su advenimiento, hubiera abierto de par en par las puertas a todos los tontos rematadamente peligrosos que, hasta entonces, eran bufones escondidos en el cajón de sastre de la humanidad.

Trump había creado escuela y de sus pupitres emergieron aprendices de brujo como Bolsonaro, Salvini, Johnson, Santiago Abascal, Orbán, Le Pen, Ventura… Partidos de extrema derecha o populistas que, en Europa, solo se quedaron fuera de los parlamentos de Irlanda, Malta, Luxemburgo, Croacia y Rumania. Pero facilitaron gobiernos de coalición de Estonia, Bulgaria y Filandia –y en España, en concreto en Madrid y Andalucía-. Y en casi todos los países europeos, excepto en Portugal, Grecia, Lituania y Chipre, ostentan representaciones parlamentarias por encima del 10%.

Es posible que el trumpismo sobreviva a Trump. Eso dicen.

Aquí en España, sin ir muy lejos, tenemos en la Comunidad de Madrid a una presidenta, Isabel Díaz Ayuso, que bebe las aguas del presidente que hablaba con las pelotas de golf. Tonta del bote, con certificado ISO 9001, nos quiere vender la moto ahora de que Madrid es referente nacional e internacional en la lucha contra la COVID-19. Que se lo pregunte a Moreno Bonilla, ¿no?  Por cierto, ¿por qué esta España dentro de España de los españoles no pide más rastreadores del Ejército al Ministerio de Defensa? Ya veremos hasta dónde llega esta santa casta, pura y mentirosa.

En fin, lo importante es que el pasado 3 de noviembre se acabó lo que se daba para Trump, todo un artista del tremendismo: 75 millones de americanos pusieron pie en pared y lo mandaron a freír monas con sus bobadas. Es verdad que otros 70 millones de americanos pretendían que se quedara un segundo mandato, cuatro años más, pero, afortunadamente para ellos mismos, no lo lograron.

Ahora, cuando el resultado es inapelable -los expertos no le auguran ningún éxito en la vía judicial por mucho que controle el Tribunal Supremo-, estamos viendo lo peor de este impresentable, que lloriquea como un niño en estado de pataleta enarbolando sin pruebas una denuncia de fraude contra Biden y los demócratas. Un mal perder rayano en el sacrilegio.

Menos mal que tres cadenas de televisión, ABC, CBS y NBC, le cortaron el rollo en pleno directo para decir que mentía, que estaba denunciando fraude electoral sin aportar ninguna prueba y que su discurso era peligroso. Y tanto que lo era: muchos de sus seguidores, en cuanto Biden empezó a encabezar el conteo, salieron a la calle armados hasta los dientes, dispuestos a todo por defender al pistolero más indecente a este lado del Misisipi. Ese es el peor retrato de una presidencia irrespetuosa hasta consigo mismo.

Ya podría haber leído el discurso de John McCain aceptando la victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales de 2008. Ese republicanismo sensato y honesto también ha sido víctima de este depredador, a tenor del clamoroso silencio del Partido Republicano tras superar Biden los 270 votos.

A Biden, un hombre mayor –tiene 77 años por mucho que corretee cada vez que llega a un escenario-, solo le bastará con recuperar la decencia para completar un buen mandato. Y, por supuesto, deberá rescatar el respeto y reactivar el sentido común para eludir el fascismo y vencer a la peste.