Jose A. Pérez

Idiosincrasia

Según un reciente estudio, el 15% de los jóvenes españoles votaría a un partido racista. Y según otro estudio, el 15% de los jóvenes vascos apoya la violencia por motivos políticos. Conclusión: el 15% de los jóvenes españoles son fanáticos, solo que, dependiendo de la región, apuntan sus fanatismos a objetivos distintos. La culpa, según algunos, es de la PlayStation, de Marilyn Manson y de esas películas modernas que tanto incitan a la violencia. Claro que ETA nació en tiempos de los Beatles, El Dúo Dinámico y Superratón. Y tampoco parece que la generación Tuenti sea más racista que la generación correo postal. Pero de padres gatos, ya se sabe, hijos michines. La facción más escorada de la derecha patria (y sus medios de comunicación) opina que ser como ellos es parte de nuestra idiosincrasia, y que si uno se pasa de moreno, o dice "papito", pues español, lo que se dice español, no lo será en su vida. Y la otra derecha, la centrífuga, afirma que llenar las calles con retratos de terroristas es una cosa si no deseable, sí democráticamente tolerable (después de todo, sólo tratan de expresar su sano apoyo hacia los asesinos de su pueblo).

De modo que los españoles podemos felicitarnos por no haber ido a peor. Tras tanta reforma educativa y tantísima pedagogía política, hemos conseguido limitar el fanatismo social a un razonable 15%. Quizá Zapatero, con su proverbial optimismo antropológico, deba anunciar solemnemente que tenemos una de las intolerancias más sólidas de nuestro entorno. Los datos aportados por los estudios nos garantizan que, en el futuro, habrá un 85% de españoles que no sea explícitamente racista y un 85% de vascos que no crea que matar personas es una opción vital como otra cualquiera. La mala noticia es que, en ese futuro, los jóvenes encuestados podrán votar, dando nuevas alas a formaciones políticas xenófobas y filoterroristas. Pero bueno, oye, tampoco vamos a renunciar a todas nuestras señas de identidad.

Así las cosas, los progresistas, o lo que quede de ellos, ya pueden ir metiendo mano en sus agendas para alejar la utopía de la igualdad un par de milenios. Hasta que todos seamos iguales y pensemos igual. O hasta que el sol engulla la Tierra, lo que suceda primero.