Dignidad para indignarse (un problema generacional)

“El abuelo de Zapatero no le transmitió ternura y cariño”
Francisco Camps, Presidente de la Comunidad Valenciana, refiriéndose, con supuesta ironía, al abuelo del Presidente Zapatero, fusilado por su lealtad al gobierno republicano.

La debilidad del pensamiento en España ha estado siempre medida por la existencia de hispanistas, esas personas que nos interpretaban desde fuera y nos ponían frente a los ojos el espejo en el que nos teníamos que reconocer en los defectos y virtudes que tuvieran a bien atribuirnos esos observadores externos.

Como explicó Edward Said en su libro Orientalismo, esa mirada desde fuera siempre generaba algún tipo de subordinación, donde no era la menor la incapacidad de mirarnos con nuestros propios ojos. Las bases militares norteamericanas en España, el bobalicón eurooptimismo hispano o el seguidismo respecto de la política exterior atlantista han sido siempre otra buena señal de este quehacer durante el siglo XX. El colofón es evidente: ¡pero cómo va a dar España lecciones de nada!

No menos relevante ha sido la sempiterna costumbre de importar modas intelectuales, alimentado este punto por las rupturas del pensamiento propias de un país en donde cada vez que se cogía vuelo irrumpían los bárbaros de la corte, la empresa y la milicia y sus modales exagerados de cabreros, junto a su gusto recurrente por las ejecuciones, los encarcelamientos y los exilios.

Nada que objetar, faltaría más, al éxito que en nuestro país está teniendo el libro de Stephen Hassel ¡Indignaos!, donde un anciano que fue miembro de la Resistencia, nos narra la necesidad de recuperar aquellas razones de los años treinta para levantarnos ahora contra los actuales hacedores del mal. Bienvenida sea cualquier admonición que ayude a salir de esta indigencia intelectual y práctica. Pero no todos son luces ante este hecho, pues es a la vez señal de que algo sigue roto. En otras palabras: ¿hace falta que sigamos importando pensamiento? ¿No hay algo quebrado en esta manera de proceder?

Mirando el éxito del libro de Hassel, cómo no preguntarnos ¿y dónde están nuestros ancianos que hicieron otro tanto en España? ¿Es que aquí nadie resistió al fascismo? ¿O es que el antifascismo en más auténtico cuando se ejerce fuera?

Francia se rindió ante el avance alemán con cierta presteza; permitió que la Línea Maginot fuera superada en unas semanas y, finalmente, organizó el gobierno colaboracionista de Vichy, que no dudó en deportar a judíos o ejecutar demócratas. En España, el fascismo necesitó, para imponerse, una guerra civil de tres años, el encarcelamiento de 250.000 personas, el exilio de casi el doble y la puesta en marcha de un genocidio que acabó con la vida de más de 100.000 republicanos y republicanas. Sin embargo, necesitamos que venga un abuelo digno de Francia a gritarnos que nos indignemos. ¿Dónde está nuestro pasado indignado? ¿Es que no queremos escucharlo? ¿No nos faltan elementos en la recuperación del pasado para armar el enfado hoy? Quizá por eso Camps se permita el lujo de orinarse en la memoria de los muertos.

La democracia avanza con la indignación. El enfado es una señal que alerta: algo se está haciendo peor de como podía hacerse. La indignación no nace en el vacío. Mirando hacia atrás, sabemos medir nuestro impulso. Toda democracia busca elementos de comparación en su pasado, y es ahí donde encuentra las claves de lo que puede hacerse, ejemplo en todo lo que se hizo antes –y lo que no se hizo- , al tiempo que brinda un arcón donde se encuentran herramientas para construir nuevas respuestas a esas viejas preguntas. Los pueblos que no pueden mirar al pasado tienen siempre en la nuca el viento helado de un vacío que paraliza. ¿No tendrá ese vacío algo que ver con la parálisis de la izquierda española?

Al tiempo que un conocido modisto de la capital se quejaba de que el cine hace tiempo que no brinda películas de “pasión y lujuria como las de entonces”, se celebraba  este fin de semana el capítulo madrileño del Foro Social Mundial. Los dos días de discusiones invitan a una afirmación de ese tenor, cuando no a alguna menos amable que interrogue por qué demonios la crisis del capitalismo sólo parece afectar en España a la izquierda. Pese a la desnudez del rey, el espectáculo no lo dan las carnes fofas al aire de un sistema caduco, sino los harapos de un pensamiento y una práctica críticos que ni piensan críticamente ni actúan abriendo nuevos horizontes que debiliten la hegemonía de los que cuanto más roban más suben electoralmente.

Mientras Esperanza Aguirre iniciaba la campaña electoral llenando Madrid de carteles pensados para dar lástima (una descuidada línea de ojos negra oscurece su mirada e invita a la compasión), la izquierda social madrileña, cada vez más fragmentada, carente de ideas, rehén de la “solidaridad a 8000 kilómetros”, declaraba impotente su derrota, confundía los análisis con las quejas y dejaba caer la idea de que, visto lo visto, da igual quién gane en los comicios, pues a ninguno de los partidos con posibilidades de victoria les interesan “ni el hambre en el mundo ni los daños en el planeta”.

Durante la última década, el Foro Social Mundial, movimiento nacido en 2001 en PortoAlegre (Brasil) como encuentro alternativo al Foro de Davos, ha sido el foco de las reivindicaciones de otro mundo que era posible y necesario. Tan es así que no es pensable lo que ha ocurrido en América Latina al margen de la existencia del Foro. De ahí que la pregunta siga abierta ¿por qué la inanidad del capítulo madrileño celebrado este fin de semana? ¿De dónde nace la fragmentación enorme de la izquierda social madrileña? ¿Por qué resulta más sencillo pensar en los problemas en África, Asia o América que en los propios? ¿Por qué se ha llegado a la conclusión de que sentir es una herramienta que ahorra pensar?

España no ha reconstruido el pasado que ignoró durante la Transición, y esa ausencia es un agujero negro en la izquierda que la devora con hambre atrasada. El Partido Popular es capaz de reconstruir sin complejos cualquier faceta del pasado. La izquierda, por el contrario, balbucea cuando mira hacia atrás. Borrado ese lugar del cuál venimos, el sentido común es el que ha reconstruido la derecha recreando las matrices de opinión de esos agujeros en nuestra memoria. En el yermo de la memoria histórica de la izquierda, hoy no sabemos qué lucha puede ganarse ni qué pelea merece ser peleada.

En algunas universidades argentinas, se han puesto bancos en memoria de los compañeros estudiantes y profesores desaparecidos por la dictadura. Cada vez que alguien ocupa esos bancos –para estudiar, descansar, besarse-, está hablando con la memoria de los que lucharon por una Argentina más digna. Su recuerdo es una herramienta democrática. Escrita en la cotidianeidad de la vida.

Va corriendo prisa la indignación en España. Pero ¿podemos indignarnos si no sabemos dónde descansa la dignidad? Como en tantas otras cosas, quien sí lo sabe es la derecha. Ellos, siguen dedicando lo mejor de sus esfuerzos al olvido. Nosotros, conformándonos con importar indignaciones de fuera. Por que sigue faltándonosla fuerza para interpretarnos a nosotros mismos. Un problema generacional.