Un eslogan para la crisis

De la noche a la mañana, las marcas de coches han dejado de abrasarnos con sus prestaciones para limitarse a recordarnos que, ley mediante, comprar su bólido es 2.000 euros más chollazo. Los más grandes de entre nuestros grandes almacenes nos prometen que sus establecimientos son para todos los bolsillos, mientras un supermercado alemán nos recuerda que la calidad no es cara. Telefónica nos dice que ahora más que nunca la gente necesita sentirse cerca de la gente, y Caja Madrid apuesta por que consigamos, entre todos, que nadie se quede atrás.

Las teles andan a la caza del anunciante, tirando las tarifas por los suelos y haciendo virguerías comerciales para que esto del show-business catódico siga siendo rentable. Los anunciantes, por su parte, aprietan a las agencias para que su publicidad sea efectiva, y los copys publicitarios, el último eslabón de la cadena, se descuernan en busca de líneas memorables que tengan en cuenta la situación económica sin sonar tremendistas. Esperanza a precio de ganga.

De los cientos de eslóganes acuñados por y para la crisis, me quedo con el de cierta marca de electrodomésticos que nos promete que todo saldrá bien. Como un padre a su asustado y desorientado hijo. Para que cerremos los ojos y, más tranquilos ya, podamos conciliar el dulce sueño del consumo.