Una de marxismo

De vez en cuando, y casi siempre en momentos escogidos, reaparece Felipe González para intentar enrumbar al Gobierno de España por sendas neoliberales. Si le sumamos que Aznar sale al ruedo desde FAES porque hasta el Papa le parece bolchevique, no es extraño que José Luis Rodríguez Zapatero sea el ex Presidente que más respeto esté mostrando a su condición de ex Presidente.

Ha dicho Felipe González, y todos los medios no han perdido ocasión de ponerle el altavoz, que el Gobierno de coalición a veces le parece "el camarote de los hermanos Marx". En verdad, tampoco pasa nada. González, es sabido, quería un gobierno del PSOE con el PP y, en su defecto, del PSOE con Rivera. Porque es lo que conviene a sus jefes y a él mismo. Que no está González para que a su edad se le abran fisuras en el  bipartidismo y nadie vaya a saber en qué líos ha estado metido cuando todos eran inimputables.

Es normal que al Marx que cita González no sea al de Tréveris. A González, de Marx le queda poco. Ya en 1979 decidió renunciar al marxismo en el programa del PSOE. En verdad aquello no era el problema, porque por las mismas fechas Carrillo renunciaba en el PCE al leninismo. Era táctica electoral, aunque hay cosas que, aunque sea por electoralismo, dejan huella. En España, la izquierda tenía mochila. 200.000 fusilados, los maestros represaliados, 500.000 exiliados, 350.000 encarcelados y 40 años de dictadura, bajo el púlpito perenne del NODO y la iglesia católica, habían penetrado en las capas populares y medias, que terminaron creyendo que eso del marxismo es algo parecido a lo que hoy piensan los descerebrados que dicen que Podemos es marxista bolivariano terrorista de Phnon Penh. Para gobernar había que alejar ese fantasma.

Felipe González nunca ha sido un hombre de izquierdas salvo porque tenía enfrente, como "jefe de la oposición", a Manuel Fraga, un Ministro de Franco.

González en verdad, en aquel Congreso no renunciaba al marxismo. Ya habían renunciado cuando mataron a sus mayores, Llopis y compañía, en el Congreso de Suresnes en 1974. González buscaba un partido que dejara de toserle. Regresó con el PSOE maniatado. El parricidio del PSOE en el exilio siempre ha perseguido a González y a Guerra, que siguen queriendo mandar por el miedo psicoanalítico de que hagan con ellos lo que ellos hicieron con los abuelos de entonces. González, después de acabar con el PSOE más socialista, construyó una organización sin debate ni democracia interna que le permitió desarrollar el plan de modernización que España necesitaba, la calle reclamaba e iba a dictar Alemania. España dio un salto de gigante, que venía gestándose desde el Plan de Estabilización de 1959, y la tarea de González, especialmente a partir de 1982, era reconducir al país por una senda más cercana al liberalismo social alemán que a la revolución de los claveles portuguesa.

Felipe González nunca ha sido un hombre de izquierdas salvo porque tenía enfrente, como "jefe de la oposición", a Manuel Fraga, un Ministro de Franco. Por eso, en la cumbre de su vida, cuando más respeto debiera uno tener a lo que ha sido y a la imagen que se quiere dejar, vive de ser asesor del hombre más rico de América Latina, Carlos Slim, en el continente más desigual del mundo. Algo poco socialista que le inhabilita para ser el referente de un PSOE que avance en el siglo XXI con paso emancipador. Nunca le voy a negar la coherencia a González. El problema es que su coherencia pone siempre palos en las ruedas al despegue de la democracia en España.

Su salida de tono se oye  el día que se aprueba el Ingreso Mínimo Vital, lo que demuestra su escasa estatura moral. Porque en el fondo le molesta que este gobierno, contra el que tanto lucho, contra el que peleó para que hubiera una coalición entre el PSOE y el PP o entre el PSOE y Albert Rivera, resulta que hace cosas de izquierdas que él ni se habría atrevido.

