Isa Serra y Amancio Ortega

 

“Y en cuanto a la riqueza, que ningún ciudadano
sea suficientemente opulento para poder
comprar a otro, ni ninguno lo bastante pobre
para verse obligado a venderse, lo cual supone
en los grandes, moderación de bienes y de
crédito, y de parte de los pequeños, mesura
en la ambición y la codicia.”

J.J. Rousseau, El contrato social

En la película colombiana La estrategia del caracol, un desahuciado le explicaba a un periodista cómo tuvieron que abandonar, por culpa de una justicia corrupta, el edificio en el que llevaban viviendo cuarenta años. Cuando el propietario ricachón abre con orden judicial la puerta del bloque, la ve ya vaciada. Vaciada de verdad. Sin pisos, suelos u techos, sin azulejos ni ladrillos, puertas, grifos, ventanas, cables o remaches. En el frente, solo un mensaje respondiendo a la orden judicial de dejar la casa pintada: “aquí tienes la hijaeputa casa pintada”. El periodista no entiende la alegría con la que le está contando la historia: ¡Pero si perdieron ustedes todo! Y el hombre, enfadado,  le dice al periodista ignorante: ¿y la dignidad? ¿Es que la dignidad ya no cuenta? ¿Es que ya hemos perdido también la dignidad?

Los españoles somos un pueblo muy generoso. Cuando hay catástrofes y cuando no las hay. Donamos mucho dinero y ayudamos a nuestros vecinos golpeados. La crisis fue una de las más hermosas escuelas de solidaridad de los últimos años. Muchas familias reciben todos los años a niños saharauis, adoramos a Cáritas, damos dinero a Save the Children, estudiantes van a comedores a alimentar a los que no tienen comida, hay gente que dedica su escaso dinero a rescatar animales, y otros pagan multas por evitar el maltrato. Mucha gente ayuda en albergues, dona medicinas, compra un kilo de arroz de más y un par de latas para ayudar a un comedor o subírselo a una vecina que sabe que le hace falta. La ropa pasa de mano en mano y muchas madres llegan a fin de mes por esa solidaridad. Es también una costumbre en España ayudar a familiares o hijos de amigos a pagarles los estudios y todos los días nos emocionan los gestos de solidaridad de gente que tiene muy poco y encima lo comparte.

Es hermoso saberse parte de un pueblo generoso. Pero no está de más recordar que somos solidarios personalmente con los nuestros porque tenemos un Estado que los ricos se robaron durante cien años. Cuando leemos las novelas de Valle Inclán, vemos esa parada de los monstruos de romería en romería de gente ciega, desdentada, enana, jorobada, deforme que no son sino el espejo de un país donde no existía seguridad social ni salud pública ni redes sanitarias para los de abajo. Pagar los estudios a alguien es propio de un país donde la educación no es gratuita. Los ricos, los mecenas, los señoritos y los aristócratas han alimentado el sentido asistencial que tenemos en España.

Hemos desarrollado la solidaridad entre nosotros porque no terminamos de confiar en el Estado. Y donde no hay Estado, solo queda la solidaridad y la caridad. La solidaridad está muy bien, porque es horizontal y cambia las causas de las desigualdades. La caridad no, porque es vertical y refuerza las causas de la desigualdad. Por eso, corruptos que han defraudado a hacienda –corruptos de verdad, no como las acusaciones que hemos recibido algunos como parte de los ataques de las cloacas- apoyan a Amancio Ortega y atacan a Isa Serra. Miguel Bosé –o su caricatura- y Bertín Osborne se lanzan a insultar a la candidata de Podemos a la Comunidad de Madrid. E Íñigo Errejón, que se ha beneficiado de las cloacas periodísticas que solo buscan hacer daño a Podemos, se pone del lado de Amancio Ortega, de Bertín Osborne y de Miguel Bosé dejando claro que prefiere gestionar lo que existe antes que transformarlo. El oportunismo es la enfermedad permanente del populismo. Y sigue alimentando el asistencialismo.

España aprueba la asignatura de la solidaridad a derecha e izquierda. Pero apenas progresa adecuadamente en la de la dignidad. Lo público no terminamos de hacerlo nuestro. Es algo ajeno. Ahí están los votantes del PP a los que les da lo mismo la corrupción de su partido. En este Reino de España no vemos que depender de ricos para curar enfermedades es perder dignidad. No terminamos de confiar en lo colectivo, en lo que es de todos porque se construye entre todos. Y eso significa que no terminamos de ser responsables de lo común. Por eso un alumno dice: “he sacado un diez” y le da la vuelta cuando le va mal y afirma “me han puesto un tres”.

Si existiera un impuesto a las grandes fortunas de apenas el 3%, Amancio Ortega pagaría más de mil millones que se podrían usar para la sanidad pública. Si las prendas que vende Amancio Ortega en España se fabricaran en España y no en otros países donde paga salarios de miseria, habría más puestos de trabajo en España. Si Amancio Ortega no hiciera ingeniería fiscal para ahorrarse hasta 600 millones de euros, las haciendas públicas tendrían más dinero para limitar las desigualdades. Si la responsabilidad social corporativa tuviera inspectores que la garantizaran, compartir la riqueza estaría guiado por el derecho y no por una consesión graciosa y arbitraria de nadie.

Porque una sociedad justa es una sociedad donde nadie es tan rico como para poder comprar a nadie ni nadie es tan pobre como para tener que venderse. Hay muchos españoles y españolas que son solidarios hasta emocionarnos. Lo que comparten estas personas afecta a su bolsillo. No comparten lo que les sobra, sino parte de lo que necesitan.

Las donaciones de Amancio Ortega ni las nota en sus 60.000 millones de euros de patrimonio. Si quiere regalar todo su patrimonio, bienvenido, pero sería bueno que su ejemplo fuera como empresario que da ejemplo como empresario, no como filántropo. No se trata de hacer donaciones que lavan tu imagen. Juan March, el empresario estraperlista que fundó la Banca March, hizo muchas donaciones para tapar que se había enriquecido en negocios ilícitos y que había financiado el golpe de estado de Franco. Entiendo mejor las donaciones al arte que a la sanidad o a la educación. El futuro de la sanidad o la educación de un país lo decide el pueblo, no los ricos. Las donaciones de los grandes empresarios siempre tienen truco y debilitan el compromiso con lo público. La dignidad se basa precisamente en que no haya trucos. Me quedo con Isa Serra que no hace trampas y quiere un Estado guiado por la decencia.