El gobierno PSOE-Unidas Podemos y la teoría del Estado

Teoría del Estado en el siglo XXI: revoluciones, de momento pocas y de derechas

El auge de la teoría del Estado crítica, principalmente marxista, en los años 70 y 80 estuvo motivada por el papel del Estado y lo que la izquierda debía hacer al respecto. La globalización impugnó buena parte de la teoría política, que había pivotado en torno al papel del Estado. En la torpeza, se dijo que la globalización había acabado con el Estado, cuando lo que estaba pasando era una mutación del Estado que abandonaba su condición de Welfare State y se ponía al servición de las grandes empresas y del sector financiero de la economía. La crisis del keynesianismo golpeó la credibilidad socialdemócrata, representada en su polémica con Lenin por los alemanes Karl Kautsky y Edward Bernstein, en donde el parlamentarismo era una herramienta de la emancipación social. La socialdemocracia empezaba a hacerse neoliberal con el auge de los Chicago Boys y los sucesivos premios Nobel de economía a Hayek, Friedman y sus amigos. Desde la izquierda, emergió el auge de los movimientos sociales que desconfiaban de nada que viniera de las instituciones, algo normal pues casi lo único que veían eran policías reprimiendo las protestas. Fue el momento del Cambiar el mundo sin tomar el poder de John Holloway: nada con el Estado, todo contra el Estado. Pero aquellas ideas, que se basaban en el zapatismo mexicano, perdieron fuelle. Con ellas, López Obrador no sería Presidente de México. La polémica también vale en Europa: ¿Hay que derrumbar el Estado porque es un instrumento del capitalismo? ¿Es, al contrario, un instrumento no de la burguesía sino de la clase que se hiciera con los mandos?¿Puede construirse el socialismo desde un Estado capitalista?¿Hay que renunciar a la revolución y buscar el cambio desde la vía parlamentaria? ¿Se ha reducido la política a una mera gestión de lo existente?

La derecha no ha estado muy preocupada con el sistema político, principalmente porque han ganado y porque cuando algo no le ha gustado, ha pateado el tablero. Después de la derrota en 1945, empezaba a ganar la guerra fría. En realidad, no necesitaba una teoria de Estado y menos crítica. De hecho, les costaba hablar del «Estado», y preferían hablar del «sistema» o de cualquier otra cosa antes que del Estado, que les sonaba a bolchevique y a teoría izquierdista. Es muy importante entender que el liberalismo no es una teoría positiva de la realidad, es decir, no explica lo que las cosas son. Es una teoría normativa, esto es, dice lo que las cosas debieran ser. Por eso decía que el Parlamento representaba a la nación cuando la mitad de la nación, las mujeres, no tenían derecho al voto.

Pero el liberalismo, esa doctrina que nace en el siglo XVI contra las monarquías absolutas, se hizo aún más mentirosa cuando se articuló contra el Estado social. Los liberales nunca han visto en su teoría a los negros, a los indígenas, a los pobres, a los trabajadores que no tenían renta (ahora mismo, las clases medias blancas bolivianas, que no quieren compartir ese espacio de clase media con los indígenas, han salido a «cazar indios» como se cazaban pobres en la Revolución Francesa. Y se estan cebando en especial en las mujeres indígenas). Es esa invisibilización de los que no se quiere considerar como iguales lo que llevó al liberalismo a despreciar a las mujeres, que tampoco estaban en el foco de su reconocimiento, que no eran personas plenas y por tanto no eran ciudadanas. Hasta que el siglo XX consiguieron el sufragio y nuevos derechos con la presión de feministas vinculadas a movimientos progresistas. El liberalismo en el siglo XX ha hecho ideología y no ciencia sobre la teoría del Estado porque ha sostenido que el Estado es plural, que los gobiernos reflejan la supuesta pluralidad de la sociedad y que la lucha de clases, es decir, la tensión entre los que trabajan y los que contratan no existe en el ámbito estatal. Quizá por eso los liberales siempre han estado en contra de los partidos de izquierda, de sindicatos, del derecho de huelga y, llegado el caso, de las leyes mordazas o de la violencia contra el orden vigente. El liberalismo tiene una teoría normativa sobre el Estado que busca el consentimiento ciudadano, la obediencia, la legitimidad del poder.  Lo que sí tiene el liberalismo es una teoría del golpe de estado. A menudo simplemente guardando silencio. No hay liberalismo sin guerras ni golpes, porque el liberalismo es la teoría política del capitalismo. Ahora que la izquierda ha renunciado a la lucha armada, la derecha está regresando a los golpes de Estado, como estamos viendo en Bolivia. Eso no significa que la izquierda deba regresar a la violencia: significa que la derecha neoliberal e integrista está crecida y decidida a acabar con la democracia en cuanto tenga ocasión. El fascismo y el liberalismo son dos caras del capitalismo. Una cuando en el mercado pueden obtener sin problema los beneficios; otra para momentos de crisis.

