ACUERDO LABORAL (Como el Rey del Principito)

¿Acuerdo?

Acuerdo: a-kord, juntar los corazones. ¿El gobierno y los sindicatos han puesto sus corazones en común? ¿Lo ha hecho el PSOE con el pueblo? ¿Lo han hecho los sindicatos con los trabajadores? No. En absoluto. Los sindicatos, como el rey del Principito, dicen que sí a lo que ya no puede decir que no. Porque el Gobierno sabe que no tienen fuerza para echarle un pulso y tampoco quieren romperles el espinazo como hizo Margaret Thatcher; porque la patronal prefiere a unos sindicatos institucionalizados que tienen que salvar su capacidad de representación, antes que a una población enfadada; porque la gente sabe que nadie le está ofreciendo soluciones y, por su parte, tampoco ha hecho gran cosa para que los sindicatos -o cualquier organización social o política alternativa- tengan más fuerza.

A la espera de que la gente diga «estamos hartos» (nada extraño con tanto paro y tanto desahucio), y, entonces, ni sindicatos ni partidos tradicionales van a tener mucho que decir. Aunque también es posible que la gente no diga nada, y todo siga igual, es decir, empeorándose, camino de que todo el mundo quiera parecerse al Berlusconi español que toque. En cualquier escenario, es obligatorio que cada cual haga su parte.

Si alguien quiere hablar de lo público, tiene que defender los intereses públicos. No decirle a la gente: «tienes que resignarte». A lo sumo, que le digan: «estamos intervenidos» o «nos han invadido gente de mal. Ya vendrá el tiempo de la revancha. Preparemos la memoria para ello».  No vale que tengas que trabajar más por menos y encima te digan que es por tu bien. No estamos hablando en 2000. Estamos hablando dos años después de que dijeran que iban a refundar el capitalismo, que iban a cerrar los paraísos fiscales, que iban a regular el capitalismo, los bancos, el salario de los directivos. Y han hecho todo lo contrario. Y estamos hablando con el telón de fondo de Egipto y Túnez, con el pueblo en la calle. Para echar a reyezuelos, dictadores y, ya puestos, también al principito, para que se pueda hacer republicano.

Las necesidades del capital y la impotencia de los sindicatos

Cuando se trata de repartir un dinero que ya existe, hablamos de juegos de suma cero: lo que unos ganan, otros lo pierden. En las negociaciones salariales, el neoliberalismo elevó a grado de mandamiento una mentira: primero crecer y luego repartir. Nunca repartieron. Y la excusa de la productividad –producir lo mismo o mejor a un precio menor- dejó de lado otras preocupaciones (por ejemplo, que los empresarios y los profesionales liberales pagaran impuestos, para utilizar ese dinero para investigación e innovación que puede permitir crecer tanto a empresarios como a trabajadores).

Pero en los momentos de crisis, el tablero de juego es mundial: con las reglas de juego dadas, si a algunos les va bien, necesariamente les va a ir mal a otros.  En América Latina, si mirar al Pacífico (en especial a China) para exportar materias primas ha insertado en la globalización a Chile y Brasil, eso no significa que puedan hacer otro tanto el resto de países. En la Unión Europea, lo que es bueno para Alemania directamente no es posible para Grecia, Italia o España.  No todos pueden exportar tanto. No dan de sí ni los compradores ni el planeta.

El capitalismo siempre necesita  restaurar su tasa de ganancia (la que permite que todo el operativo siga en marcha). Lo hace rompiendo el eslabón más débil. Ése ya no es el medio ambiente (que se queja con amargura de tsunami), ni los países del Sur (donde los chinos o el loco de Chávez, junto al indio Evo o el emocional Correa ya no se dejan). Tampoco las privatizaciones (queda muy poco por privatizar) y apenas algo aumentar el endeudamiento (tiritando por el último apadrinamiento a los bancos). Queda hacer aún más regresivos los sistemas fiscales, desregular aún más el sistema financiero, hacer más grandes los agujeros de las fronteras para que quepan sin estrecheces las multinacionales, y, sobre todo, como siempre, hacer qye los trabajadores trabajen más, ganen menos y apenas protesten.

Si las luchas de ayer son los derechos de hoy, la ausencia de luchas…

El eslabón laboral es el más débil porque el miedo, el consumismo, la falta de alternativas y la escasa credibilidad de partidos y sindicatos no deja mucho más margen que el del levantamiento popular. Algo que, en España, aún se ve lejano. ¿Podían haber hecho alguna otra cosa los sindicatos? Sólo convirtiéndose en organizaciones diferentes. ¿Una huelga? La UGT no estaba por la labor; y CCOO, tampoco. Y no nos engañemos. Hay que pedirla y luego hacerla. Sabemos que, a día de hoy, el seguimiento no iba a generar cambio alguno. Cuando el que tienes enfrente sabe que tu pistola no funciona, lo más que va a hacer, cuando te tiene cariño, es ayudarte a representar el teatro. ¿Romper con todo? Los trabajadores, a día de hoy, tienen algo más que perder que sus cadenas. El cordero dentro de una caja.

Como en los 10 negritos de Agatha Christie, el muerto es uno pero los asesinos muchos. La derecha calla porque el trabajo sucio se lo hace el PSOE y así no paga precio alguno; el PSOE calla porque desde los tiempos de Pablo Iglesias se ha acostumbrado a hacerle la tarea que no puede hacer la débil burguesía rentista española (y así piensa, desde Pablo Iglesias, que sirve a la clase trabajadora); los sindicatos callan porque se han diluido tanto en la lógica neoliberal que consideran un triunfo que no nos obliguen a vestir el hanfu o hacer de geishas en el buen estilo japonés; las universidad callan porque los estudiantes quieren conseguir un puesto de trabajo bien remunerado y los profesores tienen mala conciencia de lo que les pagan por lo que hacen; los periodistas callan porque sus jefes se lo recomiendan; los trabajadores callan porque les han excitado el miedo y les han lobotomizado la esperanza…

Pero la cosa no da mucho más de sí. ¿Queremos estallidos? ¿Qué se vayan todos? Como decía un lema aniversario de la Revolución Francesa, «ninguna revolución sin libros». Los levantamientos nihilistas siempre traen la reacción del Termidor.  En el mucho ruido siempre se ensordecen los mismos. Hace falta otra cosa. Darnos cuenta de que la espiral no tiene fin, y de que cuanto antes reaccionemos, menos niveles habremos bajado. La meta está en los estándares chinos. Algunos no queremos. ¿Qué hacer? Entender y contarlo. Despacio y también a gritos. Un pie en la biblioteca y otro en la trinchera del día a día.