Por que González es el que no se atrevió a permitir que la Guardia Civil se democratizara igual que no permitió que los militares de la Unión Militar Democrática se reintegraran en el ejército. Tampoco se atrevió a reconocer a los abuelos que lucharon contra Franco. Porque González no peleó contra Franco y esas víctimas no le dolían. A los pocos militantes del PSOE en 1974 y 75, cuando les detenían les soltaban, mientras que los de los demás partidos recibían palizas y largas condenas. Se murieron cientos de miles de ancianos en democracia que lo único que esperaban ya en la vida era saber dónde estaban sus familiares asesinados por Franco y enterrados en fosas, zanjas y cunetas. Gracias González. Catorce años donde no hubo tiempo para reparar a las víctimas. Sin embargo,  hoy levanta la voz sin miedo para tapar el Ingreso Mínimo el mismo que manchó la democracia con esa cobardía de no dar las gracias a los que lucharon por que en España no todo fuera cobardía.

No sabemos si Felipe González era la X del GAL. A estas alturas lo relevante está en el fondo. Por cierto, no nos olvidemos que los asesinatos de los GAL fueron plenamente apoyados por Manuel Fraga, que de asesinar e insultar a demócratas sabía un rato. En cualquier caso, el mismo González reconoció en una entrevista en El país -del grupo del cual él mismo es miembro del Consejo Editorial- que desde los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado se desarrollaban actividades ilegales, porque le plantearon la posibilidad de volar, ilegalmente, a la cúpula de ETA. En un rapto de lucidez nos contó que no aprobó ese atentado. Los GAL alimentaron una década las razones que esgrimía ETA.

No democratizó como dijeron el ejército –ahí está Pérez de los Cobos y los generales de VOX- y fue el que dio el pistoletazo a las privatizaciones de las empresas públicas que terminaría Aznar.

Felipe González, como decíamos del consejo editorial del Grupo PRISA, estuvo entre los que, con César Alierta, del IBEX 35, y Juan Luis Cebrián, lograron cortarle la cabeza en su día a Pedro Sánchez. Ahí también fue muy valiente. El gobierno que apoyaba Felipe González lo hubieran formado Susana Díaz y Mariano Rajoy. De ese engendro, González no hubiera dicho que era el camarote de los hermanos Marx.

La historia no va a ser amable con Felipe González. Impulsó el acercamiento a los niveles de vida de Europa que reclamaban los españoles en la calle y quería y necesitaba la propia Europa. No había otra. Pero canalizó ese impulso de la manera más amable con el poder económico, principalmente bancario, y encima regaló a Europa la industria española.

No democratizó como dijeron el ejército –ahí está Pérez de los Cobos y los generales de VOX- y fue el que dio el pistoletazo a las privatizaciones de las empresas públicas que terminaría Aznar.

La x de los GAL se despejará de una manera u otra igual que se sabrá su colaboración con presidentes corruptos de América Latina que terminaron en la cárcel o en el exilio a través de las Cumbres Iberoamericanas. Entre ellos Carlos Salinas de Gortari, Raúl Menem, Collor de Melo o Carlos Andrés Pérez. González, tan relacionado con Venezuela, quiso hacer negocios con Chávez con asuntos de telefonía curiosamente no ligados a Telefónica, sino a Carlos Slim. Un patriota. Como el Rey emérito. Chávez le dijo que no y hoy González trabaja con la oposición venezolana solo por el dinero.

Un Mario Soares maduro alumbró al Partido Socialista Portugués hacia lugares luminosos. González solo sirve para poner hoy ruedas a cualquier decisión de progreso. La derecha ha celebrado su cacareo y Cristina Cifuentes o Pablo Casado le celebran. Felipe González no debiera ni mencionar la palabra camarote. Porque le recordaremos así, en el mar, con un puro en la boca, de yate en yate y de camarote en camarote.