con un Estado neoliberal ¿se puede hacer algo más que neoliberalismo?

La perspectiva de un gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos abre interrogantes sobre los que la teoría del Estado ha reflexionado. El PSOE es un partido socialdemócrata que, como toda la socialdemocracia, sea europea o americana, ha devenido en «socio-liberal». Esto es, gestiona lo existente, no critica el modelo neoliberal pero tiene predisposición la existencia de un porcentaje de gasto social que vaya a ayudas sociales que moderen la exclusión que genera este modelo. Recordemos que el PSOE apoyó el Tratado de Maastricht, que neoliberalizó la economía española. Fue igualmente el que reformó el artículo 135 de la Constitución, neoliberalizando los derechos sociales al subordinarlos al pago de la deuda. La reciente sentencia del TC basada en las reformas laborales del PSOE y del PP, considerando «procedente» el despido de quien esté de baja más de 9 días en dos meses, supedita el derecho constitucional a la salud a los beneficios empresariales. La deriva socio-liberal del PSOE es evidente. Que se modera con la amenaza de las nuevas formas de fascismo que expresan las nuevas ultraderechas europeas y la española, menos novedosa -es el conservadurismo católico y monárquico de los siglos XIX y XX- pero no menos amenazante.

El Marx de El manifiesto comunista sostenía que el Estado es el consejo de administración que gestiona los intereses generales de la burguesía. Esta afirmación tiene su ambiguedad, porque si el Estado tiene que defender los intereses «generales» de los burgueses, puede inclluso en un momento dado ir en contra de alguna fracción de la burguesía -como hizo Napoleón III- cuando se empecina en algún asunto y pone en peligro los intereses globales del capital.  Sin embargo, la lectura más común de este párrafo no es esa. La interpretación más común de esta afirmación de Marx (y Engels) -hecha en un panfleto urgente cuando tenían 30 años- es que el Estado es un instrumento de la clase burguesa y que, por tanto, es imposible la revolución con su ayuda e, incluso, con su mera existencia.

El cambio social, por tanto, tiene que venir de los movimientos sociales, de los excluidos, de los subalternos, de los que están descontentos con su situación y ven sus demandas insatisfechas. Y esa insatisfacción se convierte en un un factor para el cambio. Desde el instrumentalismo, un matiz desde el marxismo cuyo autor de referencia es Miliband, se planteó que el Estado es un dispositivo que, como ocurre con un coche, puede girarse hacia la derecha o hacia la izquierda. Lo que es una ingenuidad, porque el Estado deja hacer unas cosas y, en cambio, dificulta otras. Ignorar esto cuando entras en el Estado es la mejor garantía para estrellarse. Fue Nikos Poulantzas, un griego afinado en París, quien construiría una síntesis de estas discusiones. Le debemos a Bob Jessop la expresión más clara de esa síntesis: el Estado es una condensación de las luchas de clases del pasado, que han ido construyendo un Estado donde los ganadores de las peleas sociales han ido dejando su sesgo. La conclusión es que para el Estado es más fácil atender a unas demandas que a otras. Sin embargo, que al final esa inclinación se imponga depende de la correlación de fuerzas. Para inclinar la correlación de fuerzas, estar a los mandos del Estado ayuda, pero en absoluto basta. Por eso los grandes cambios se hacen con el apoyo popular presionando en las calles.

