Podemos, los recelos de Escudier y los clásicos

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Estoy de acuerdo, como en tantas otras ocasiones, con mi amigo Escudier cuando dice, preguntándose por la oportunidad de la plataforma Podemos (y siempre, como nos tiene acostumbrados, desde su insobornable honestidad y su inagotable autocrítica), que es «un antiguo, tiene ideas apolilladas sobre las cosas, planteamientos obsoletos y prevenciones arcaicas». Son normales los recelos en una persona de edad madura, aún más cuando viene acompañado de una excelsa condición de periodista de raza, con ese aire marmóreo de las viejas redacciones, siempre desconfiadas por lo novedoso y siempre agudas para detectar como vigas las pajas de la duda en los ojos de la audacia.
Esa cercanía a lo clásico forma parte de su aguda mirada sobre las cosas, donde siempre nos ayuda a posar la pátina del demorado tiempo sobre los asuntos vertiginosos del acontecer diario, ayudándonos con su mirada serena y el peso del polvo a ver ángulos que las ventanas abiertas se empeñan en ocultar, aún más cuando las inclemencias del devenir alientan esas horas que, segundo a segundo, todo lo borran.
Como los curas que veían en las postrimerías del XIX al diablo conducir el ferrocarril y a Belcebú detrás del hechizo infernal de la clavija de la luz, la destreza en el uso del lenguaje de mi buen tocayo sirve para intentar dotar a Podemos de un frescor tan absoluto que parece querer devolverlo a una condición infantil o confinarlo en la cuna donde deben crecer los que aún no son ni siquiera adolescentes. Qué maravilla ese rebotar de expresiones que, aunque no tan lejanas, hoy parecen sacadas de una televisión en blanco y negro. En boca del amable Escudier, expresiones como «mola mazo», «chachi piruli» o «guay del Paraguay», lejos de sonar frívolas o arcaicas o teñir de insignificancia a quienes supuestamente cambian los conceptos de Gramsci o Marx por «cantidubi y puñado» «que sí tío» o «al loro», reverberan como los adjetivos en los antiguos bandos del Alcalde Tierno Galván y dan un tono festivo a su texto que alegra los corazones de los que crecieron con la abeja maya, que solaza a los desempleados que gozan del castigo del mucho tiempo disponible, reconcilia a los pensionistas con sus certezas y tiñe del color de los que forjaron el acero la deshilachada bandera de Colón que Rajoy ya no cose para desespero de Aznar y Rosa Díaz (aunque también de algunos que siguen creyendo que los que hablan catalán o eusquera lo hacen solamente para joder con inquina a los manchegos).
Le zumba al amigo Escudier lo de dividir para unir, como lo haría un amenazador enjambre de avispas en el confesionario de las certezas. Sin embargo ¿no fue siempre así como nacieron las nuevas formas de sumar, especialmente allá donde la aritmética sancionaba -con maneras de maestro cansado- que más allá del número conocido sólo habitaba la incertidumbre y la angustia? Cuando el ábaco ya no es eficiente para calcular el futuro, hay que empezar a contar de otra manera, aunque los que se han hecho en la cartografía de un pequeño territorio y de un pequeño instrumento intuyan que en el nuevo horizonte serán menos relevantes. Son tiempos de generosidad o de enroque. Con la determinación del poder de poner fin al contrato social democrático -en Occidente ahora, que en otras tierras nunca lo cumplieron-, quedarse en el garaje para no perder nota en el carnet con puntos de la crisis del régimen del 78 no aporta las notas de valentía de la que dieron cuenta los clásicos cuando narraban las hazañas de los hombres y mujeres heroicos que desafiaron a los mares, las fortalezas, los imperios, los hechiceros, los bandidos, los torpes y al propio miedo.
«Podemos» porque sabemos. Y sabemos que necesitamos dos vectores, allí donde los clásicos sólo ven uno y les contenta cualquier pequeño avance que les confirme que el futuro será más luminoso pese a la miseria del presente. Aunque sea mentira. Necesitamos en el reino de España, y ahí vamos de la mano Escudier y un servidor -que para eso hemos caminado avenidas creadas con las mismas piedras-, crear un Estado social y democrático de derecho que se precie. Que se parezca al mejor de los que existan en el planeta. Aunque para lograrlo, el palimpsesto en que se ha convertido nuestra Constitución -demasiado cargada de jurisprudencia reaccionaria dictada por jueces que venían del franquismo- necesita ser puesto en un museo, de manera que deje paso a que, por vez primera, las españolas y españoles, decidan de qué Constitución quieren dotarse. Claro que habrá que crear puentes, pero va siendo hora de que nuevas gentes intenten nuevas cosas. No vamos a recuperar el pasado de antes del franquismo si no miramos con firmeza hacia delante.
