¿A dónde va la izquierda? Una mirada al 2022

Decía Chesterton que la tradición es la trasmisión del fuego, no la adoración de la ceniza. Sacerdotes del final nunca faltan. Gente que sople las pavesas, menos.

Viene la izquierda que no se hizo neoliberal -¿se les puede seguir llamando "izquierda" a los que siguieron la estela de Margaret Thatcher y Reagan?- dando volantazos entre esos dos puertos sin saber muy bien qué hacer con la advertencia del escritor británico y católico.

Por un lado, hay una vieja izquierda que mantuvo la dignidad de la política durante buena parte del siglo XX, pero que falló a la hora de entender el mayo del 68, la caída de la URSS en 1991 y los movimientos indignados del cambio de siglo.

Despertando hay una izquierda que quiere tomar el relevo, sabiéndose continuadora de la fraternidad nacida en la revolución francesa, pero que no quiere mochilas del Gulag ni la uniformidad y el catecismo clásicos de la herencia bolchevique. Una izquierda que anda probando nuevas formas, ensayando y errando, consciente de que el nivel de conciencia ha crecido, que la fragmentación del "pueblo" es un hecho, de que las comunicaciones se han revolucionado y de que lo viejo no termina de marcharse ni lo nuevo termina de llegar aunque nadie quiere estatalizar todos los medios de producción y las impresoras 3D sean capaces de crear realidades que construyes órganos con vida.

La izquierda sigue a la defensiva. Reaccionando contra lo que nos han quitado, sabiendo lo que no queremos, recuperando parcelas de un pasado que las nuevas generaciones ni siquiera han conocido.

Hablando con compañeros de América Latina, donde primero sufrieron los golpes del neoliberalismo –apertura de frontera, desregulación de los controles financieros, desmantelamiento de los derechos laborales, privatización de los bienes públicos- coincidimos en que la izquierda sigue a la defensiva. Reaccionando contra lo que nos han quitado, sabiendo lo que no queremos, recuperando parcelas de un pasado que las nuevas generaciones ni siquiera han conocido.

En España, la derogación de la reforma laboral del PP de 2012 va en esa dirección. No es solo lo que legisló la derecha al calor de la crisis de 2008, sino que viene a enmendar parte de otros derechos laborales perdidos bajo gobiernos del PSOE, como "la presunción de que el contrato de trabajo se concierta por tiempo indefinido", un derecho perdido en la reforma de 1994 bajo el Gobierno de Felipe González.

Es la primera vez en más de treinta años que una reforma laboral no resta derechos a los trabajadores. El gobierno de coalición no ha presentado grandes novedades laborales (tipo reducción de jornada o formas radicales de conciliación laboral), salvo la creación de derechos en el ámbito del teletrabajo, la aplicación del derecho a las plataformas o cuando se impide que las subcontrataciones sorteen la ley para precarizar. Que no es poco. Se trata, pues, principalmente de recuperar lo perdido. Por eso desde el primer momento se hablaba de "derogar" la reforma del PP. Como si lo anterior fuera bueno. Que no lo era.

¿Tiene rumbo la izquierda? De la izquierda clásica del sigo XX toda la izquierda va a mantener cuatro cosas: en primer lugar, su lucha por los derechos sociales, especialmente los derechos laborales; en segundo lugar, y es esencial en América Latina, el antiimperialismo (que en Europa tomará forma de reclamación de la soberanía nacional frente al neoliberalismo de la UE, pero que al sur del río Grande, con más de medio centenar de invasiones norteamericanas a sus espaldas, es insoslayable). En tercer lugar, el compromiso vital que te lleva a poner el cuerpo al servicio del cambio social aunque te encarcelen, mutilen, torturen o maten. Nunca hubiera ganado Boric en Chile sin esa gente con las cuencas vacías, sin esos jóvenes disparados, sin los todavía desaparecidos. Por último, la lucha antifascista, se llame VOX, Kast, Bolsonaro, Trump, Orban, Ayuso, Milei o cualesquiera de las decenas de diferentes contornos que va a tomar el autoritarismo en cada país.

Ya no hay "una" clase obrera. Unir los fragmentos de todas las demandas insatisfechas sólo es posible, además de en la imaginación de Laclau, en contextos de enfado muy concretos y cuando se identifica a un enemigo común.

