Posibles lecciones del referéndum constitucional en Chile

Organizar el descontento

Nadie organiza los levantamientos, los estallidos, las revueltas. Su lógica es más la del caos (una regla desconocida e impredecible) que la del orden (guiado por una mecánica lineal).

Un día Mohamed Buazzizi, un joven que tenía un tenderete de fruta en Túnez, se prende fuego desesperado por el maltrato de la policía. Estalla la primavera árabe. En Madrid, reprimen por la noche una concentración de jóvenes que han decidido acampar en la Puerta del Sol reclamando democracia real ya. Estalla el 15M. En Chile suben 30 centavos el metro y se despiertan treinta años acumulados de cansancio. Y lo mismo en la revolución rusa, la sandinista y las que vengan.

La represión suele ser la gota que desborda el vaso. Los revolucionarios profesionales de los que hablaba Lenin no crean la revolución, sino que la preparan y, llegado el caso, organizan el nuevo orden. Pero antes han llenado las calles de sustantivos y adjetivos. La antesala de toda revolución siempre es una gran conversación. Y antes de cualquier estallido, en las sociedades se ha ido larvando una gran conversación.

Los estallidos hay que organizarlos, como había que hacer con el desconcierto. Si no se organizan, suelen ver cómo su rebeldía se disuelve en el éter. Las aves cuando emigran siempre tienen alguna marcando la ruta, aunque se vayan turnando en esa tareas.

Los momentos de protesta son eso, momentos. En Chile, el estallido de octubre de 2019 fue el levantamiento popular de un pueblo cansado con el poder y su brutalidad cotidiana. Cansados ante un poder agotado al que no le quedaba más recurso que disparar a la gente. Los bandos eran claros. En un lado, supuestamente, el pueblo (que siempre está en construcción). En otro, más real, más concreto, más organizadas, las élites. En esa confrontación de las élites contra todos los que tienen alguna demanda insatisfecha, alguna reclamación o un enfado indefinido, se encuentras todos los enojados, sea cual sea su grado de impaciencia. El cemento que les une es la insatisfacción. Y como lo único que cuenta en ese momento es el acuerdo en quiénes son las víctimas y quiénes los verdugos, no hace falta mucho más.

Después de la tormenta, poner rumbo

Después de esa fase destituyente viene la fase constituyente, la de crear un nuevo edificio. Ahí todo lo que estaba unido empieza a separarse. Porque para derribar un edificio basta con que cada uno agarre un pico y un martillo. Pero para levantar uno nuevo, o hay organización o es bastante probable que el edificio se levante torcido.

La Constituyente chilena tenía todos los requisitos teóricos para ser el ejemplo por excelencia de cómo debe hacerse una Constitución democrática. De alguna manera recordaba el intento constitucional en la República Democrática Alemana en 1990, cuando cayó el muro de Berlín, impulsado por los movimientos sociales que tumbaron el régimen comunista. Pero la arrogancia de la Guerra Fría prefirió anexionar a la Alemania comunista a golpe de talonario y esa promesa democrática se apagaría, poniendo a Europa camino de la guerra de Ucrania.

En Chile, la convención constituyente nació de un estallido social contra un gobierno autoritario que se reclamaba admirador del dictador Pinochet. El derechista Presidente Piñera tuvo que aceptar el referéndum sobre una nueva Constitución y el 80% de los chilenos (de los que votaron) dijeron que querían salir de la herencia pinochetista. Los electos satisfacían los paladares democráticos más exigentes. De los 155 miembros de la Convención Constituyente, 103 no respondían a ningún aparato partidista. La composición era paritaria, del mismo color intenso que Chile y con los pueblos originarios teniendo el papel que la historia siempre les negó. La victoria del referéndum abrió un gran debate y muchas expectativas. Seis meses después, Gabriel Boric, un activista estudiantil, era nombrado Presidente de Chile. En su toma de posesión dijo que se volvían a abrir las grandes alamedas. Allende regresaba a decirle a Pinochet que ellos, el pueblo, habían ganado. Pese a la represión, la muerte, las gafas de sol de torturador, sus robos y la capa de maleante. En su lugar, pura democracia horizontal abigarrada, desconcertada, múltiple y caótica.

