Ser cabrón no es delito

Hace 20 veranos que vivo en el epicentro de la Aste Nagusia, las fiestas patronales de Bilbao, y nunca en mi vida había visto tantas jetas de presos etarras como este año. Las bases abertzales llegaron incluso a imprimir fotos en formato cromo para pegarlas en señales de tráfico, escaparates, cajeros, portales y papeleras. Dondequiera que mirases, había un preso de ETA devolviéndote una aviesa mirada en blanco y negro. Sin embargo, la realidad radiada fue muy distinta: en los medios, Patxi López se felicitaba por la espléndida labor que su ejecutivo venía desarrollando en la desaparición de lo que llama “espacios de impunidad”. No dudo que la intención del Gobierno Vasco sea desaparecer de las calles al nacionalismo radical, pero debería hacerse con un escrupulosos respeto democrático para no dar nuevas coartas al victimismo nacionalista.

Los socialistas y los populares decidieron no enviar representación institucional al inicio de la Aste Nagusia bilbaína porque la txupinera encargada de abrir las fiestas era hermana de un etarra. Se supuso que, dado su parentesco, esa mujer sería una fanática desalmada. Y quizá lo sea. Como quizá lo sea yo, o quizá lo sea el propio Patxi López. Pero el artículo 24 de la Constitución Española establece que todos tenemos derecho a la presunción de inocencia. Incluso los cabrones desalmados.

Acabadas las fiestas bilbaínas, Rodolfo Ares, consejero de Interior del Gobierno Vasco, ha pedido a los ayuntamientos que prohíban las txoznas (casetas) “que todos sabemos que están creadas para amparar y justificar la violencia terrorista y dar soporte social a ETA”. Y quizá sí lo sepamos todos, pero, en democracia, la certeza popular no es suficiente. Se necesitan pruebas y jueces que las avalen. El PSE es un partido autoproclamado “constitucionalista”, por lo que conocerán perfectamente el artículo 24 y sabrán, por tanto, que, cuando los poderes políticos lo obvian, las libertades civiles merman.

Casi todos en Euskadi queremos acabar con esos “espacios de impunidad”. Pero no a cualquier precio. Permítame un consejo, lehendakari: cuando mire una pancarta, una foto o una proclama y le hierva la sangre, cierre los ojos y cuente hasta 24. Ser un cabrón, recuerde, no es un delito.