Sin embargo, de esa izquierda hay otras cosas que permanecen como mitos. Ya no hay "una" clase obrera. Unir los fragmentos de todas las demandas insatisfechas sólo es posible, además de en la imaginación de Laclau, en contextos de enfado muy concretos y cuando se identifica a un enemigo común. Por eso funciona sobre todo en "momentos destituyentes". Esa tarea de suma es la que va a comenzar en España Yolanda Díaz "escuchando" el cuaderno de quejas que ha construido la agenda neoliberal, y ofreciendo el espacio que supere el bipartidismo a todos los que quieran colgar su demanda de la confianza que despierta la trayectoria del espacio político nacido del 15M y la propia personalidad de Díaz.

Gobernar siempre decepciona. Sin embargo, las cosas que ha logrado Unidas Podemos en apenas dos años de Gobierno y con solo 35 diputados de los 69 que tuvo –después de decenas de falsas querellas y el 100% de los medios impresos y audiovisuales en contra- es inmensa. Y, sin embargo, ninguna ha sido capaz de construir la épica que tuvieron las protestas contra los Gobiernos del PP y del PSOE. Pese a que lo que va a mejorar la vida de la gente es la subida del salario mínimo, el Ingreso Mínimo Vital –cuando dejen de ponerle trabas y finalmente llegue-, la ley de eutanasia, el Escudo social contra el COVID, los ERTES, los dos presupuestos generales más sociales de la historia, el freno a las casas de apuestas y a la publicidad del juego, la bajada de las tasas universitarias y el aumento de las becas, la ley de diversidad familiar, la ley Solo sí es sí, el apoyo al siempre golpeado y marginado colectivo trans, la ley de la cadena de valor del campo para que los precios agrícolas y ganaderos no se puedan vender por debajo del coste, la ley de salud mental, la ley Rhodes para defensa de los niños, el aumento de los plazos de instrucción para que no prescriban los delitos de corrupción, una nueva ley de educación, el impuesto a las grandes tecnológicas, la primera ley de regulación del cannabis, el apoyo integral a las víctimas de violencia de género, la despenalización de los piquetes de huelga, los derechos de los interinos, la supresión de la ley mordaza, la desaparición del delito de injurias a la corona o la ofensa a los sentimientos religiosos, una nueva ley de memoria histórica, ayudas a los autónomos, una ley de transición ecológica…

La izquierda ha estado doscientos años viviendo del mito de la revolución entendida en términos religiosos, como el advenimiento del paraíso después de la llegada del Mesías. Y las cosas nunca son así. Ni siquiera en la Revolución Francesa ni la Rusa. El cambio había sido previo.

¿Configura todo esto un modelo alternativo? Seguramente en esta pregunta descanse una buena parte de las dificultades que tiene la izquierda. Porque con la caída del mito de la clase obrera, de la idea de un pueblo unitario, con la desaparición de la Unión Soviética, con la constatación del fracaso de la estatización de todos los medios de producción, la izquierda no ha sido capaz ni de frenar la estigmatización que ha construido la derecha ni ha armado un nuevo sentido común que otorgue un horizonte de sentido alternativo. Porque ha estado doscientos años viviendo del mito de la revolución entendida en términos religiosos, como el advenimiento del paraíso después de la llegada del Mesías. Y las cosas casi nunca son así. Ni siquiera en la Revolución Francesa ni la Rusa. El cambio había sido previo.

Sin un modelo alternativo claro, todo se disipa más fácilmente. En América Latina hemos visto que millones de personas a quienes la izquierda había sacado de la pobreza votaron a fuerzas de derecha que les regresaron de nuevo a la condición de marginados.

En España, Madrid ha sido emblemática a la hora de votar a un Partido Popular escorado a la extrema derecha con el discurso de la libertad contra el comunismo y la bajada de impuestos, cuando apenas un año después, con la variante Ómicron del COVID-19, vuelve a haber pacientes en los pasillos de los hospitales públicos y el ahorro familiar en impuestos ni se acerca en el caso de la mayoría al gasto que han tenido que hacer en las farmacias comprando PCR para pasar las navidades con otros familiares y amigos. ¿Cómo es posible que la gente olvide tan pronto y vuelva a votar a sus verdugos? Algo tiene que ver con una izquierda que deja de ser sexy.