El preacuerdo entre Unidas Podemos y el PSOE ha vuelto a abrir las preguntas acerca del papel del Estado en el cambio social. En Europa, le ha correspondido a la socialdemocracia gestionar socialmente el capitalismo, ayudado por las presiones de los partidos a su izquierda y de los sindicatos. Pero con la llegada de las crisis económicas, los partidos de la Internacional Socialista fueron abandonando progresivamente los contenidos socialistas y, al contrario, fueron introduciendo las propuestas neoliberales. Decía Jesús Ibáñez que solo los partidos de izquierda pueden hacer las políticas de la derecha. Es algo paradójico y terrible, porque si hubiera sido la derecha la que hubiera implementado el neoliberalismo hubieran encontrado en todos los países la confrontación que encontró Margaret Thatcher en Gran Bretaña. El resultado final puede ser similar (la victoria de los neoconservadores), pero cuando los recortes vienen de la izquierda y están sancionados sindicalmente, la posibilidad de contestarlos en la calle es menor. Contra esta derechización del PSOE nació Podemos. Y si el PSOE ha sobrevivido es porque ha podemizado su discurso. ¿Lo hará también con sus prácticas?

La caída de la Unión Soviética terminó con las respuestas integrales al capitalismo. Mientras que la derecha tiene su utopía -convertir cualquier deseo en un derecho siempre y cuando se mercantilice, aunque sea tener un hijo- la izquierda ha perdido su utopía. Su programa político y económico consiste en detener los golpes del neoliberalismo, hacer políticas económicas a medio y largo plazo (frente a la inmediatez que mandan las plataformas tecnológicas o los fondos de inversión), mantener la agenda por la igualdad social reduciendo las desigualdades de clase, género y raza, frenar el deterioro medioambiental y apostar por lo común, esto es, por todo aquello que ensanche la conciencia y la emancipación de los seres humanos en el momento concreto en el que nos encontramos.

La izquierda parte de su derrota en el siglo pasado. Los obreros que se convirtieron en clases medias después de la Segunda Guerra Mundial votaron a Margareth Thatcher 25 años después. El laborismo inglés o el SPD alemán se hicieron de derechas. Las grandes coaliciones son eso. Y el desmantelamiento del Estado social es una consecuencia de esas renuncias ideológicas. Por eso, en el siglo XXI, las propuestas socialdemócratas del siglo XX, abandonadas por partidos socialistas como el PSOE, parecen bolcheviques. Las alternativas al modelo neoliberal en América Latina redistribuyeron la renta, pero no redujeron el porcentaje del capital en el PIB, aunque disminuyeron enormemente la pobreza. El socialismo ha estado y seguramente está fuera de los partidos socialistas

Se gana el gobierno, no el poder

El Estado en el que va a participar Unidas Podemos será, en cualquier caso, un Estado heredado de los siglos pasados, el Estado construido desde los Reyes Católicos, retado por los liberales fusilados en las playas y ahorcados en las plazas por los Borbones, apuntalado por Cánovas del Castillo, escrito en piedra y sangre durante el franquismo y restaurado por Juan Carlos I y el PSOE. El Estado, según Jessop, es una condensación de las relaciones sociales del pasado y de cómo se solventaron los conflictos, y de cómo las luchas actuales enfrentan esas tendencias. Las luchas en los últimos siglos las han ganado los hombres contra las mujeres, el capital sobre el trabajo, los blancos sobre negros, indígenas, gitanos, el centro sobre la periferia. Todas esas victorias llenan el Estado de sesgos. El Estado español es patriarcal porque en el conflicto entre los hombres y las mujeres -la guerra de los hombres contra las mujeres- han ganado los hombres buena parte de las batallas. Y siguen amenazando las ganadas, como pasa con el aborto. Por eso las manadas y las agresiones sexuales contra las mujeres siguen ahí y por eso los jueces no terminan de entender que una agresión sexual no puede reducirse en su brutalidad llamándola abuso sexual. Es entonces cuando entra en juego la correlación de fuerzas. Las mujeres peleando sus derechos confrontan con el Estado patriarcal y ganarán o perderán esos derechos. Por tanto, el Estado tiene sesgos que generan selectividades en el quehacer del Estado.

Al Estado español le resulta más fácil satisfacer unas demandas que otras y tiene para ello muchas herramientas. Esa selectividad, esa inclinación hacia unas demandas y no hacia otras,  claro que puede devorar a todas las personas que pretendan cambiar las políticas y la sociedad desde el Estado y desde el gobierno. Pero también tiene enormes potencialidades. El Estado social se construyó contra el Estado heredado y los poderes tradicionales, de la misma manera que el Estado neoliberal se está construyendo contra el Estado social heredado y, principalmente, desde el Estado. El neoliberalismo se construyó intelectualmente desde la sociedad civil, con universidades, think tanks, revistas, traducciones, seminarios, becas y medios de comunicación. Pero se consolidó desde el Estado con Juan Pablo II, Thatcher, Reagan, Kohl, Felipe González, Tony Blair, Jimmie Carter o Bill Clinton.

