Entre leones

Bloques, solidaridad y prosperidad compartida

A principios de agosto de 2013, el Gobierno de Gibraltar lanzó en las aguas próximas al aeropuerto una treintena de bloques de hormigón. De inmediato, promovida por el Ministerio de Asuntos Exteriores español, con José Manuel García-Margallo como titular, se inició una campaña mediática brutal no ya contra política medioambiental gibraltareña sino contra la forma de vida en el Peñón.

Un periódico como El País, algo más objetivo y moderado que el resto en el tratamiento informativo de todo lo relacionado con el Peñón, titulaba por esos días: "Gibraltar ‘ataca’ con hormigón", "Los bloques de hormigón que impiden pescar en Gibraltar", "Soberanía, tabaco, blanqueo, fraude y gasolineras flotantes".

A partir de ahí, desbarre tras desbarre hasta una portada de la caverna mediática de extrema derecha situando a un buque de guerra británico navegando hacia Gibraltar por orden de Fabián Picardo.

Una locura que provocó que durante ese mes de agosto los gibraltareños apenas salieran del Peñón por miedo al clima antigibraltareño que crearon los medios españoles bajo el patrocinio de García-Margallo. Insultos, intentos de agresión, ruedas rajadas y hasta alguna pintada filonazi en el chalé del prestigioso abogado gibraltareña Jaime Levy, en Sotogrande.

Al final, pagaron el pato los hosteleros y los comerciantes del Campo de Gibraltar, y los trabajadores españoles que, junto a los gibraltareños, sufrieron colas criminales en la frontera de hasta siete horas. Una auténtica cafrada sustentada en una gran patraña.

Y cuento a continuación con pelos y señales los entresijos de esa mentira monumental. Según la legislación andaluza, en la zona donde se arrojaron los ‘bloques con pinchos’ estaba prohibido la pesca. Es decir, no se podía pescar. Pero se pescaba vulnerando esa legislación. Y lo hacía habitualmente una sola embarcación, que capturaba bolos (esculpiñas), y no cientos de pesqueros campogibraltareños como publicaron con insistencia los medios españoles durante ese tórrido y vergonzoso mes de agosto.

¿Cómo se burlaba esa legalidad? Muy fácil: las capturas se informaban a la Junta de Andalucía a través de una declaración jurada del pescador, que incluía, entre otros, la cantidad y la zona. Así las cosas, aunque procedían del cuadrante donde se arrojaron los bloques, a efectos documentales se pescaban en zonas cercanas donde sí estaba permitida la pesca.

Lo peor de todo es que, al estar prohibida la pesca donde se arrojaron los bloques, la Junta de Andalucía no hacía análisis de toxinas en ella. ¿Se imaginan la crisis alimentaria que se pudo haber provocado por hacer seguidismo del patrioterismo y de la estupidez de García-Margallo?

Ni que decir tiene que, pese a que todavía hoy hay quien mantiene que los bloques solo han servido para acabar con los mariscos (¿?), los bloques, siete años después, han disparado la biodiversidad en la zona: hay más y mejor vida marina.

Pero lo más importante es que un año después de la crisis, el 26 de julio de 2014, la UE dio el visto bueno a los bloques que el  ministro de Medio Ambiente, John Cortés, -con el respaldo del ministro principal, Fabian Picardo- arrojó con unos criterios exclusivamente medioambientales que no eran desconocidos para España: el litoral español estaba salpicado entonces de bloques similares a los que lanzaron los gibraltareños.

Esta última noticia de exculpación, muy relevante tras la crisis desatada por los ‘bloques con pinchos’, apenas fue recogida por los medios de comunicación españoles, y García-Margallo siguió con la política de hostigamiento, desprecio y odio durante dos años más hasta que le sustituyó Alfonso Dastis, harina de otro costal.

Cuento este episodio para subrayar que, con demasiada frecuencia, los prejuicios y el patrioterismo se imponen a la hora de contar la verdadera realidad del Peñón. Así las cosas, Gibraltar –también ocurre con el Campo de Gibraltar- es la mayoría de las veces una gran página de sucesos.

