La revolución digital

Queda mes y medio para que José Blanco pulse el botón maldito y apague la televisión analógica para siempre jamás. Hace medio año que sólo veo TDT, desde que mi comunidad tuvo a bien orientar la antena. Mi tele, una Sony relativamente nueva, ha sintonizado los canales en un orden maléfico que sólo ella entiende. No me he molestado en reordenarlos porque soy muy vago y porque, en cierto sentido, me fascina lo que mi tele, a modo de Terminator autoconsciente, me ha montado en el salón. Para llegar de La 1 a La Sexta, por ejemplo, tengo que pasar por Intereconomía, lo que siempre me produce un leve aumento de endorfinas. No es lo más raro. También han aparecido un montón de ridículas cadenas decididas a alargarme el pene y a calzarme unas plantillas con las que, lo juran, creceré cinco centímetros.

Por la noche es aún más raro. La mitad de las cadenas están pobladas por señoras de silicona que me miran en un inquietante silencio junto a un panel lleno de letras y números. Además, ciertas cadenas han iniciado una lucha fraticida por colarse en el número 7 de mi mando. Lo intenta La 7 y también Veo 7. Pues lo siento mucho, pero en ese puesto mi tele ha decidido colocar Sony TV, y ahí se va a quedar.

Buenísimo invento éste de la TDT, oiga. Jamás la porquería había tenido tanta definición.