Entre leones

Feijóo y el traje de la moderación

Desde siempre ha tenido una clara admiración por los políticos moderados en el fondo y las formas. Se puede construir un discurso sólido sin levantar la voz, afinando en el buen uso de las palabras, apelando a la inteligencia más que al estómago.

El tono mitinero, de brocha gorda, me revuelve el estómago a la segunda andanada. No sé, el griterío siempre me recordó a aquellas paradas militares de la Alemania nazi con Adolf Hitler despertando a los niños del vecindario con sus encendidas proclamas contra la humanidad.

Dicho esto, Feijóo, es decir Alberto Núñez Feijóo, siempre me pareció un político moderado. Desde que lo conocí en un congreso del PP en València, aquel donde Mariano Rajoy se quitó de encima las pulgas de Esperanza Aguirre. 2018 debió ser. Presidió una comisión y lo hizo con una cultura democrática inequívoca, sin esos miedos asamblearios que asaltan a muchos peperos que abrevaron en el franquismo.

Cuando a Rajoy se lo llevó por delante la corrupción, con la Gürtel que generó Aznar y otras añadidos, decidió no salir de sus cuarteles de invierno en Galicia. Así las cosas, vio como sus preferidos -la candidatura de Soraya Sáenz de Santamaría- eran derrotados por los otros -Casado y cía-.


Esa travesía en el desierto la sobrellevó con paciencia, mucha paciencia cristiana, hasta que Casado enloqueció por los efluvios corruptos que emite Isabel Díaz Ayuso a cada paso que da en la Comunidad de Madrid.

Pero las mascarillas del hermano de IDA se volvieron contra Casado, que quedó a la intemperie y en pelota picada. Y Feijóo, moderado él, sacó los pies del tiesto lo justito para mandarlo a freír monas y para postularse, después de una reflexión tan impostada como ridícula, como único sucesor. Eso sí, antes se bebió, en un acto privado, hasta las heces el cáliz que le pasó como si fuera un porrete la presidenta madrileña, tan coleguita, tan de Vox.

Un cómodo paseo militar lo llevó hasta el primer sillón de Génova, y desde entonces se está dejando en cada refriega el pelaje parco que trajo de Galicia. El único gesto que ha estado a la altura de lo que se podía esperar de él lo protagonizó cuando felicitó al Gobierno de España por el éxito que supuso la reciente cumbre de la OTAN en Madrid.


A mí me ha resultado especialmente decepcionante en varios asuntos recientes. La pertinaz insistencia en el incumplimiento de sus responsabilidades constitucionales, rozando el tremendismo en el bloqueo de Poder Judicial del que ha hecho gala el PP bajo su dirección. 71 designaciones pendientes a final de año si no se renueva el Consejo General. Miles y miles de ciudadanos se verán afectados por un bloqueo que solo persigue que sus evidentes corruptelas queden impunes en un presunto tribunal amigo.

Y otro asunto que me ha desquiciado han sido las insinuaciones de que Pedro Sánchez y Pere Aragonès mantienen una "agenda oculta" tras reunirse recientemente. ¿Tanto trabajo le cuesta reconocer que gracias a ese diálogo se ha reconducido un problema que hacía peligrar la integridad territorial de España? ¿Tan difícil le resulta ver que la buena mano del presidente Sánchez con Cataluña ha hecho descender el apoyo de los catalanes a las posiciones independentistas?

A nadie se le ocurriría atribuirle a él "una agenda oculta" en el paseo en yate que se dio con el narco Marcial Dorado, ¿no?


Y no puedo olvidarme de la hipocresía de la que ha hecho gala ante el serial de la policía patriótica versus Villarejo, contra el independentismo y contra Podemos. El desmarque del presidente del PP frente a unos audios demoledores rozan la indecencia política.

Y, por último, Feijóo no ha estado a la altura cuando no ha tenido el más mínimo pudor al utilizar las víctimas del terrorismo de forma tan burda, poco antes del debate sobre la Ley de Memoria Histórica. Al mezclar churras con merinas, víctimas de ETA con víctimas del franquismo, que es lo que ha hecho de forma descarada, demuestra que, por un lado, se cree dueño y señor del dolor que causó la banda terrorista vasca en España a españoles de todas las condiciones políticas (sin olvidar las víctimas del GAL), y por otro, que no acaba de entender que las víctimas del franquismo están aun pendientes de una reparación de la España democrática por culpa de un PP en modo heredero del franquismo que no cesa.

Con el manejo de estos asuntos sin moverse ni un milímetro del zolocotropismo de la derecha española, Feijóo se ha dejado en la gatera el traje de moderado que lo trajo a Madrid.