Opinión · La revuelta de las neuronas

12-0 ¿Quién festeja qué?

249533_285254281586143_2039007548_nPara vengarse hicieron ley los españoles que todos cuantos indios de todo género y edad tomasen a vida, echasen dentro en los hoyos. Y así las mujeres preñadas e paridas e niños y viejos  e cuantos podían tomar echaban en los hoyos hasta que los henchían, traspasados por las estacas (…) Todos los demás mataban a lanzadas y a cuchilladas, echábanlos a perros bravos que los despedazaban e comían, e cuando algún señor topaban, por honra quemábanlo en vivas llamas.

Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las indias. De la provincia e reino de Guatimala.

 

 El problema de la celebración del día de la Hispanidad, efeméride antes conocida como el Día de la Raza, -Fiesta de la Raza en 1918-, no es lo que sucedió en el siglo XV y XVI, que también, pero es en mayor medida lo que hoy entendemos y celebramos como herencia de aquello. Afrontar de manera democrática un pasado del cual tampoco hay que enorgullecerse, provoca una disonancia en la construcción identitaria de lo que significa ser español. No hace falta hablar con un fascista recalcitrante para que, ante la objetividad de la conquista de América, responda con evasivas o rebaje la gravedad del problema diciendo que muchos otros pueblos hicieron barbaridades –es cierto-, o peor aún, que los propios indígenas también las hacían, lo cual nos hace pensar que tampoco era para tanto y que casi les hicimos un favor conquistándolos. Si todos eran unos desalmados, poco importa que nosotros lo fuéramos. Llegado a este punto, el grado de la matanza es lo menos relevante: si matas a uno eres un asesino, si conquistas territorios con matanzas pasa a ser considerado un hecho histórico. La muerte siempre es relativa, la franja que separa al héroe del asesino es a veces muy estrecha. Hoy las relaciones entre España y América Latina han de estructurase desde un punto de partida distinto. Reconstruyendo juntos desde el respeto una historia común, donde mientras a unos les esclavizaban y expoliaban (los criollos luego lo terminaron de consumar), a otros en Castilla, les hundían en la miseria jornalera de un Imperio que nunca vieron y solo sufrieron.

Pero el refugio en el pasado es la mejor carta que se le puede ofrecer a quien difuminando en la lejanía lo que ocurrió, hoy no quiere ver lo que esta celebración significa en la propia cultura democrática española. Celebrar en el siglo XXI el 12 de octubre como si fuera el día del encuentro entre culturas, suena tan ridículo e insultante que celebrar la paz tras 25 años de dictadura franquista. La polémica no está tanto en el ayer que pertenece a los seminarios de historia, como en la lectura que hacemos hoy de todo un relato y una construcción nacional. Un país que siempre rechaza recordar y rendir homenaje a su pasado más cercano, como es la II República, le resulta en cambio demasiado fácil retroceder siglos atrás para  encontrar en el 12-0 la fecha que cohesiona a todos los españoles.

Los que hoy se manifiestan en la Plaza Cataluña no lo hacen en un día casual, ni desde una postura neutral por mucho que incorporen en su lema que también son “catalunya”. Lo hacen desde un día que lleva incorporado un significado muy claro y marcado que difícilmente puede ser reinterpretado, de ahí, que armando el teatro en el Parlament los diputados de Ciutadans y el Partido Popular aparenten indignación cuando se les recrimina que se manifiestan junto a grupos de extrema derecha. Queriendo ampliar la base de la convocatoria, deben saber que necesitan alejarse todo lo posible de la puesta en escena fascista. Pero al mismo tiempo, no pueden irse tan lejos como para perder una base social con claro tinte españolista, que de federalista tiene muy poco, aunque algunos postulen serlo. Hoy ni en Madrid ni en Cataluña,  los demócratas tenemos nada que celebrar, rechazamos la fiesta de la oligarquía.