Cataluña: fe de erratas

Cuando un grupo de gente de mi generación decidimos hacernos insumisos en los años 80, entendíamos que el corazón de la protesta estaba precisamente en aceptar la sentencia y obligar al Estado a condenar a unos jóvenes que pedían pacíficamente algo que era justo. Nos negábamos a hacer el servicio militar obligatorio, que duraba un año, y nos negábamos igualmente a hacer la prestación social sustitutoria del servicio militar, que duraba el doble para desalentar a los objetores de conciencia. Despreciábamos una parte sustancial de la justicia, que venía del franquismo, igual que del ejército, que seguía celebrando el 18 de julio, y de la monarquía, que se crió a los pechos del dictador, o de la patronal, donde una parte había financiado y organizado el 23F.

Pero entendíamos que no era igual la democracia en los 80, con todas sus debilidades, que la dictadura de Franco. Por eso aceptábamos ir a juicio y aceptábamos la condena. Porque era tan injusto que nos encarcelaran que nuestro gesto era lo que hacía crecer la conciencia en contra de un servicio militar con armas anacrónico e innecesario.

La derecha seguía como siempre, campando por sus respetos, siempre usando la ventaja institucional a su favor, amenazando con una justicia que sentía suya, con una policía que sentía suya, con un ejército, llegado el caso, que sentía suyo y que, pensaban, haría lo mismo que en el 36 y saldría a defender los intereses de burgueses, oligarcas, banqueros, latifundistas y obispos. Porque a los tres estamentos los consideraban como un apéndice de su poder, igual que los medios de comunicación, los colegios profesionales, la educación privada, los clubes náuticos o los equipos de fútbol. Y, claro, como a la monarquía.

Esa vinculación histórica entre el «poder» y los «poderes» explica en España el 23F, el caso Almería, los GAL, el batallón vasco español, el archivo del caso Banca Catalana, las amnistías fiscales, el indulto a los del 23F y a los de los GAL, el archivo de la causa del máster de Pablo Casado o de Díaz Ayuso por AVALMADRID, el papel de Villarejo o Inda, la acusación a los políticos catalanes de rebelión y de sedición o la retirada de derechos políticos a Oriol Junqueras que ahora ha declarado contraria a derecho el Tribunal Europeo de Justicia.

Pero también es una buena noticia que Europa le recuerde al juez Llarena que España no es un cortijo de la derecha y que no pueden hacer lo que les dé la gana. Porque es España la que ha decidido formar parte de la familia europea. Y lo que decide la ley europea es ley en España, igual que lo que hagan los obispos pedófilos ya no va a ser cuestión de la iglesia sino de la justicia de cada país. Asumir la justicia universal es una señal de avance democrático. El PP sacó a España del Tribunal Penal Internacional. Es una señal de que para la derecha el entramado legal es válido solamente cuando les beneficia. Para la derecha, la justicia realmente válida, en la que se sienten a gusto, es la ley de la horca, eso sí, siempre y cuando tengan antes comprado al sheriff, al juez, al verdugo, al enterrador y los linchadores.

Oriol Junqueras, Puigdemont y los demás políticos catalanes presos o huidos desobedecieron, y lo hicieron conscientemente como una manera de llamar la atención sobre sus reivindicaciones. Los que no somos independentista no debemos deslizarnos en la pendiente que ha cavado la extrema derecha. En nuestra democracia, los independentistas, pese a que nos tengan cansados, deben poder protestar cuanto quieran en virtud de los derechos que les asisten en el Estado español, sin que les pongan penas como si hubieran asesinado o alzado en armas. Igual que debes poder intentar parar un desahucio sin que la fiscalía te pida 23 meses de cárcel.

La extrema derecha tiene una rara virtud: arrastra a la inteligencia, a la democracia y al Estado de derecho al abismo de su irracionalidad nacionalista rancia y excluyente. Hay una España que se está volviendo otra vez un corsé donde no caben diferencias. Esa España necesita víctimas sacrificiales, fusilar al amanecer y antes fusila en sus medios de comunicación. Ha arrastrado a Ciudadanos, al PP y casi lo logra con el PSOE. Pero no ha triunfado. Porque hay otra España que ha roto con esas maldiciones visigodas y reclama una patria que vuela más con Lorca que con Pemán, que está más cerca de Machado, Miguel Hernández,Margarit y Martí i Pol que de Sánchez Dragó, Arcadi Espada, Jiménez Losantos o Sostres.

La última convocatoria de elecciones fue un disparate porque obligó al PSOE a volver a virar a la derecha y golpear a su izquierda. Con esa actitud, dejaba de ser un factor de estabilidad y caía en manos del relato de odio de la derecha. El resultado electoral volvió a dejar claro que ahora corresponde, a todos, buscar otra salida. Estamos en otra fase. Ya se ha probado el unilateralismo y la testosterona, la amenaza y la chulería, el tensamiento de la cuerda y las fronteras del Estado de derecho. Toca dialogar, movernos dentro del Estado de derecho, aprender a ser libres y no tener ningún miedo a la democracia. Porque una democracia asustada tiene los días contados.