Entre leones

Verano agridulce

Serrat, en concierto. -EFE
Serrat, en concierto. -EFE

Después de las calores y los fuegos, cercados por la España seca que ahora es más seca que nunca, los meses de julio y agosto van muriendo en la orilla de atardeceres más cortos salpicados de tormentas que anuncian un día de estos gota fría en el Levante.

En lo personal, estas vacaciones han sido algo agridulces. Debuté con mi mujer, mejor imposible en un concierto de Joan Manuel Serrat en Marbella, en una antigua cantera que da nombre a un palabro anglosajón: Starlite. Nos emocionamos escuchando cada una de las canciones de el noi del Poble Sec. La banda sonora de nuestras vidas está repleta de ellas, pero me arrancaron rabia y lágrimas Para la libertad y La nana de la cebolla, respectivamente. Por Whatsapp supe que en la fila cuatro estaba mi buen amigo Martín García Vega. Estábamos despidiendo a El Nano. Incluso me pareció ver a lo lejos, con sus cabellos plateados, a Juan Miguel Sola y Anabel Arriezu, los encantadores dueños de La Manduca de Azagra, amigos íntimos del cantautor y gente muy especial.

En fin, no faltó nadie para despedir a Serrat al borde del Mediterráneo. Y nosotros salimos rápido de la ratonera circulatoria gracias a una hábil maniobra por mi parte en dirección prohibida.

Hace unos días he estado en otro concierto arrastrado por la muchachería familiar. Cantaba Vanesa Martín, una malagueña que debería pasarse al fado. Es un corazón partío en cada canción. Lo mejor, un guitarrista llamado Joaquín Calderón en un solo que se marcó mientras Vanesa se cambiaba de vestuario. Pero yo como crítico musical no merezco mucho respeto. Fue en Sotogrande, otro palabro veraniego acuñado en forma de macrourbanización -en verdad es el nombre de una de las fincas que la componen- por Macmiking, un empresario filipino- americano que sirvió como piloto en la Segunda Guerra Mundial, aunque en realidad fue en la antigua finca Los Pinos, en donde San Enrique y Torreguadiaro se daban un beso con sabor a agua marina, a antigua romería. ¡Qué buenos tomates, qué buenas sandías, qué buenos melones recogían los Díaz García y los Castaño Quirós todos los veranos en esas tierras bañadas por el Guadiaro!

En fin, faltaron más de la cuenta, pero se llenó. La magia del reparto de última hora a gañote vivo, tan nuestro, tan natural, tan conmovedor.

En la otra cara de la moneda de lo personal, se enterró José Enrique García Sáinz de Medrano. Fue profesor mío de Matemáticas en el instituto sanroqueño José Cadalso y antiguo camarada del PCE. Más que un profesor, José Enrique era un pedagogo, un provocador que te invitaba continuamente a aprender sin dejar de vivir. Esa sonrisa que contenía una regañina amable siempre la recordaré. Él y aquellos profesores de los setenta fueron fundamentales en mi formación académica y personal. Muchas gracias, maestro; muchas gracias, maestros.

Otro disgusto que nos trajo este verano va por buen camino a medida que avanzan las calendas. Tanto amor, tanta fuerza, tanta belleza, tantas ganas de vivir... siempre gana a la fatiga y a la rusca.

En lo político, seguimos como estábamos en primavera, con esa crispación que no cesa, con esa derecha que no le da al Gobierno ni un pacto del Poder Judicial que acordó en su día el difunto Pablo Casado. No sé si Feijóo será moderado o mediopensionista; lo que está claro es que el gallego se ha instalado una vez más en una retahíla de ‘excusas de mal pagador’ y que va camino de opositar más pronto que tarde a trilero en un barco de vapor en el Manzanares.

No me extraña que no quiera soltar la sartén del Poder Judicial. Gracias a ese control, se puede entender las sentencias de la Audiencia Provincial de Sevilla y el Tribunal Supremo contra Manuel Chaves, José Antonio Griñán y Gaspar Zarrías, ¿no? Coincido con el catedrático de Derecho Constitucional Javier Pérez Royo que cabe actuar -al menos Chaves- contra los firmantes de las sentencias en ambas instancias por presunta prevaricación. Y si es necesario, que recurra a instancias europeas e internacionales para acabar con esta aberración tan profundamente española y tan medianamente conservadora.

Por lo demás, lo de siempre: la inflación que se ha cargado la cesta de la compra -el PP ha recuperado el argumentario de Fraga Iribarne-, los incendios nos están desforestando, la pertinaz sequía nos ha hecho volver a mirar hacia las desaladoras, los combustibles bajan pero no tanto como debieran... Para los matraqueros, como los llama mi buen amigo Rafael Román, el Gobierno y Pedro Sánchez son los responsables de todo, excepto del estrambote y el tremendismo de esa prensa francotiradora y mentirosa, ¿no? Hasta indignados andan con las dimensiones de sus atributos del presidente, como si se pudieran recortar como las previsiones del Banco de España.

Llegados a este punto, a uno le pide el cuerpo ver cómo se las ingeniaría en esta coyuntura tan chunga la derecha en el Gobierno, y poder largar un poquito contra estos señores tan devotos ante el Nazareno, tan moderados en las formas y tan eficientes en las mangancias vitaminadas.