Entre leones

El fuego y la Virgen de la Cueva

En agosto de 2015, pocos meses después de que la finca Guadalquitón, en el corazón de San Roque (Cádiz), fuera incluida en el Parque Natural los Alcornocales, saltó un fuego en la zona oeste de esta valiosa propiedad de alcornoques y humedales. Por entonces, yo presidía la Junta Rectora de dicho espacio protegido y no dudé ni un minuto en pensar que el incendio había sido provocado. Me dejé llevar por la indignación y la impotencia que provoca ver cómo las llamas devoraban 500 hectáreas de alcornoques que se funden con el Mediterráneo.

Finalmente, el incendio se saldó con 80 hectáreas calcinadas en apenas unas horas -la actuación del Infoca fue rápida y efectiva-, y la investigación posterior dictaminó que el origen fue una colilla arrojada desde la autovía A-7, colindante con la finca.

Es evidente que me equivoqué. La inclusión de Guadalquitón, que linda con la selecta urbanización de Sotogrande, estuvo salpicada de presiones y acciones judiciales, y el incendio activó una cierta paranoia que me llevó a errar.

Por cierto, destacar el papel principal que desempeñaron en aquella ampliación histórica de Los Alcornocales, cuyo principal objetivo era proteger La Almoraima, una finca pública de 12.000 hectáreas, del furor privatizador del PP, e incluir Guadalquitón-Borondo entró pese a su escaso valor medioambiental-, el entonces delegado provincial de Medio Ambiente, Federico Fernández, y las organizaciones ecologistas, con una especial mención a Antonio Muñoz, presidente de Verdemar, que siempre defendió la necesidad de proteger este singular alcornocal.

Dicho esto, en el incendio de Sierra Bermeja, muy próxima a Los Alcornocales, llevado seguramente por los mismos sentimientos que me asaltaron a mí, el presidente de a Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, llamó públicamente "cabronazos" a los presuntos pirómanos que, según los primeros indicios, metieron fuego en esta zona de la provincia de Málaga. A lo mejor acierta y detrás de este devastador incendio está la mano delictiva del hombre. Pero hay que esperar a que una investigación de la Guardia Civil y del Infoca determine las causas exactas del incendio.

Mientras tanto, aparte de apoyar al dispositivo que participa -¡faltaría más!-, Moreno Bonilla debería no descargar toda la responsabilidad de las tareas de extinción en los principales responsables del Infoca, y explicar por qué tardó la Junta de Andalucía cinco días en pedir ayuda al Gobierno central. Es posible que la tipología del incendio -dicen que es de sexta generación- haya sido determinante en la virulencia y en la devastación. Pero si la Unidad Militar de Emergencia (UME) hubiera estado antes en la zona ayudando, quizás estaríamos hablando de menos hectáreas calcinadas, de menos poblaciones afectadas. Y no tener que estar pendientes del cielo, cantando a la Virgen de la Cueva, para declararlo controlado. Afortunadamente, ya lo está.

Dudo muy mucho que, ahora que toca hacer autocrítica por derecho, Moreno Bonilla asuma directamente responsabilidades. En el ADN del PP está echarle la culpa a los demás. ¿Conoce a algún dirigente popular que forme parte del bestiario de responsables con vergüenza torera?  Casado, por ejemplo, siempre culpa a Pedro Sánchez, incluso a costa de parecer un antipatriota en el corazón de Europa.

Pero sí está obligado a enterarse de que los pirómanos, los accidentes e incluso la climatología -un rayo, por ejemplo, altas temperaturas, etc.- lo tienen muy, muy fácil para quemar nuestros bosques. La falta de inversiones públicas y privadas y un conservacionismo trasnochado confirman una masa forestal desatendida, casi selvática, una barra libre para los incendios.

¿Saben ustedes por qué antes había menos incendios? En Los Alcornocales, por ejemplo, con casi 200.000 hectáreas de extensión, vivían en los años sesenta más de 12.000 personas, aparte de las que residían en sus poblaciones. Vivían y cuidaban de un bosque intervenido desde siempre por el hombre. Los incendios eran escasos y las enfermedades como la seca estaban controladas. Se dedicaban principalmente a una producción de carbón vegetal, las leñas, la industria maderera y el aprovechamiento ganadero. Cuando llegó el gas -la bombona de butano-, ese bosque intervenido se despobló y quedó a merced de las inversiones públicas y privadas, que, como he dicho anteriormente, siempre han sido escasas para las necesidades del bosque. Y del conservacionismo chiita, que pone la guinda al despropósito con una apuesta desafortunada por no intervenir ante una masa forestal selvática y deshabitada. Un cortafuego, un carril o cualquier otra actuación en el monte contienen una carga burocrática absurda que solo beneficia al fuego.

Por cierto, no sería justo si no reconociera que, al menos en Los Alcornocales, hay propietarios -el parque es el 80% privado- como José Furés, que sí cumplen con sus obligaciones. Arnao, una finca de su propiedad, habitada y cercana a Jimena, contiene un alcornocal de una belleza sin par en toda la Península Ibérica y unas de las mejores vacas retintas de la provincia.

El fantasma de un unicornio blanco, con un pequeño cuerno que le brotaba de la oreja izquierda, te abre las puertas a un bosque mágico y casi ignífugo.