Cuando te ocupas del árbol y te olvidas del bosque

Cada demanda, expresada en cada constituyente, en cada miembro de la convención, era compartida por la asamblea en un cuaderno de quejas asumido sobre la base de una regla (los dos tercios) que prometía acuerdo pero generó componendas no siempre bien trabadas. Con una terrible amenaza: el poder nunca deja de jugar sus bazas.

Cada error, salida de tono, ofensa a los símbolos patrios, mentira (como la del doliente enfermo de cáncer, el Pelao Vade, que resultó ser un fraude), idiotez o maximalismo iba a cargarse al conjunto de la Constitución. Ya se encargaba la oposición, con su control de los medios, de presentar cualquier extravagancia como la esencia del proyecto constitucional. No había una voz con auctoritas para decir qué era sensato y qué no iba. La horizontalidad no tiene algunas ventajas de la verticalidad (y viceversa).

Las razones de por qué la izquierda ha perdido el referéndum constitucional son variadas. Y la derrota ha sido sin paliativos, incluidas las comunas de Santiago donde es más difícil explicar por qué el Apruebo no ha ganado por goleada. Muchas de las razones se han señalado y tienen que ver con la escasa explicación de asuntos que vienen de largo y que tienen que ver con la identidad de los chilenos y chilenas, con medio siglo de neoliberalismo, con su individualismo y su "sálvese quien pueda", con el peso del racismo propio de buena parte de las sociedades latinoamericanas, con el peso de las diferentes iglesias (católicas y evangelistas), con la socialización conservadora y, no menor, con la capacidad de fuego mediático de las élites.

Así que el aborto, el papel de la justicia indígena, el mantenimiento de la unidad del país, el respeto a la propia vivienda, dejar las pensiones en herencia, la reelección del Presidente, la disolución del Senado y su sustitución por una cámara regional, el supuesto papel primordial de la justicia indígena sobre la estatal se mezclaron y tergiversaron en una campaña feroz de la derecha, que escondió a sus pinochetistas y encargó a expertos la campaña.

Una campaña donde todo lo que pudiera hacer daño iba a ser utilizado. A la derecha le sumaban las estridencias de una Convención que no siempre parecía seria (y a la que le ha faltado técnica constitucional); le sumaba el enfado con el gobierno de Boric, fuera por la inflación y la violencia urbana y rural como realidades novedosas, o por su supuesta moderación. Le sumaba que algunos les molestara apenas uno,o dos o tres artículos de una Constitución que en general les parecía bien pero que, pensaban, podía mejorarse. Todo acumulando para que primara el No sobre el Sí. Si encima se planteaba que el texto nada más aprobarse iba ya a ser reformado, o que en el horizonte inmediato estaba una nueva redacción de otra Constitución, ¿quién con alguna duda no iba a preferir ganar algo de tiempo? La obligatoriedad del voto, por vez primera desde 2012, era igualmente una invitación al rechazo. Si no lo veo claro y me obligan a votar, gano tiempo rechazando ahora y ya veremos después.

Hemos visto esta semana esposado y camino de la cárcel a Steve Bannon, el artífice de la victoria de Donald Trump y gran creador de las fake news junto al cerebro gris de la FOX, Roger Ailes. Bannon ha enseñado a toda la derecha occidental a mentir. Grandes adelantados han sido las derechas chilena y española. La magnitud de las mentiras de los partidarios del rechazo en Chile no ha tenido tasa. Se iba a romper Chile, les iban a quitar las casas y los carros, el país iba a convertirse en Venezuela... No eran solo los titulares, las tertulias, los informativos mintiendo: imprimieron decenas de miles de falsas constituciones imitando a la verdadera pero incorporando barbaridades, como que se podía abortar hasta unos días antes de dar a luz. Y una vez que la Convención terminó su trabajo, quienes tomaron el mando fueron los medios de comunicación.

Una explicación a explorar: ¿puede aprobarse una Constitución sin liderazgo?

Hay una explicación de la perdida del referéndum poco explorada que tiene que ver con la falta de liderazgo del proceso. Vinculado a esta ausencia, también la desaparición en el proceso constituyente de los partidos de izquierda (por su juventud, su fragmentación, su vaciamiento por la llegada al gobierno, por la falta de democracia interna, por su falta de debate a medio y largo plazo).

