País de burros

Según un estudio publicado esta semana, en España invertimos en educación menos que la media europea, tenemos una tasa de abandono escolar récord y, sin embargo, pagamos mejor a los profesores. Me parece justo, porque los antidepresivos no son precisamente baratos.

En cada campaña electoral, los candidatos de todos los colores nos machacan con la importancia de la educación, nos aseguran que es una inversión de futuro y que, con su partido en el sillón, todo irá mejor. Desconozco si se lo escriben los gabinetes de comunicación o lo creen sinceramente, pero el caso es que a todos se les olvida con el shock del triunfo electoral. Es un asunto complejo, dicen los responsables educativos nacionales para que nadie les culpe de la falta de resultados. Eso sí, entre cabezazo y cabezazo contra la pared, nos cuelan una reforma educativa. Por reformar que no quede. Porque en España nos gustan más las reformas educativas que la tortilla de patatas, tanto que podríamos hacer de ellas un símbolo nacional: España, país de sol, toros y planes de estudio.

Las sucesivas administraciones van probando, intercambiando piezas, a ver si en algún momento, de pura chamba, nos sale una generación competitiva. Saquemos la religión de las escuelas, sí, pero dejemos la fe dentro o estaremos perdidos. Porque, viendo la gestión de los responsables en materia educativa, la fe es lo único que nos queda; fe en la paciencia de los profesores, en el talento natural de alguno de nuestros alumnos y en esa persona que llegará un día y arreglará todo este percal… con otra reforma educativa. La enésima. La buena.