Otras preguntas pendientes en la izquierda son: ¿cómo prospera el pueblo? ¿Cómo quiere prosperar el pueblo? ¿Aumentando al infinito el consumo, como plantea la derecha neoliberal? ¿Volviendo a un estado de guerra permanente contra enemigos interiores y exteriores sobre la base de principios identitarios? ¿Qué busca el aumento en la participación? ¿La sociedad igualitaria mira hacia el pasado o hacia el futuro?

En el caso de que se le entregara desde el gobierno a los sectores populares organizados recursos y capacidad de autodeterminación ¿en qué dirección irían? No es creíble que utilizaran esos recursos para no hacer nada. Es decir, tendrían que manejar algún tipo de modelo hacia el que tender que raramente sería una arcadia bucólica anclada en el siglo pasado.

Afirmándose que surgirá una propuesta de futuro ¿quién define ese modelo pretendiendo que la mayoría va a sumirlo? Por eso la izquierda del siglo XXI ha entendido que cualquier transformación debe contar con el Estado, especialmente un Estado que recupera su contenido ético de defensa de las mayorías y de los individuos. Por eso es el momento de transformar el Estado en, como dice Boaventura de Sousa Santos, una suerte de "movimiento social institucional" e ir experimentando fórmulas políticas alternativas. Por ejemplo, desbordando el propio Estado y entregando a la sociedad civil organizada tareas institucionales (por ejemplo, la garantía de la libertad de expresión en las televisiones públicas y privadas y en las redes sociales, la lucha contra los monopolios o la garantía de la competencia y el control de las finanzas). De esa manera se podrían manejar las tensiones de los adentros y afueras del Estado camino de un Estado diferente y de un pueblo consciente que se corresponsabiliza de lo público y no lo subcontrata a los partidos políticos.

Hay dos grandes imaginarios que implican nuevos derechos y no recuperación de los perdidos. Son los que tienen que ver con el feminismo y con la reorganización de la vida atendiendo al cambio climático.

La oposición de la derecha a las demandas feministas tiene más que ver con que son conscientes del desafío real del feminismo que con la simple recuperación del viejo orden patriarcal. A la mirada nostálgica del pasado –la memoria con frecuencia hace trampas- y del viejo orden recurren los humildes y los asustados porque no tienen otra cosa con que soñar. Les acompañan los poderosos porque allí tenían garantizado el privilegio y están encantados con recuperar ese pasado glorioso de las élites (si pudieran, como ya han planteado algunos, suprimirían o ponderarían el voto). En esa mirada nostálgica, la familia era el soporte de ese orden.

En cuanto a los desafíos medioambientales, la celebrada película No mires arriba nos da pistas de cómo el negacionismo va de la mano del deseo de consumo –que puede implicar la aceptación de cualquier posibilidad laboral, aunque cueste la vida- y que puede llevarnos hasta las mismas puertas de la catástrofe.

El marco general que orienta a todas las luchas de la izquierda es la superación del neoliberalismo, un concepto abstracto para las mayorías pero que puede explicarse, al tiempo que sirve para recuperar la crítica al capitalismo como un modelo que desarrolla espectacularmente las fuerzas productivas –ahí están los millonarios paseándose por el espacio- pero llena el futuro de sombras aciagas. La lucha contra el neoliberalismo recupera salarios dignos, estabilidad laboral, jornadas de trabajo conciliables con la vida, salarios equiparables entre hombres y mujeres, viviendas dignas y asequibles, consumo suficiente y responsable, vida comunitaria –de las fiestas de barrio a actos culturales colectivos pasando por deporte, música, teatro, escritura, juegos colectivos, talleres de todo tipo, formación continua- y un imaginario social que vaya más allá de la felicidad como una derivada de lo que vas a poder o desear consumir hoy.

Es central acabar con todo lo que debilite el derecho a la igualdad consagrado en todas nuestras Constituciones, y por lo mismo es central entender que en España tenemos un problema de origen: la monarquía.