Es la burda herencia que dejó Fernando María de Castiella, ministro filonazi de Franco, cuando cerró la frontera 1969. Desde entonces los gibraltareños, en la teórica patriotera de ¡Gibraltar, español!, son unos piratas, unos contrabandistas, unos narcotraficantes, unos parásitos, unos traficantes de armas, unos pederastas (hasta ahí han llegado), unos evasores fiscales, etc. Y los que estamos alrededor, lo mismo o simples cómplices. Todo vale contra Gibraltar en este aquelarre de cobardes disfrazados de patriotas.

El insulto como arma política parecía que había quedado enterrado con la reapertura de la Verja en 1982. Pero no, el PP, sobre todo entre 2011 y 2016, cuando García-Margallo depositó sus posaderas en Santa Cruz, abrazó de nuevo las prácticas de Castiella y reactivó el tono faltón hasta llegar a comparar a los gibraltareños con los macacos que habitan en la Roca.

La filfa, el engaño y la patraña generaron el episodio que he relatado sobre los bloques de la discordia y han estado también detrás de la brocha gorda de "Gibraltar es un paraíso fiscal". Menos mal que, en un gesto que le honra, la ministra de Asuntos Exteriores española, Arancha González Laya, dejó claro que Gibraltar nunca ha sido paraíso fiscal para la UE, solo para España. Otra verdad incómoda.

Laya, con estas y otras manifestaciones amables –no retiró un agradecimiento al ministro principal, Fabian Picardo, cuando fue requerida por la oposición-, está inaugurando una nueva etapa de relaciones entre España y Gibraltar, que se sitúa en las antípodas de la que protagonizaron Castiella y su discípulo. Es tan profesional que guarda silencio sobre los bodrios editoriales de García-Margallo (y los que quedan) para no darles publicidad.

Es como si hubiéramos pasado de pronto de tirarles macetas durante 300 años a lanzarles flores (J.J. Télllez) en los días que corren y que desembocaron en el festejado acuerdo de Nochevieja de 2020.

En este nuevo clima, las verdades ocultas sobre Gibraltar resultan más fáciles de contar, y el cariño existente se pasea a golpe de levante y poniente a ambos lados de las banderas. Sin perjuicios, sin mala baba.

Así, tal como me contó un gran amigo, una señora mayor, en la puerta de un hospital en Los Barrios, le dijo "¡Ay, hijo mío, se nos ha olvidado querernos!". Podía ser una linense, una sanroqueña, una algecireña, una tesorillera, una tarifeña, una barreña, una jimenata, una castellarense o una sanroqueña. Pero no, era una gibraltareña deseando un mar de abrazos.

Pues eso, a querernos y a enterrar en el mar a aquellos que viven del desencuentro, el odio y la división en este territorio comanche, y a tirar la Verja y a construir ladrillo a ladrillo un futuro mejor para las generaciones venideras.

La primera piedra, en forma de solidaridad de verdad, la puso el Gobierno de Gibraltar hace casi un año cuando decidió pagar los ERTES de todos sus trabajadores, incluidos los de 15.000 transfronterizos, entre los que hay unos 10.000 españoles. 20,5 millones de libras lleva gastados en estos meses de pandemia en salarios; a razón de 1.155 libras (salario mínimo) por cada trabajador durante los meses de cierre de negocios no esenciales. 45 millones de libras en pagos directos y 122,2 millones de libras que ha dejado de ingresar. Un total de 167,2 millones de libras de solidaridad sin los que la COVID-19 hubiera sido mucho más duro en un territorio golpeado especialmente durante la tercera ola.

La segunda gran piedra la puso a finales de 2020 la comarca cuando, con el presidente de la Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar, Juan Lozano, y todos los alcaldes a la cabeza, exigió a los gobiernos de España, el Reino Unido y Gibraltar un acuerdo que impidiera que la zona fuera la única de toda la UE sujeta a un Brexit duro. Y los sindicatos y los grupos transfronterizos, con Manuel Triano, Lorenzo Periáñez y Juan Carmona, en primera línea de batalla.

Finalmente, gracias también al empujón comarcal, se alcanzó el acuerdo de Nochevieja de 2020.

La solidaridad gibraltareña y el ansia de acuerdo campogibraltareño son los sólidos cimientos del tratado que debe estar firmado en junio y que no puede defraudar las grandes expectativas que hay sobre una zona de prosperidad compartida.

Y la verdad recién descubierta, claro.