La cuestión importante está en la suma de lo que Gramsci llamaba el Estado ampliado junto con el Estado estricto (lo que todos entendemos que forma parte del Estado, jueces, militares, hacienda, ministros). El Estado ampliado es esa parte de «no Estado» pero que es esencial para que el Estado pueda operar sus políticas. Aquí está la sociedad civil y su capacidad de crear hegemonía, esto es, la capacidad de convertir en sentido común una idea que, a su vez, permita que mucha gente de diferentes lugares defienda el sistema político existente.  Gramsci lo llamaba un bloque histórico, es decir, diferentes tipos de trabajadores a los que han convencido, y fracciones de la burguesía compartiendo un modelo y defendiéndolo. El Estado en sentido estricto aporta esa selectividad hacia determinadas cuestiones escrita en todos los rincones del Estado (de las leyes a los protocolos, las tradiciones, la composición de clase, género y raza de las altas instituciones del Estado, el constitucionalismo, las relaciones con el poder, etc.). Expresado en un ejemplo: es más fácil que sea Ministro de Asuntos Exteriores o Presidente del Banco Central un hombre que una mujer, un catedrático que un rider o una kelly, un blanco que un gitano. No tiene por qué ser así, pero esa selectividad del Estado inclina para que sea así a no ser que cambie la correlación de fuerzas.

Es en esa suma entre los sesgos del Estado y de sus herramientas, junto a ese Estado ampliado de la sociedad civil, donde se encuentran las enormes dificultades que enfrentará el Gobierno de coalición del PSOE y Unidas Podemos. Pensemos que estamos hablando de los funcionarios, especialmente los altos, los economistas del Estado, los abogados del Estado, los que llevan dos décadas en la administración (que son reacios a hacer las cosas de manera diferente y que pueden ver su puesto vinculado al bipartidismo), de la idea de nación presente en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, en la procedencia social de jueces y fiscales, en el género de los órganos de gobierno de los jueces, en la propiedad de los medios de comunicación, en el conservadurismo de la jerarquía de la iglesia católica en España, en la impunidad histórica de los ricos, en los usos y costumbres clientelares del capitalismo español, en la composición de las patronales, en las presidencias de los clubes de fútbol, en el sindicalismo, en las cicatrices franquistas de la universidad española… A todo esto hay que añadir dos limitaciones enormes que tienen que ver con la globalización y con la construcción regional de Europa. Los fondos de inversión, los bancos, las agencias de rating, las instituciones financieras internacionales, la Comisión Europea o los tribunales de la competencia están todas construidas con la lógica neoliberal durante 50 años. La hegemonía norteamericana es igualmente brutal, hasta el punto que puede decidir si comercias con Cuba o si formas parte del robo del petróleo en Irak o del litio en Bolivia. España no puede luchar contra estos gigantes en solitario. Y además, Unidas Podemos no es toda España. La conducta mafiosa de la Unión Europea contra Tsipras y Syriza en Grecia es algo de lo que tiene que aprender mucho el gobierno del PSOE y Unidas Podemos.

¿Un gobierno burgués? ¿Un gobierno para frenar a la derecha? ¿Un gobierno para el cambio?

Las posibilidades de cambio tienen mucho que ver con la nueva conciencia que generó el 15M y que rompió el bipartidismo en España. Pero el sistema reaccionó y tomó sus medidas. Con esa lógica sistémica se inventó a Ciudadanos y por lo mismo lo ha dejado caer cuando no le ha sido útil. Unidas Podemos no va a poder cambiar España con 35 diputados en una legislatura. Y tampoco lo podría hacer con 176. Los cambios son lentos, requieren el apoyo popular y para eso es esencial poder explicar qué se está haciendo. Hay asuntos que se pueden cambiar porque la correlación social de fuerzas ha cambiado. El caso del feminismo es evidente y la enorme confrontación que proviene de la derecha tiene que ver con la cercanía de la victoria. Otros van a reclamar mucha conciencia, mucha explicación y mucha participación ciudadana. Y son determinantes: la robotización de la economía, el calentamiento global, la competencia de China, el envejecimiento de la población.

