Entre leones

Un hombre tranquilo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), y la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Diaz, durante la inauguración de la jornada "Diálogos sobre el Futuro del Trabajo" este lunes en Santander. EFE/Pedro Puente Hoyos

Sean Thornton (John Wayne), un boxeador norteamericano, regresa a su Irlanda natal para recuperar su granja y olvidar su pasado. Nada más llegar se enamora de Mary Kate Danaher (Maureen O'Hara), una chica muy temperamental, aunque para conseguirla deberá luchar contra las costumbres locales, como el pago de la dote, y, además, contra la oposición del hermano de su prometida (Victor McLaglen). Es Un hombre tranquilo (The Quiet Man), una película de 1952 de John Ford que ganó dos Oscar.

Evidentemente no me voy a adentrar en el complejo mundo de Innisfree (pueblo donde se desarrolla la trama). Pero esta cinta del mítico director norteamericano me puede valer como preámbulo para poner en escena a otro hombre tranquilo, Pedro Sánchez, actual presidente del Gobierno y secretario general del PSOE.

Él también ha tenido que luchar contra propios y extraños en el gran plató de España para llegar hasta donde ha llegado.

El 26 de marzo de 2014, hace casi ocho años, escribí en Público un artículo titulado ¿Quién teme a Pedro Sánchez?, donde denunciaba las trabas que el aparato federal del PSOE estaba poniendo a un joven diputado socialista de Madrid llamado Pedro Sánchez para que pudiera participar en la campaña de las elecciones europeas de 2014

Lo pasó mal pero no perdió los nervios a pesar de que se filtró a los medios una regañina inexistente de Alfredo Pérez Rubalcaba, secretario general del PSOE, para intentar ningunearlo. Ya se había pateado el partido de abajo a arriba al volante de su coche, y siguió haciéndolo durante aquella campaña de las elecciones europea. Incluso rompió el cerco de Madrid, el territorio al que querían circunscribirlo para limitar su vuelo político y para poner nervioso a Tomás Gómez, por entonces secretario regional.

Finalmente, mitad carambola, mitad perseverancia, Susana Díaz, con el calendario a contrapié, apostó por él (de prestado) para que se enfrentara a Eduardo Madina y a José Antonio Pérez Tapias en las primarias socialistas a la secretaría general. Ganó por casi 15.000 votos al vasco y por casi 40.000 al granadino.

Eduardo Madina se convirtió el 13 de junio de 2014 en la primera víctima política de peso de Pedro Sánchez.

En menos de dos años, el 1 de octubre de 2016, Pedro Sánchez pagó la autonomía y la independencia que mostró al frente del PSOE. La propia Susana Díaz, con toda la vieja guardia y la mayoría de los barones socialistas, lo descabalgó en una de las operaciones políticas más miserables que se recuerdan, con la guinda de Felipe González revelando públicamente una conversación privada con Pedro Sánchez con el único objetivo de desacreditarlo.

Después de no pocas dudas -temía que lo machacaran personalmente-, el madrileño decidió enfrentarse a la mismísima Susana Díaz, por aquellos días con honores de ‘mujer de Estado’ y muy paseada por los cenáculos madrileños, y a Patxi López, ex lehendakari. Y, contra todo pronóstico, barrió en las primarias: sacó 10 puntos a la andaluza y 40 al vasco. Una paliza en toda regla.

Previamente, el 29 de octubre de 2016, tomó una decisión fundamental para entender el resto de su carrera política y la victoria en esas primarias. Renunció a su acta de diputado para no tener que votar la investidura de Mariano Rajoy. Está decisión, basada en el convencimiento personal de que la gestora que se formó tras su dimisión lo expulsaría del partido, la tomó desde la tranquilidad de quien se mueve como pez en el agua en situaciones políticamente muy inestables.

Al final, volviendo a las primarias, podemos constatar su segunda víctima importante: Susana Díaz.

El 1 de junio de 2018 se cobra la tercera víctima, el mismísimo Mariano Rajoy, que cayó desde la presidencia del Gobierno hasta el fondo de un whisky on the rocks  en un garito de la calle Génova merced a una moción de censura provocada por una sentencia condenatoria contra el PP por el caso Gürtel.

En menos de un año, en las elecciones del 28 de abril de 2019, convirtió al PSOE en la primera fuerza política con 123 escaños, casi el doble que el PP.

Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo con Ciudadanos, que se había situado como tercera fuerza política, con 57 escaños, y la cerrazón de Unidas Podemos de no apoyarlo si no aceptaba formar un Gobierno de coalición, Pedro Sánchez convocó el 10 de noviembre de ese mismo año otras elecciones.

El PSOE se dejó en la gatera tres escaños y PP y VOX ganaron 23 y 18 respectivamente. Pero el madrileño se cobró la cuarta pieza: Albert Rivera, presidente de Ciudadanos, que dejó a los suyos en 10 diputados.

La coalición con Unidas Podemos era inevitable. El 8 de enero de 2020, por apenas dos votos, Pedro Sánchez volvió a ser investido presidente del Gobierno. El trágala incluía a Pablo Iglesias como vicepresidente del Gobierno.

Fruto del desgaste político y de una feroz oposición contra su persona, Pablo Iglesias tiró la toalla un año y cuatro meses después, y se convirtió, por decirlo de alguna forma, en la quinta víctima de Pedro Sánchez.

Últimamente, remató a Susana Díaz, que perdió de nuevo unas primarias; en este caso, frente a Juan Espadas por la candidatura socialista a la presidencia de la Junta y por 17 puntos de diferencia.

Aparte de tumbar a muchos de sus oponentes, tanto dentro como fuera del PSOE, Pedro Sánchez, con la tranquilidad de ánimo de siempre y la piel de cocodrilo que le acompaña, ha afrontado un tramo de la historia de España crítico: el año y pico de la peor pandemia que se recuerda, con la consiguiente crisis económica. Inclemencias meteorológicas como la Filomena, que dejó a medio país atrapado por la nieve. Y, últimamente, el incendio de Sierra Bermeja y la reactivación del volcán de La Palma, en Canarias. Y la evacuación de Afganistán.

Y, por supuesto, el eterno problema catalán, con la Justicia intentando hacer política y resucitando a Puigdemont.

Pues bien, Pedro Sánchez afrontó cada uno de estos graves problemas con mucho sentido común y sin perder los papeles, a pesar de que enfrente ha tenido y tiene a la oposición política y mediática más mezquina, antipatriótica e insolidaria de la historia democrática de España.

En la pandemia, por poner uno de los ejemplos más sobresalientes, España está al frente de los países con más ciudadanos vacunados. En la economía, la crisis remite hasta datos cada vez más próximos a los de marzo de 2020, con los trabajadores arropados como nunca por los ERTE.

Con el 40º Congreso Federal del PSOE a mediados del mes que viene y tras una crisis de Gobierno balsámica, Pedro Sánchez, ahora sí rodeado de los más leales (Santos Cerdán, como secretario de Organización), afrontará una etapa de control absoluto del PSOE, algo impensable cuando en marzo de 2014 no lo dejaban ni dar un mitin en la Estación de San Roque, agrupación pedrista de los primeros días en territorio comanche.

Las aguas bajan ahora mansas, y hasta la vieja guardia lanza pelillos a la mar. La reconciliación en marcha permitirá que Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero y Joaquín Almunia comparezcan en el congreso.

Felipe González estaba destinado a ser la enésima presa política de Pedro Sánchez (quizás lo sea sin saberlo), pero no creo que al madrileño le merezca la pena hacer sangre con un jarrón chino.