Juego de tronos y gobiernos de cooperación

Decía Miles Davies que cuando pulsas una nota, solo la siguiente te permitirá decir si era justa o desafinada”. Podríamos decir que si tocas una nota desafinada y luego sale una línea musical correcta, tienes madera de genio o mucha suerte. En política, la buena suerte, la baraka es esencial. Y se tiene o no se tiene, de la misma manera que se tiene y se pierde y entonces es cuando te toca hacer mutis por el foro. Pedro Sánchez, que es un superviviente de la política, sabe a qué está jugando y, de momento, tiene baraka. Y mira atrás y dice: ¿soy yo acaso peor? ¿No ha sido Aznar Presidente del Gobierno? ¿No ha sido Ana Botella alcaldesa de Madrid? ¿Destacaban quizá por su preclara inteligencia y su proyecto político? No. Solo tenían claros los entresijos del mando. De esos lodos del régimen del 78 provienen profesionales de la política y el barro como Sánchez, que, con ayuda de los dioses, pueden tocar notas desafinadas y hacer una buena melodía.

En el Juego de tronos de Pedro Sánchez hay spoilers. Es como leer una biografía de Jesucristo. Sabes cómo termina. Si conoces el PSOE, intuyes un final probable. ¿Pero es predecible Sánchez? El final de Juego de tronos ha generado decepción en los entusiastas de la serie. A mí me ha gustado y si es simple es porque la felicidad está en la víspera y las guerras siempre terminan igual. Aunque el pueblo en esta serie, es decir, la gente que trabaja, ama, sufre, hace planes y sostiene los países no tiene un papel en el guión salvo para aclamar a tiranos o salvadores o ser masacrados. Es lo que tienen las historias de héroes y heroínas: el pueblo es comparsa. Al final son más importantes los dragones. Pero los dragones no existen. Aunque Sánchez sueñe con un dragón matemático que haga que 123 sea igual a 176. Pero los dragones echan fuego, no hacen cuentas. Los dragones de los medios de comunicación llevan un mes echando fuego, pero nunca para derretir el sillón de la Moncloa. Estos dragones son inteligentes solo de parte.

El gobierno de cooperación que ha propuesto Sánchez es una enseñanza sacada de la figura del relator que tanto enfureció a la España canovista: llamar a las cosas de otra manera para que parezcan diferentes. Romeo, que era un idiota, le decía a Julieta que su amor era imposible porque ella era una Capuleto y él un Montesco. Julieta, que era más sensata, le decía que llamases como llamases a la rosa, su fragancia era la misma. Gobierno de cooperación o gobierno de coalición tienen la misma fragancia o no en virtud de la siguiente nota, que es la que dirá si esa modalidad de gobierno es afinada o desafinada. Es bastante probable que esa fórmula buscara engañar a Iglesias en el papel de Julieta y después volver a engañar a Rivera en el papel de Romeo, reservándose Sánchez ser Julieta y Romeo al tiempo o El mercader de Venecia o Enrique IV o incluso Hamlet sosteniendo la calavera de Felipe González y preguntándose Ser o no Ser para hacerse el profundo. Las profundidades se hacen superficie cuando tienes que sumar una mayoría: PSOE+Unidas Podemos+PNV+PRC+ dos votos que faltan que los brindará la inteligencia. Y que rujan los dragones. ¿O alguien esperaba que no echaran fuego?

Dicho de manera más clara, gobierno de cooperación era una invitación de los últimos coletazos del bipartidismo para hacer como si el bipartidismo no hubiera muerto. Por eso el espectáculo triste de Ábalos diciendo: pues igual vamos a elecciones y sacamos algún escaño más, frase más propia de un tratante de ganado que de un portavoz de Gobierno. Y el de Adriana Lastra  compitiendo con la Dolores de Cospedal del finiquito en diferido para decir en un grito desgarrador: ¡absteneos PP o Ciudadanos o no tendremos más remedio que gobernar con Podemos! Gobierno de cooperación es gobernar pidiéndole a los demás lógica de ONG. Iglesias no va a volver a salvar al soldado Sánchez, porque ya lo hizo una vez y no se lo ha agradecido. Firmaron acuerdos y Sánchez no le cumplió. El PP y Cs, peleando entre ellos a ver quién se queda con el chiringuito de la derecha, han dicho que nanay a Sánchez, que se ha quedado más cerca de La casa de Bernarda Alba que de Shakespeare. Gobierno de cooperación era que el PSOE gobernase y que los demás cooperaran. Así, con 123 escaños. Como si el bipartidismo siguiera vivo.

Nadie ha dicho que el bipartidismo iba a marcharse con heroísmo. Lo está haciendo con bochorno. Y la partitura de un gobierno de cambio pasa porque la nota del gobierno de cooperación no siga queriendo ser una trampa, una añagaza, y asuma que Unidas Podemos va a entrar en el gobierno de España. Luego llámalo como te de la gana. Y España dará un gran paso para empezar a parecerse a los países europeos que nos llevan medio siglo democrático de ventaja o una revolución. Porque el desenlace de Juego de tronos solo podía gustar si fuera como Bandersnatch, el capítulo de Black Mirror donde cada cual escoge su final. Y el final del Juego de tronos de Sánchez tiene que ver con que 123 más 42 son 165, que son más que los 147 que suman el PP, Ciudadanos y VOX. Y suman más que los 117 del acuerdo del PSOE y Ciudadanos de 2016 que le valía a todos los dragones. La siguiente temporada es la interesante.