Opinion · La revuelta de las neuronas

Una tierra sin pueblo, para un pueblo sin tierra

Al parecer un 90% de la población israelí apoya la incursión militar de su primer ministro Netanyahu, ya que dicen, estar cansadosIsrael_vs_Palestine de Hamás, de que utilicen escudos humanos y de que les lancen cohetes. Visto así, todo apunta a que hay una población pacífica y tranquila asediada por una banda de locos fanáticos que no se sabe muy bien a razón de qué, les atacan y ellos claro, se defienden. Señalan a Hamás pero en realidad quieren decir palestinos, un pueblo tan semita como el suyo que vive cotidianamente sumido en el apartheid y sufre el ataque sistemático de colonos encolerizados y armados protegidos por los militares. Esto pasa en Cisjordania, donde día tras día sus pobladores se ven desplazados, sus olivos destrozados y el agua confiscada. Prueben subirse al autobús 63 que sale de la puerta de Damasco en Jerusalén y cruzar el muro que se extiende como una lengua en el horizonte, ese muro que no pueden atravesar los palestinos y que solo les permite ver Jerusalén desde la barrera. Vayan a Hebrón y comprueben si los colonos que viven encima de los palestinos arrojan basura y todo tipo de objetos a sus vecinos, ante la mofa de los militares que custodian. Vean si los negocios están marcados para dejar claro que esa tierra pertenece al pueblo elegido y sientan el miedo de no pisar la calle por las noches ante el terror que provocan los colonos armados con uzis. Caminen por sus calles segregadas y comprueben que los palestinos tienen restringido el paso por muchas de ellas por el hecho de ser palestino. Esto no sale en las noticias, esta es una violencia cotidiana y constante que socava la vida de las personas, pero claro, es que “la gente está cansada de Hamás”. Los palestinos parece ser que no tienen derecho a estar cansados de ser ocupados y bombardeados.

Hay algo muy perverso en la manera que tiene Israel de resolver la disonancia cognitiva que le supone bombardear a la población civil en Gaza. La causa de las muertes de tantos civiles se desplaza hacia Hamás como culpable por poner escudos humanos, de tal forma que, los asesinatos del ocupante se conviertan en negligencia del ocupado. El problema es que Gaza no te pertenece, no hay ninguna incursión militar que no sea calificada de ocupación, por mucho que se quiera desvirtuar con ese eufemismo utilizado llamado «defensa». Justificar la muerte de miles de personas porque bombardeas un edificio en cuyo tejado hay civiles haciendo de escudo, es pensar que tienes un derecho legítimo a bombardear. El mismo derecho de alguien que entra a robar en una casa justificándose en que la puerta estaba abierta, o aquel que culpa a una mujer de ser violada por andar desnuda en la calle o vestir de una determinada manera. Nada te da derecho, haya escudos o no, a decidir sobre un territorio al que has convertido en un enorme ghetto deprimido y desesperado, que encima bombardeas.

Qué razón tenía Hannah Arendt, filósofa a la que acusaron y señalaron como “judía que se odia a sí misma”, cuando analizó el origen del nazismo y no vio más que a gente corriente haciendo cosas horribles y cumpliendo órdenes. Porque la banalidad del mal es algo muy mundano, no eran monstruos extraordinarios e irrepetibles, sino actitudes que pueden incubarse en cualquiera bajo determinadas formas sociales. Esa es la lección que todos deberíamos haber aprendido, porque casi todo el mundo a toro pasado sabe reconocer las atrocidades en los libros de historia, pero es en el presente cuando se producen. Todo genocida tiene una razón para provocar el genocidio, todos se defienden, ninguno ataca y el enemigo siempre es reducido a la inexistencia. El General Roca en la Argentina de finales del siglo XIX (por poner un ejemplo entre miles), dirigió la llamada Campaña del desierto donde se conquistó las tierras que los indígenas habitaban, completando así el trabajo de los españoles. Era un desierto, al parecer nadie vivía ahí. Hoy el Estado de Israel arrasa con la misma lógica que comparte y se repite en toda banalidad del mal que perpetra el ser humano: Una tierra sin pueblo, para un pueblo sin tierra.