Entre leones

Nuestros fuegos

Una vecina cerca del incendio de Losacio, a 17 de julio de 2022, en Losacio, Zamora, Castilla y León (España). EUROPA PRESS

Desde pequeño siempre he tenido una relación muy especial con el fuego, con los incendios. Recuerdo que cuando ardía el Cerro Largo en Guadiaro o los montes de El Cañuelo cercanos a mi pueblo la Guardia Civil irrumpía en las sesiones de cine de verano de Manolo Telesforo y reclutaba por la fuerza a todo voluntario mayor de edad. Yo brincaba como el pollino (Asno) de Shrek sin parar de gritar: "Elígeme, elígeme". Nunca logré que se fijaran en mí: no tenía ni la edad ni la estatura necesarias para enfrentarme a algo tan serio como un monte en llamas.

(Yo ya me creía a pie juntillas aquello de que "cuando un monte se quema, algo de todos nosotros arde también". ¿Hay algo más triste que un monte o un bosque devastado por las llamas?)

Sin embargo, alguna vez me colé en algún fuego. Lo apagábamos con mucha voluntad y escobas de altabaca y adelfa. Alguna quemadura menor, y, eso sí, las zapatillas Tórtola -una marca de gente bajo el umbral de la pobreza- que se consumían en el rastrojo incandescente como chicle.

Como periodista he cubierto numerosos incendios en las provincias de Cádiz y Málaga. El peor de todos, el que más impacto emocional me produjo, ocurrió en septiembre de 1992 en el Parque Natural de Grazalema. Cinco miembros de un retén contraincendios, vecinos de Alcalá de los Gazules y Bornos, fueron devorados por las llamas en una ratonera por "una ignición súbita de matorral". Una tragedia que posiblemente fue provocada por la mano del hombre: un pastor de la zona testificó que vio un Seat 125 blanco, con matrícula de Cádiz, salir con los focos apagados de uno de los focos del incendio.

Sea de forma accidental o premeditada, la inmensa mayoría de los incendios son responsabilidad del hombre, sobre todo por el abandono de esos bosques y montes que arden todos los veranos. Piromanía de distinto grado: voluntaria, involuntaria, por acción, por inacción...

Este verano, con el cambio climático golpeándonos tozudamente en nuestras cabezas en modo de ola de calor extraordinaria, España arde por los cuatro costados: Cataluña, Extremadura, Galicia, Castilla-León (con ‘dejavú’ en la Sierra de la Culebra), Andalucía, etc. Miles de hectáreas consumidas por las llamas.

Faltan medios, siempre faltan medios cuando el viento favorece el avance de los fuegos. Resultan imparables. Pero la proliferación de incendios se debe a que los montes y los bosques entran en modo selvático por ese abandono al que me he referido antes. Y llegan a ese estado por falta de rentabilidad.

Los montes y los bosques mediterráneos han estado siempre intervenidos por el hombre. Sin ir muy lejos, antes de la llegada del butano en la década de los sesenta, lo gestionaban y controlaban fitosanitariamente, y evitaban la acumulación de combustible en ellos.

Dicho esto, tiene que quedar claro de una vez por todas que los incendios se apagan en otoño e invierno, destinando las mismas cuantías (o más) presupuestarias a la prevención que a la extinción. A medio plazo, los trabajos preventivos (cortafuegos, aljibes/depósitos, pistas, aclareos...) redundarán en un descenso del presupuesto destinado a la extinción.

En Andalucía, después del grave incendio de Sierra Bermeja, en la provincia de Málaga, donde murió un bombero forestal, trascendió que en la última convocatoria de ayudas para dotar a nuestros montes de infraestructura contraincendios, el Gobierno andaluz sólo asignó el 0,8% del presupuesto total de prevención de incendios; es decir, 128.000 euros de los 14,5 millones de euros presupuestados: 23 expedientes de 657; y lo más sangrante es que no se habían convocados en los últimos nueve años. En resumen, tarde y mal.

Por tanto, la mayoría de esos recursos, que proceden en un 87,5% del Fondo Europeo Agrario de Desarrollo Rural (Feader), vuelven por mala gestión a la UE.

Tal fue el despropósito, que la consejera del ramo, Carmen Crespo, anunció con carácter de urgencia una nueva convocatoria de 30 millones de euros. Está por ver qué cantidad retornará a Bruselas.

En fin, ya va siendo hora de que las administraciones públicas destinen más fondos a la gestión y mantenimiento de nuestra masa forestal; no puede seguir ocurriendo que, mientras las ayudas agrícolas se convocan y conceden anualmente, las forestales no cubren el mismo ciclo y están sujetas a una maraña de condicionantes, necesidades, obligaciones y legislaciones contradictorias, unidas a una incapacidad administrativa de establecer mecanismos de cooperación con los gestores y titulares de los bosques.

A esta inacción frente a los montes y los bosques, hay que añadir una especie de buenismo (negacionismo) sobre los incendios. Entre algunos grupos conservacionistas se ha instalado la creencia de que los incendios forman parte de una especie de ciclo natural que hay que respetar. Estas tesis son caldo de cultivo de una oposición irracional a trabajos forestales de prevención de incendios, a cortafuegos y a carriles que facilitarían este combate sin cuartel contra el fuego y el cambio climático que estamos obligados a librar.

La memoria de Bartolomé Toledo, Diego Márquez Toscano, José Jaén, José Castro Lozano y Manuel Andrade Cervera, muertos en el incendio de Grazalema, así como la del brigadista Daniel Gullón y el pastor Victoriano Antón, fallecidos en los fuegos de la Sierra de la Culebra, así como la del bombero Carlos Martínez Haro, caído entre las llamas de Sierra Bermeja, así como la muchos otros que perdieron igualmente la vida defendiendo nuestra masa forestal... La memoria de todos ellos merece más medios y menos demagogia.