El consenso del 78 recuerda al queso cuajado con leche natural, donde su sabor y su olor están descompensados. Hay que crear nuevos consensos. Porque tenemos que decidir muchas cosas. Ni siquiera personajes con laureles sobre sus sienes como Juan Carlos Escudier pudieron decidir qué orden constitucional querían. Hora es de atrevernos a ser de verdad adultos y no regalarle a otros la voz a nadie debida. Con el regalo sobrevenido de que así toda la ciudadanía será convocada. Cosa que no ocurre en el orden tradicional de las cosas. Por eso suma votos Escudier con defecto de forma y resultado fallido, atribuyéndole a la hermana mayor de la izquierda un resultado de 1,7 millones de electores cuando el resultado obtenido por Willy Meyer fue de apenas  588.000 votos.
Junto al Estado social y democrático de derecho, necesitamos un nuevo vector experimental, de esos que tanto asustan a los que hace mucho tiempo que no saltan desde un trampolín ni bajan andando las escaleras y la máxima novedad y radicalismo que aceptan es probar nuevas variantes en el gin tonic o comprarse una camiseta en Desigual. Un vector que termine con la mentira del artículo 67.2 de la Constitución, que prohibe a los ciudadanos el mandato imperativo -que los diputados obedezcan a los votantes o paguen políticamente por ello- pero permite que los partidos mandaten imperativamente a los diputados y los multen y amenacen si se atreven a pensar por sí mismos. Que entregue a la ciudadanía la gestión de muchos asuntos públicos -que tienen que ser públicos pero no estatales, como el control de los medios de comunicación, las garantías de la transparencia, la honestidad de los bancos, etc.-.Que avance con formas de economía social, de impulso del cooperativismo, de gestión colectiva de los bienes comunes, de gestión ciudadana de la enseñanza, la sanidad, los cuidados, que busque nuevas formas de negocio en el mundo de internet y, al tiempo, controle monopolios y frene el poder de los lobies. Que se atreva a gestionar el decrecimiento. Que establezca el revocatorio de diputados, senadores, alcaldes y Presidentes de Comunidades Autónomas o del Gobierno, pruebe con formas de sorteo de los cargos públicos, establezca limitación de los mandatos y tantas cosas como se les ocurra a la ciudadanía y sirvan para avanzar.

No es, como dice con buenas intenciones Escudier, un asunto de egos y vanidades, sino un asunto de cansancio ante la complacencia frente a tanto roto y tanto descosido. No se me escapa que la crítica es sensata. Pero ¿acaso no decidió Lenin montarse en el tren alemán que lo iba a llevar a la Rusia de los zares? Otros, menos afables que Escudier, hozan con el mismo argumento pero desde la amargura,  la envidia y la soberbia, y no esperan nada de la transformación que no sea cumplir los mandamientos del programa que ellos mismos han pergeñado en la soledad de su caverna. Hay que desconfiar de los que no son capaces de reírse de sí mismos. Escudier ríe y por eso un futuro luminoso lo acompañará cuando los heraldos negros sean desterrados de nuestras tierras y a hombres de su condición les sea acompañado su saber con las honras de la riqueza y la magnificencia.
No caben, para sosiego del ínclito periodista, «arreglos arcaicos de última hora». No solamente por la inmoralidad que supondría tomar decisiones contrarias a la propuesta con la que nace Podemos (que convoca a toda la ciudadanía, no a los liderazgos, a ser corresponsable, desde ya participando en unas primarias), sino porque, y de esto saben los antiguos -que para eso tienen experiencia-, porque no serviría para nada. «Podemos» amplía la base social de la transformación. Crece donde otros ya no pueden ni saben contar. Emociona donde otros simplemente convocan una vez más a esa «responsabilidad» triste que viene demediando nuestra democracia desde la Transición. Algunos están pensando en escorar hacia posiciones más decentes a alguno de los partidos del régimen del 78. Los partidos del 78, muy lejos de ese escenario, están preparando una Gran Coalición donde los mismos nos suministren más medicina de la misma. No hay más salida que sacar más votos que ellos.
Nadie, por muy antiguo que sea, puede contar con que haciendo las cosas de la misma manera vaya a obtener un resultado diferente. El momento es nuevo. Claro que da miedo. Claro que hay que ser prudentes. Estamos perdiendo todo lo construido en los últimos cuarenta años. Los que gustan de conversar con los clásicos pueden recordar que los dioses reservaban a los elegidos una vida tranquila y la posibilidad, en la madurez o en la vejez, de dar la vida defendiendo a la patria para despedirse del mundo con gloria. Sin ponernos melodramáticos, la patria, bien sabe mi amigo Escudier, está más en los pronombres que en el toro de Osborne o en los viejos instrumentos de la política: yo, tú, él, ella, nosotros, nosotras, vosotros, vosotras, ellos, ellas. Porque sin pronombres, el verbo se queda desguarnecido. Y nuevos verbos necesitan nuevos pronombres.