¿Por qué crece la extrema derecha?

Una derecha sin complejos

Hemos visto a Macarena Olona, a la que le falta mearse en un pasillo del Congreso mientras grita ¡Arriba España!, se saca un moco rojigualda y se lo come, insultar a la Ministra de Igualdad y a todas las feministas al lado de dos personas vestidas de obreros, dos personas que, si es verdad que son currantes, si ahora ganan un poco más es gracias a las subidas del salario mínimo que ha conseguido este gobierno. Subida del salario mínimo contra la que votó Macarena Olona.

Sin embargo, Olona, como Vox, les entrega a esos dos tipos enamorados de sus verdugos algo para ellos ahora mismo más poderoso: una identidad desde la que odiar y un salvoconducto para convertirse en cuñados o en canallas. Aunque traicionen la memoria de sus padres y abuelos, que es probable que pusieran el cuerpo para que no continuara el franquismo. En tiempos del "sálvese quien pueda", construidos desde unos medios que hacen que un obrero tenga más rabia contra alguien desesperado que ocupa una casa que contra el banco rescatado que desahucia, la extrema derecha entrega salvoconductos para que la frustración se convierta en una manera de estar en el mundo agresiva con tus iguales.

La extrema derecha busca una suerte de impunidad

En España, es la primera vez que una ley garantiza a ganaderos y agricultores que no puedan vender sus productos por debajo del coste. Sin embargo, Mañueco convoca elecciones en Castilla y León contando con que con un par de bulos van a evitar que tenga que rendir cuantas por 35 años de gobiernos del PP. Más de tres décadas que no han parado de expulsar a  gente de su comunidad. Elecciones anticipadas que le permitan, con ayuda de los medios, salir vivo de cualquier debate pese a haber sido imputado por corrupción para ganar las primarias de su partido. La extrema derecha busca una suerte de impunidad y como en los timos piramidales de la estampita, la promesa de dinero fácil hace que sectores populares y clases medias se dejen engañar. Al final, los mismos que, por ejemplo, entran en Lorca impunemente en un ayuntamiento de izquierdas golpeando a policías -los jóvenes de Altsasua están en la cárcel por una pelea de bar- son en verdad señoritos pero también gente engañada por señoritos a las que no les indigna que el PP robe o que los dirigentes de VOX roben o falsifiquen documentos o insulten a los que trajeron la democracia porque permitiendo esos comportamientos creen que van a formar parte del club de los que siempre han confundido España con su cortijo.

La socialdemocracia nunca entenderá el daño que hizo cuando abrazó las políticas neoliberales

La izquierda que renegó de la izquierda

Con el marco político construido desde la caída del Muro de Berlín, es mucho más fácil que el enfado social lo capte la extrema derecha que la izquierda. La frustración que genera el "no funciona" permanente del ascensor social invita a la rabia, aún más si esa ira permite desviar las culpas lejos de uno. La socialdemocracia nunca entenderá el daño que hizo cuando abrazó las políticas neoliberales y le dijo al pueblo: yo te reviento la vida igual que la derecha. En la sociedad individualista donde todo se ha vuelto un mercado infinito –nunca tantas cosas se habían vuelto mercancías, desde el aire y el agua hasta la amistad y el sexo- la vida es una competición permanente. Nadie se hace cargo de tu suerte. Y si la culpa de tu estrella es solamente tuya, te conviertes, en el primer tropiezo, en un  estigmatizado"loser", un perdedor. ¿Y qué mejor que buscar algún culpable fácil para decirte en el espejo que no eres tú el que te has equivocado?

No hay recetas válidas para todos los países, pues la memoria inmediata marca las tendencias sociales, aunque la tendencia general sea similar en todos lados. En otras palabras, la tendencia en todo el mundo occidental camina hacia la radicalización de la derecha, que puede ser capaz, gracias a los medios de comunicación, de convencer a las víctimas para que voten a sus verdugos y abracen a sus explotadores. Pero eso no tiene necesariamente que ser así. Dependerá de lo que hagan las fuerzas de la izquierda y del momento concreto que viva cada país.

En Portugal, a la izquierda del Partido Socialista le han faltado reflejos para entender el momento histórico. En el país de la Revolución de los clavles, los que podían dar alas a la derecha ayudando a que cayera el Gobierno no han recibido apoyo popular. Aunque la izquierda del Partido Comunista Portugués o  del Bloco de Esquerda tengan sólidas razones ideológicas para querer pararle los pies al compañero de viaje socialista y su inercia de regresar al neoliberalismo. En España, a Pedro Sánchez le salió el tiro por la culata al pretender acabar con Podemos aún poniendo en riesgo un gobierno de izquierda. De la misma manera que el oportunismo de Más País fue bien leído como tal y la escisión de Errejón solo le sirvió, además de para debilitar al conjunto de la izquierda, para sacar su único diputado. Entre la gente con conciencia de lo que nos jugamos, las frivolidades se cobran (y veremos qué pasa electoralmente con ERC y Bildu por casi cargarse la reforma laboral y poner en riesgo al Gobierno).