Una Constitución no son la suma de todos sus artículos, sino la lógica común que emana del conjunto. Los movimientos sociales representados en la Convención defendían cada cual su árbol. ¿Quién defendía el bosque? La derecha aprovechaba y decía que el bosque ardía. En esa falta de liderazgo –la legislación chilena impedía que el Presidente se decantara por una opción en el referéndum-, la izquierda se dejó robar la identidad chilena. Y se la dejó a los que asesinaron a Allende. Quizá fuera exagerada, pero no le faltaba razón a Gustavo Petro cuando veía cierta victoria de Pinochet en el triunfo del rechazo. No porque todos los que votaran No fueran pinochetistas, sino porque las "tres comunas" fueron los que tuvieron desde el comienzo clara la estrategia. Y porque el Plan Cóndor, del que participó Pinochet, persiguió a demócratas como Petro.

Pero la derecha se equivoca: los ocho millones que han votado en contra ni son de su cuerda ni comulgan con los planes reaccionarios de la derecha. La condición paritaria, los derechos de las mujeres y de los pueblos originarios, la comprensión de Chile como un Estado social y democrático de derecho han venido para quedarse. Una parte importante de esos ocho millones que han votado por el Rechazo, junto a los cinco millones que han votado por el apruebo, quieren un Chile diferente y la izquierda les tiene que dar una nación que vuelva a hacerles vibrar porque les cuida.

Es imposible que un proyecto de Constitución triunfe a día de hoy sin una gran conversación en la sociedad civil y por supuesto en los movimientos sociales–para lo que hace falta dar respuesta al control mediático por parte de la derecha-, no puede triunfar tampoco sin organización –para lo que hacen falta partidos-movimiento que estén en las instituciones, en las calles y en los movimientos, que sean democráticos internamente y que entiendan el momento que vivimos de crisis del modelo neoliberal- y por último y no menor, sin un claro liderazgo que tiene la función de sumar coherentemente las piezas del puzle. Un liderazgo que exprese el nuevo Chile y todos los nuevos derechos que le han sido hurtados durante medio siglo.

Y la constituyente sigue

Chile quiere una nueva Constitución y en ese país de experimentos hay que seguir siendo creativos. El Presidente Boric ya ha dicho que comienza a trabajar en esa dirección. Es de pura lógica que la discusión constitucional arranque desde el texto construido en la Convención, apoyado por cinco millones de chilenos, mientras que la Constitución de Pinochet es la de una dictadura. Igual que debe atenderse a la experiencia constitucional acumulada después y más allá del texto reaccionario de 1980.  No debe tampoco desperdiciarse la participación popular y las iniciativas populares (que son un salto de inteligencia democrática), pero ha faltado mucha técnica constitucional. Una Constitución no es un reglamento prolijo y detallado. Por eso hará falta acompañarla con experticia parlamentaria y de los partidos. La democracia en el siglo XXI es una suma entreverada constantemente entre los adentros y los afueras de las instituciones.

La derrota en el plebiscito no debe significar ceder la voluntad de cambio que expresó el pueblo chileno y tampoco correr el gobierno a la derecha esperando así cualquier indulgencia. Porque no la habrá. Pactar con la antigua convergencia no significa abandonar el estado social. Quizá todo lo contrario. Puedes hacer más plural el gobierno pero mantener las propuestas. Gustavo Petro está ensayando esa posibilidad. Ocho de cada diez chilenos, al margen de lo que votaran, apoyan una universidad superior gratuita y la defensa del agua como un bien inapropiable. Siete de cada diez quieren el Estado social y democrático de derecho y una democracia participativa e inclusiva, así como el reconocimiento constitucional de los pueblos originarios. Seis de cada diez quieren un sistema de pensiones público y el derecho al aborto y la mitad del país apuesta por un sistema de salud universal y público. Todo esto son logros, pese a cincuenta años de propaganda neoliberal, que deben estar en el nuevo texto constitucional.

El gobierno de Boric, al que sigue mirando todo el continente, debe aprovechar eso que solo enseñan las derrotas: no repetir los errores.