Pablo Iglesias ya ha mandado un recordatorio a sus militantes y votantes diciéndoles que no todo el programa se va a poder cumplir. Es honesto. Recuerda de alguna manera a la carta que mandó Lula al FMI cuando ganó las elecciones en Brasil. Dijo en aquella carta que no podrían lograrlo todo. Sacaron a 35 millones de personas de la pobreza. ¿Hay riesgos de que Unidas Podemos fracase, de que se vea atrapada por las políticas neoliberales y deje de ser útil como herramienta de emancipación? Sin duda.

Y si Podemos entra en el Gobierno sin empezar a reforzar el partido se equivocará irremisiblemente. Ha sido la experiencia de todos los gobiernos de cambio del mundo: sin un partido-movimiento que acompañe, alumbre, delibere y decida, la lógica gubernamental suele devorar a sus hijos. ¿Significa esto que sería mejor no entrar en el Gobierno? Ya hemos visto en España que eso significaría a ciencia cierta la puesta en marcha de políticas neoliberales que solo podrían ser contestadas desde la calle. La extrema izquierda siempre habla de que las condiciones objetivas están maduras para un salto revolucionario. Siempre se olvidan de las condiciones subjetivas. En el momento actual, el «cuanto peor mejor» es una estupidez porque el empeoramiento de la vida de la gente alimenta a la extrema derecha. Las herramientas y el dinero de la extrema derecha derrotan a las herramientas y la ausencia de dinero de la izquierda. La creación de una ciudadanía organizada, crítica y comprometida reclama instrumentos que no están al alcance de cualquiera. Renunciar a estar en el gobierno redireccionando al Estado no sería hacer política para hoy. Es legítimo, pero sería renunciar a cambiar las cosas aquí y ahora.

La tarea de Unidas Podemos en el Gobierno tiene que ver con cuatro grandes asuntos: (1) frenar un probable gobierno alternativo donde esté presente la derecha y, en su caso, de la extrema derecha; (2) hacer virar al Gobierno y a la Unión Europea desde posiciones neoliberales a posiciones socialistas acordes con la Constitución y aprovechando el compromiso social de nuestros textos constitucionales (y que marcan un conflicto constitucional en España y en Europa contra el neoliberalismo anticonstitucional);  (3) abrir vías institucionales que permitan alumbrar una democracia más profunda (democratizar las instituciones del Estado, especialmente la judicatura, con un especial énfasis en las desigualdades de género; buscar un nuevo consenso territorial; incrementar la participación ciudadana en todas las políticas públicas y en la gestión del Estado; fomentar la organización social; ayudar a la democratización de las empresas; dignificar la memoria; mejorar los sistemas electorales; reforzar la lucha contra la corrupción; fomentar el respeto a los derechos humanos en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado (4) acompañar el empoderamiento social en su voluntad de construir una ciudadanía crítica y organizada.

Hay que intentarlo

Para una fuerza política de izquierdas, quedarse fuera del Estado es un error, porque las posibilidades de incidencia se reducen y porque no se refuerza ningún cuerpo social alternativo. Eso no significa que se vayan a lograr de una vez los cambios estructurales que se buscan. La capacidad de que se oigan en el Consejo de Ministros voces de fuera del bipartidismo que recuerden lo que alguna vez fue el socialismo, ahondado con una mirada ecologista, feminista, plurinacional e internacionalista, ensancha las posibilidades de nuestra democracia. ¿Riesgos? Ya los hemos visto.

Y por eso es necesario que Podemos recuerde la experiencia de la socialdemocracia europea, cuando el Gobierno, la fracción parlamentaria y el partido eran tres órganos de un mismo proyecto político pero con tareas diferentes, a veces complementarias y otras en confrontación.

El Gobierno tendrá una sola voz sobre los temas de Gobierno, pero tanto el PSOE como partido, como las formaciones que integran Unidas Podemos, tendrán su programa siempre insatisfecho, buscarán una mayor incidencia social constantemente apelando a la utopía y reclamando las urgencias sociales, y recordará que sus objetivos políticos siempre serán más ambicioso que lo que se puede desarrollar ahora mismo en un Gobierno de la Unión Europea.