Las crisis como oportunidad para los sinvergüenzas

La crisis neoliberal ha generado dos grandes bloques en todo el mundo. Por la derecha, hay un desplazamiento, de manera que la extrema derecha está ocupando el lugar que antaño ocuparon los democristianos y después los liberales-conservadores. De manera evidente como en Chile, Brasil o Hungría, donde la derecha se aglutinó en torno a golpistas, o como en España, donde los conservadores han ido virando el discurso hasta no diferenciarse de los neofranquistas, con el caso emblemático de Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid y los vaivenes del Secretario de los peperos Pablo Casado.

Desde la izquierda, el panorama es más complejo. En muchos lugares la izquierda socialdemócrata ha desaparecido y sobre sus ruinas ha surgido un mapa feudal de pequeños reinos incapaces de gobernar porque son incapaces de ponerse de acuerdo (por supuesto, con enormes razones que van a explicar la inevitabilidad de la fragmentación). Que en Francia acudan a las elecciones cinco partidos de izquierda, entre ellos dos partidos trotskistas, un partido socialista, otro ecologista y la izquierda populista de Melenchon, no es la mejor fórmula para evitar la victoria de Macron o, incluso, de Marine Lepen.

Que los partidos socialistas de Portugal y España hayan pactado con la izquierda les ha salvado de la catástrofe

En Portugal y en España la socialdemocracia ha sobrevivido. En ambos casos porque lo que prohibía la guerra fría –un acuerdo entre los partidos socialistas y las fuerzas a su izquierda- e impedía la ideología –el acuerdo desde la izquierda con un socialismo que había abrazado la tercera vía y sus medidas neoliberales- fue superado por la crisis de 2008 y los azares que llevaron a personas "ideológicamente flexibles" como Pedro Sánchez o Antonio Costa a la secretaría general de sus partidos. Que los partidos socialistas de Portugal y España hayan pactado con la izquierda les ha salvado de la catástrofe. Lo que no significa que su sueño húmedo siempre haya sido que desaparezca esa izquierda.

Estamos en un momento agónico del modelo neoliberal nacido en los años 70. En esa década, la guerra del Yon Kippur, la subida de los precios del petróleo, la caída de la productividad, la ruptura de los acuerdos de Bretton Woods y el golpe contra Salvador Allende dinamitó el keynesianismo. Poco después de que la socialdemocracia renunciara al marxismo, como hizo en Bad Godesberg en 1959 el SPD alemán. Al final, perdieron la ideología y poco a poco perdieron el rumbo.

Esa deriva, que terminó con lo que había logrado la izquierda derrotando al nazismo y al fascismo en 1945, se consolidó tras el nombramiento de Juan Pablo II y las victorias electorales de Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Helmut Kohl, Miguel de la Madrid y Felipe González. El sentido común se estaba haciendo de derechas.

Desde la caída de la URSS, la izquierda está a la defensiva. Por eso pierde constantemente, incluso cuando gana

Cuando la derecha se come a una izquierda a la defensiva

El neoliberalismo no tiene respuesta al envejecimiento de la población, el calentamiento global, las migraciones, la robotización de la economía, las reivindicaciones feministas o la dictadura financiera. Salvo más medicina de la misma que nos está matando. Esto es, alargamiento de la edad de jubilación, la desregulación laboral y financiera, la privatización de mares y espacios naturales, disparar a los inmigrantes o dejarles morir en el viaje o sin atención médica en destino, la reducción de impuestos a los sectores ricos, la estigmatización de las reivindicaciones de las mujeres, entregar capacidad militar a los poseedores de las deudas y aumentar el control social a través de leyes mordaza. Siempre, como garantía, a través de un mayor control de los medios de comunicación, de las redes sociales y de los think tank globales.

¿Y la izquierda? Desde la caída de la URSS en 1991, la izquierda está a la defensiva. Por eso pierde constantemente, incluso cuando gana. La extrema derecha tiene más épica porque se acompaña del fuego purificador que dice acabar con todo lo viejo. Margaret Thatcher llamó a su ofensiva reaccionaria "revolución conservadora". Todo lo que dicen es mentira, pero si la píldora roja solo te promete llegar al "desierto de lo real" la oferta no es muy atractiva. "Menos realidades y más promesas" rezaba una pancarta en la Argentina quebrada del default. Es verdad que la oferta fascista tendrá las patas cortas, pero en ese lapso de tiempo puede hacer mucho daño. Por eso la izquierda tiene que dejar de poner parches, y sus políticas, además de lograr mejorar la vida de la gente necesita ganarla para la batalla cultural de la responsabilidad.