Nos convertimos en una suerte de revolucionarios "de a poquito", lo que no impide dar batallas centrales y radicales cuando toque desmantelar los castillos en donde se encierran los privilegiados del antiguo régimen. ¿Se trata de dejar de lado la revolución como el escenario de transformación radical de una sociedad basada en la explotación y la desigualdad? ¿Es parecido a la renuncia que hizo la izquierda durante la Transición para asumir el modelo a cambio de algunos derechos? Sería un error verlo así, porque la propuesta revolucionaria de "todo y ahora" presupondría un modelo alternativo del que carecemos y una correlación de fuerzas de la que se carece. La izquierda radical en la Transición asumió ser "destituyente", y fue esencial para avanzar, pero al final el PSOE les comió el bocadillo en la parte "constituyente" porque a su izquierda había una carencia de capacidad para convencer a las mayorías.

Por eso es central entender que con la reforma laboral es la primera vez que no se da marcha atrás en derechos de las trabajadoras y trabajadores; es central entender el cambio de rumbo de la Unión Europea; es central que las grandes empresas paguen impuestos y dejen de esconderse en las guaridas fiscales; es central que los salarios de hombres y mujeres se equiparen y que lo que ayude a la violencia de género se persiga como se persigue la apología del terrorismo. En definitiva, es central acabar con todo lo que debilite el derecho a la igualdad consagrado en todas nuestras Constituciones, y por lo mismo es central entender que en España tenemos el problema de origen de la monarquía, sea expresada por ese cúmulo de despropósitos y maldades que es Juan Carlos I o la exprese su hijo, que es Rey por la simple razón de que ese cúmulo de despropósitos es su padre.

No se trata de la gloria de la victoria final, sino de triunfos que permitan una vida mejor. Y ahí está la inteligencia: saber leer bien la correlación de fuerzas y el momento para llevar la negociación hasta el extremo real. Sin pasarse y sin quedarse corto.

Cada pelea ganada al sentido común neoliberal enemigo de la humanidad –como, por ejemplo, buena parte de lo logrado durante estos dos años en España, pero también en México, en Argentina, en Bolivia, en Kerala-, es una tesela que habrá que poner en la pared a la espera de que su suma nos vaya orientando acerca del nuevo dibujo. No se trata de la gloria de la victoria final, sino de triunfos que permitan una vida mejor. Y ahí está la inteligencia: saber leer bien la correlación de fuerzas y el momento para llevar la negociación hasta el extremo real. Sin pasarse y sin quedarse corto. Sin perder ninguna oportunidad de llevar más lejos el socialismo pero sin ir con el candil varios kilómetros por delante del pueblo. Por eso hacen falta partidos-movimiento, con un espacio en las instituciones, otro en las calles, otro en el relato y otro en el optimismo trágico o en el pesimismo esperanzado. Ahí va a estar la magia de la política, la inteligencia de la máxima deliberación para ver las posibilidades y los peligros, la audacia de quienes lleven el rumbo

La izquierda se está feminizando y va entendiendo que ser revolucionario no es cambiar de la noche a la mañana el sistema sobre la base de una idea genial, sino ir cambiando la realidad en una dirección de emancipación que orienta esos cambios. Y si llega el momento de correr más, que te encuentre organizado y consciente. No se trata de abolir mañana el trabajo asalariado en nombre del socialismo, sino arrancar reformas, orientadas por el fin de la explotación, que permitan que el mes que viene millones de personas vivan un poco mejor y entiendan por qué viven un poco mejor. No se habrán abolido las desigualdades de clase, de raza, de género –las principales pero no las únicas- pero se sabrá que el horizonte de acabar con ellas es saber que se está en el lugar correcto de la historia, donde ayer estuvieron los que anticiparon nuestra rabia.

En 2022 se recuperarán buena parte de las luchas sociales que paró la pandemia y tendremos unas cuantas teselas más para perfilar el nuevo horizonte de sentido. Mientras, la derecha, que ha vuelto a caminar hacia escenarios de los años treinta y los años setenta, tiene que encontrarnos firmes enfrente como una de las certezas inconmovibles en esta segunda década del siglo XXI. Y es por eso que no quieren que hablemos ni de antiimperialismo ni de antifascismo. No vaya a ser que nos demos cuenta de que hay una línea entre los de ayer y los de hoy que sigue amenazando a la democracia.