La derecha está instalando el mensaje del "sálvese quien pueda". Y para cada frustración tiene un culpable, aunque sea mentira

Si gobiernas desde la derecha, haces ciudadanos de derechas

La derecha está instalando el mensaje del "sálvese quien pueda". Y para cada frustración tiene un culpable, aunque sea mentira: del desempleo, las políticas sociales de la izquierda; de la quiebra de la familia y de la pérdida de privilegios masculinos, las feministas y los "maricones"; del debilitamiento de la identidad y de la amenaza de la globalización, los inmigrantes y los conspiradores globales; del cambio climático, los científicos mentirosos y la pérdida de las costumbres tradicionales; de la violencia, los laicos y las religiones no cristianas… Ahí la izquierda está perdida si se empeña en ser el último samurái con su hermosa e inútil katana. Claro que algo va mal, como nos recordó un socialdemócrata coherente, el historiador Tony Judt (Algo va mal, Madrid, Taurus, 2010, pp. 83-84), quien lo resumió inmejorablemente:

"Si los bienes públicos (los servicios públicos, los espacios públicos, los recursos públicos) se devalúan a los ojos de los ciudadanos y son sustituidos por servicios privados pagados al contado, perdemos el sentido de que los intereses y las necesidades comunes deben predominar sobre las preferencias particulares y el beneficio individual. Y una vez que dejamos de valorar más lo público que lo privado, seguramente estamos abocados a no entender por qué hemos de valorar más la ley (el bien público por excelencia) que la fuerza".

La gente puede estar dispuesta a arriesgar un poco, pero no todo. Es mentira que las calles hierven y la revuelta está a punto de estallar. Incluso en el 15M la mayoría no quería acabar con el sistema, sino superarlo de manera virtuosa para que no les dejara fuera. Entre otras cosas, poniendo en el gobierno a gente que les representara mejor. Porque en el nuevo despertar de la historia que marca la lucha contra el neoliberalismo casi todo está por inventar. Por eso está la izquierda a la defensiva. Sabemos lo que no queremos, pero no está tan claro lo que queremos y cuando lo sabemos no son sino correcciones sociales –y en menor medida mediambientales- de lo que existe.

Se equivocaron los Anticapitalistas y la derecha de Podemos, que coincidían con el régimen en que Podemos no debía estar en el Gobierno

Algunas soluciones

Los cambios reclaman antes de llegar una "gran conversación" y esa apenas está empezando. Las primaveras de la indignación están en reflujo. El 15M fue uno de sus primeros hitos pero ahí se paró. Mientras tanto, la izquierda se la juega haciendo buenos diagnósticos. Por ejemplo, entender que para cambiar las cosas hay que estar en el Gobierno –se equivocaron los Anticapitalistas y la derecha de Podemos, que coincidían con el régimen en que Podemos no debía estar en el Gobierno y había que presionar desde fuera. Y cuando no cumplieran, como es una constante del PSOE ¿presionabas desde fuera haciendo una pinza con la derecha para tumbar al gobierno?

Entender que la reforma laboral es la que puede ser con este PSOE, pero que votar con la derecha porque se queda corta, pese a lo que consigue, es un profundo error de ERC y de Bildu. Entender que la potencial guerra en Ucrania es otro escenario como el de Irak, no porque Putin sea de los nuestros –que no lo es- sino porque Biden, que viene camuflado, no lo es por los mismos motivos. Entender que necesitamos superar la forma partido caminando hacia partidos-movimiento o no vamos a ser capaces de superar el descrédito de la política que está logrando la derecha y la extrema derecha convirtiendo todo, incluido el Parlamento y, por supuesto las tertulias, en un lodazal porcino lleno de nitratos tóxicos.

Si no hay servicios públicos que redistribuyan la renta, nos echaremos todos a competir por servicios privados y ganemos o perdamos estaremos agraviados

Para salir del creciente auge de la extrema derecha, le corresponde a la ciudadanía que no quiere aullar con los lobos para que no les coman, militar, además de en las instituciones en la calles. En las instituciones porque si no hay servicios públicos que redistribuyan la renta, nos echaremos todos a competir por servicios privados y ganemos o perdamos estaremos agraviados. Si ganamos, por la presión de los perdedores, y si perdemos, por el enfado de convertirnos en fracasados, lo que nos hará más sensibles a fomentar una identidad amenazada –aunque sea mentira- y a creer cualquier mentira que nos justifique.

Hay que militar también en las calles y no dejárselas al fascismo, porque son un espacio de socialización igualitaria donde emerge la empatía de la lucha compartida. Pero también hay que militar en el relato, convirtiéndonos en cofrades de los espacios que nos den información veraz –no partidista: veraz- y en militantes de esas informaciones.

La extrema derecha no tiene soluciones, pero canaliza la frustración autorizando el odio. 

Y por último, no olvidar la alegría. Aún más después de la dureza de la pandemia y el sufrimiento que nos ha dejado. Para no dejarle las cañas ni los encuentros a las hipócritas que con ese discurso convirtieron las residencias de ancianos en cementerios y la atención primaria en una quimera. Hay un cansancio social que arrastra la crisis de 2008, la pandemia, la política crispada que en vez de tranquilizar intranquiliza, el calentamiento global, las incertidumbres. La extrema derecha no tiene soluciones, pero canaliza la frustración autorizando el odio. Tenemos una lección del siglo XX: hay que pararles los pies cuando aún estamos a tiempo. Y eso empieza de una manera simple: diciéndoles en la cara que son unos mentirosos y haciendo esfuerzos extra para que separados nosotros no les resulte más sencillo ahorcarnos juntos.